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Espejo 23

o el arte de matar las palabras

Escribe: M. del Carmen Pando

“... Yo no creo como ellos creen, no vivo como ellos viven, no amo como ellos aman... Moriré como ellos mueren...”
Fuegos - Marguerite Yourcenar

“... Quería tan sólo intentar vivir lo que tendía a brotar espontáneamente de mí. ¿Por qué había de serme tan difícil?...”
Demían - Hermann Hesse

“...Todos dicen que la vida es un escenario... Al finalizar mi infancia estaba firmemente convencido que así era, y que debía interpretar mi papel en ese escenario sin revelar jamás mi auténtica manera de ser...”
Confesiones de una mascara - Yukio Mishima

“... Te darán tus mascaras, todas. Harás una colección con ellas y, puestas en círculo, dibujarán los trazos de tu rostro...”
Memorias de Antinoo -
Daniel Herrendorf

“... Prefiero la culpa (si de culpa se tratase) a una denegación de mí tan próxima a la demencia...”
Alexix o el tratado del inútil combate - Marguerite yourcenar

Nos dice Sarmiento en Mi Defensa de 1843 que la clave de sus adelantos como individuo y también del progreso de toda una nación es “el haber aprendido a leer muy bien”. Beatriz Sarlo y Carlos Altamirano se han preguntado: ¿qué quiso decir Sarmiento con “leer muy bien”?, entienden la expresión no tanto como comprensión cabal de lo que se lee sino como una manera de independizarse de los mediadores y controladores culturales. Mas allá de las valoraciones personales que se puedan tener sobre si de veras fue así, es decir si Sarmiento aprendió a “leer muy bien”, quise tomar esta idea y traducirla a nosotr@s: “aprender (y aprehender) a leernos muy bien”. En mi opinión, el “cómo” se lee es un problema social, más que estético y el problema no es tanto “entender”, sino mas bien poder apropiarse de las palabras del otro, es empezar por disfrutar, por tener alguna clase de goce, de puro y simple goce con lo que se lee. Y saber reconocer que ese placer puede ser cualquier cosa, una peculiar sensación de asombro, un escalofrío ante el reconocimiento y que puede ser hasta tortuoso, puede convertirse en un “efecto de identificación”, pero empieza siendo siempre algo que nos gusta, nos toca, nos llega, nos conmueve así, intuitivamente y ahí es cuando hay que romper con lo que estamos acostumbrados. Y para eso, hay que lograr que como lector@s seamos pensador@s, hagamos uso de nuestr@ mayor arma como humanos: nuestro poder reflexivo….

No es mi intención en estas líneas refle-xionar sobre si es correcta o no la categorización de ciert@s autor@s y/o textos enmarcados en lo que teóricamente se suele denominar como literatura lésbico-gay. Hay poet@s y escritor@s que difieren y se encuentran en cuanto a su apreciación si existe la llamada literatura lésbico-gay. Lucia Etxebarría hace esas distinciones para dar un ejemplo y dice: “Yo, sin embargo, creo que, excepto en el caso de experimentos muy metaliterarios, el sexo del autor (como su religión, su raza o su opción sexual) condiciona sus escritos, porque la literatura a la postre no es sino un modo de universalizar la experiencia, de convertirla en trascendente. Este rasgo se percibe muy claramente en las diferentes maneras en que hombres y mujeres abordan las escenas eróticas”. Ana María Matute por su lado controvierte tal afirmación y se niega a tal distinción y Cristina Peri Rossi, quien escribe desde el lesbianismo confeso, tiene su peculiar versión: “...La literatura no es lesbiana, una mujer es lesbiana. Y, además, no creo que sea, está. Yo no soy esencialista... Una mujer nace mujer y es mujer toda su vida mientras no se opere... La conducta sexual -que es una conducta- es variable.... Es una elección... Yo me niego a considerar una literatura lesbiana... No es la literatura la que es lesbiana, sino que ciertos libros tratan acerca de las conductas lesbianas. En todo caso, se puede hablar de que el lesbianismo para mí es una forma espontánea de feminismo; eso sí. Pero, la escritura también. No todo feminismo es lesbiano, por otro lado, ni creo que tenga que serlo, porque esto no es un partido político... ¡Pero el hecho de que se busque una identificación entre la conducta sexual y la literatura! Sería reductiva la literatura que haríamos. Entonces se podría llegar al tema totalitario de que los negros sólo hacen literatura que hable de temas negros, los judíos sobre temas judíos y, entonces, por ejemplo, yo no podría escribir un tema -si se me ocurriera- del siglo XVIII, porque soy del siglo XX... El yo literario es ficticio. Cuando yo pongo “yo” en la página no soy yo, es decir, no soy completamente yo. Es una ficción. ... Los libros no tienen sexo. Tienen sexo los autores…”

