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LA LESBIANA EN LA ANTIGUA GRECIA Imprimir E-mail
Espejo 21

Sección XIX de “Un Problema de Ética Griega” 1897

Escribe: John Addington Symonds

Traduce: Rafael Freda

 

John Addington Symonds (1840-1893) fue un pionero en el campo de los derechos homosexuales, y el primer historiador de la homosexualidad del varón. Cuando en 1858 leyó los diálogos de Platón (Fedro y El Simposio) comprendió que había existido una forma noble de homosexualidad; pero las manifestaciones de homosexualidad que había conocido en su adolescencia, y las que luego encontró en su vida adulta, le parecieron indignas. En 1873 escribió su opúsculo “Un Problema en la Ética de los Griegos”, e hizo imprimir privadamente diez ejemplares en 1883. En 1897 lo expandió y editó como Apéndice del libro Inversión Sexual de Havelock Ellis, e incluyó una sección, la XIX, sobre la homosexualidad en las mujeres de la Antigua Grecia. El texto que sigue es, por consiguiente, uno de los primeros escritos modernos donde el lesbianismo no es un tema médico o una perversión.

La inversión sexual entre las mujeres griegas ofrece más dificultades que las que encontramos en el estudio de la pederastia. Esto se debe, no a la ausencia del fenómeno, sino al hecho de que las pasiones homosexuales de las mujeres nunca fueron integradas al sistema social; nunca se volvieron agentes educativos y militares. Los griegos aceptaron el hecho de que algunas mujeres son congénitamente indiferentes al sexo del varón, y sienten apetito por su propio sexo. Esto es evidente a partir del mito de Aristófanes en el Simposio de Platón, que expresa en forma cómica su teoría de diferenciación sexual. Había originariamente seres humanos de tres sexos: hombres, la progenie del sol; mujeres, la progenie de la tierra; hermafroditas, la progenie de la luna. Eran redondos, con dos caras, cuatro manos, cuatro pies, y dos conjuntos de órganos reproductivos cada uno. En el caso del tercer sexo (hermafrodita o lunar) un conjunto de órganos reproductivos era de varón, el otro de mujer. Zeus, a causa de la insolencia y vigor de estas primitivas criaturas humanas, las cortó en mitades. Desde esa época las mitades de cada clase han luchado siempre para unirse con sus mitades correspondientes, y han encontrado algo de satisfacción en el congreso carnal: varones con varones, mujeres con mujeres, y (en el caso de las criaturas lunares o hermafroditas) varones y mujeres entre sí. Filosóficamente, entonces, la pasión homosexual de una mujer por mujer, o de hombre por hombre, estaba colocada exactamente a la misma altura que la pasión heterosexual de cada sexo por su opuesto. La lógica de los griegos admitía que la mujer homosexual estaba en igualdad de derecho que el hombre homosexual, y que ambos tuviesen la misma libertad natural que los individuos heterosexuales de cualquier especie.

Aunque ésta era la posición adoptada por los filósofos, la pasión lésbica, como la llamaban los griegos, nunca obtuvo la misma sanción social que el amor de muchachos. Es significativo que la mitología griega no ofrezca leyendas de diosas paralelas a las que consagraron la pederastia entre las deidades masculinas. Además, no tenemos ejemplos registrados, en la medida en que yo recuerde, de amistades nobles entre mujeres que se alzasen a prominencia política e histórica. No hay analogías de mujeres para Harmodio y Aristogitón, para Cratino y Aristodemo. Es verdad que Safo y las poetisas lésbicas dieron a la pasión de la mujer un lugar eminente en la literatura griega. Pero las mujeres eolias no encontraron una tradición gloriosa que equivaliera a la de los hombres dóricos. Si el amor homosexual entre mujeres asumió la forma de una institución en una época en Eolia, este hecho no logró hundir raíces profundas en el suelo de la nación. Los griegos posteriores, aunque tolerantes, la contemplaban más bien como una excentricidad de la naturaleza, o como un vicio, más que como una emoción honorable y socialmente útil. La condición de las mujeres en la Antigua Hélade explica suficientemente este resultado. No había oportunidad en el harén o la zenana para elevar la pasión homosexual a la misma eficiencia moral y espiritual que obtuvo en el campamento, la palestra, y las escuelas de los filósofos. Por consiguiente, si bien los griegos utilizaron el ennoblecido amor de los muchachos, dejaron que el amor lésbico siguiera el mismo curso de degeneración que sigue en los tiempos modernos(1).

Para comprobar qué similar es el tipo del amor lésbico a la forma que asumió en la Europa moderna, tenemos solamente que comparar los Diálogos de Luciano con los cuentos parisinos de Catulle Mendès o Guy de Maupassant. La mujer que seduce a la muchacha a la que ama es, en palabras de la muchacha, “hipermasculina”, “andrógina”. La Megila de Luciano insiste en que la llamen Megilo. La muchacha es un vehículo más débil, complaciente, sumisa a la energía sexual de la virago, y ha sido seleccionada entre la clase de las ingénues meretrices(2).

Hay un importante pasaje en los Amores de Luciano que prueba que los griegos sintieron un aborrecimiento de la inversión sexual entre las mujeres similar al que los modernos sienten por su manifestación entre los varones. Caricles, que apoya la causa de la pasión heterosexual normal, arguye de esta guisa:

  • “Si concedes el amor homosexual a los hombres, en justicia debes otorgar los mismo a las mujeres; tendrás que sancionar la relación carnal entre ellas; monstruosos instrumentos de lujuria deberán ser permitidos, para que su congreso se-xual pueda llevarse a cabo; ese vocablo obsceno, tríbada, que tan raramente ofende a nuestros oídos — me sonrojo de pronunciarlo — estará presente en todas parte, y Filena esparcirá orgías andróginas por nuestros harenes”.

Qué eran estos monstruosos instrumentos de lujuria puede ser deducido a partir del sexto mimo de Herodas(3), donde uno de ellos es descrito en detalle(4). Filena puede, quizás, ser la poetisa de un libro obsceno sobre los refinamientos sensuales, al que alude Ateneo (Deipnosofistas, viii, 335). Es también posible que Filena haya llegado a ser la designación de una amante lésbica, una tríbada. En los períodos tardíos de la literatura griega, como he demostrado en otra parte, ciertas máscaras fijas de la comedia ática (que corresponden a las máscaras de la Commedia dell’ Arte italiana) crearon tipos de carácter bajo nombres convencionales: de este modo, por ejemplo, Cerdo llegó a ser un zapatero remendón, Myrtala una prostituta ordinaria, y posiblemente Filena llegó a ser el nombre de una invertida lésbica.

El intento de esta investigación parentética es demostrar que, mientras que el amor por los varones en Grecia logró su moralización, y alcanzó la alta posición de una función social reconocida, el amor de la mujer por la mujer permaneció sin desarrollo y sin honor, en el mismo nivel que están ambas formas de pasión en el moderno mundo europeo.

1- La hipótesis de Symonds es que la forma digna y elevada del amor homosexual es una evolución a partir de la forma innoble, envilecedora y genital que se presenta espontáneamente en las sociedades (y que es para él la forma en que la homosexualidad se desarrolla en la Europa del siglo XIX). Esta evolución se dio en la Antigua Grecia entre los varones porque la cultura otorgó funciones educativas y militares a su homosexualidad, pero no se dio entre las mujeres porque su homosexualidad no tuvo utilidad social. (N. del T.)
2- La ingenua fue un tipo literario creado por la literatura francesa del siglo XIX: una mujer suave, soñadora, débil de carácter, crédula, algo tonta, indefensa y fácilmente dominable por algún personaje más enérgico. Los tipos literarios a que se refiere Symonds son la muchacha delicada, amante de una mujerona formidable, masculina y viril. (N. del T.)
3- El mimo es una forma de teatro griego po-pular; se originó en el siglo VI AC. Los actores usaban máscaras, cantaban, bailaban, hacían acrobacias y ma-labarismos, y ponían en escena obritas de lenguaje, gestos y vestidos indecentes (grandes traseros y falos exagerados) con temas cotidianos (los motivos populares son glotonería, palizas, robos, engaños y sexo, incluyendo adulterio y aventuras Eran cortos, improvisados y farsescos, y podían actuar mujeres. De Herodas, que vivió en Alejandría en la primera mitad del siglo III antes de Cristo, sobreviven seis obritas, ninguna más larga de cien líneas. (N. del. T.)
4- Con la gazmoñería típica de los victorianos, Addington Symonds no nos da la descripción. No pude encontrar el texto de Herodas; mi recuerdo de Petronio me hace pensar en algún falo o consolador enorme. (N. del T.)