La redacción de “De Amor y de Sombras” en su artículo “Genealogías del lesbianismo: historia de mujeres y literatura” se pregunta: “….Pero, ¿qué es un texto lesbiano?, ¿cómo podemos identificar una “literatura lesbiana”?, ¿qué leemos cómo lesbiano y por qué?, ¿tiene esta literatura que ser acerca del deseo sexual entre dos mujeres, exclusivamente, para ser considerada lesbiana?. Estas cuestiones, producidas por circunstancias históricas y formas ideológicas, pueden solamente ser respondidas en términos ideológicos e históricos… todo lo que llamaríamos “literatura lesbiana”, y atendiendo a los criterios que expone Julie Abraham, englobaría una amplia producción de textos que tendrían en común el hecho de compartir las circunstancias históricas concretas que viven las escritoras que las producen, tal y como lo comenzó a representar Virginia Woolf en Orlando(1). Pero dicho esto, no podemos pensar que los “escritos lesbianos” tienen un tema y una forma fija sobre los cuales se organizan. Tampoco estaría mal recordar que hay “novelas lesbianas” escritas por escritoras lesbianas, pero hay novelas escritas por lesbianas que no han sido “novelas lesbianas”, y también hay muchas “novelas lesbianas” que no han sido escritas por lesbianas… En concreto, Teresa de Lauretis afirma que “las homosexualidades femenina y masculina.... pueden ser reconceptualizadas como formas culturales y sociales en su propio derecho...”. Esta misma autora, siguiendo a Sue-Ellen Cese observa que “tomando a dos mujeres, no a una, se hace una lesbiana”, a su vez Julie Abraham siguiendo esta reflexión, y considerando las relaciones entre lesbianas y literatura lesbiana pre-Stonewall dice, “toma una mujer y una novela... Como lectora una mujer podría interpretarse a sí misma como lesbiana, y encontrar su interpretación del lesbianismo a través de una novela”. Lo que nos dicen estas teóricas a primera vista, es que hemos buscado la práctica del amor entre mujeres en muy pocos lugares, en muy pocos libros y con los ojos no demasiado abiertos. Nos están indicando que dada una relación altamente problemática entre lesbianismo y narrativa ( lesbianismo y representación), el lesbianismo de una escritora lesbiana podría ser constituido, en parte a través y en el proceso de escribir (y el de una lectora en parte en el proceso de leer). Demostrar los modos en los cuáles las novelas lesbianas son constituidas fuera del marco y el análisis de la representación dominante heterosexual; considerar las limitaciones ideológicas que produce esta situación, así como observar los modos de resistencia empleados por las escritoras lesbianas (para poder ser escritoras lesbianas y tejer textos lesbianos) son tres elementos básicos para poder responder a la pregunta: ¿hay una lesbiana en esta biblioteca?…”

Podría hacerse una larguísima lista de escritores que tocaron mas o menos explícitamente el tema lésbico-gay en sus obras literarias a través de todos los tiempos en la cultura occidental. Si bien jamás, que yo sepa, reivindicaron un espacio propio que no fuera el literario, la cultura occidental tiene un afán desmesurado en las clasificaciones, que si bien tienen utilidad distorsionan por otra parte la realidad. Cuando Marguerite Yourcenar escribió “Alexis o Tratado del Inútil Combate”, por ejemplo, habló con claridad de un gran problema: la autenticidad, “la búsqueda de una libertad sexual más entera y menos llena de mentiras”. Pero podríamos preguntarnos: ¿Dijo ella en algún momento que aquello era literatura homosexual?, ¿O sólo escribió literatura?, ¿el tema es secundario siempre?, ¿Lo hizo por pura vocación literaria?, ¿Si habló de ese problema fué porque íntimamente le tocaba?, ¿Le bastó con hacerlo sin más?, ¿Quiero escribir sobre esto y lo hago y punto?, ¿Y es para todos, sin excepción?, ¿No estaba dirigido a un publico determinado, sino a la generalidad?, ¿Valen los textos escritos por nosotr@s que no hablan de nosotr@s?, ¿es lícita una aprehensión del texto para apoyarse en la búsqueda de nuestra propia identidad?, ¿es meta-literario ese descubrimiento de nuestras propias pulsiones sensuales en las obras leídas?, ¿la relación que un@ entabla con un libro puede escapar a los cánones que nos imparten?….

Por mi parte prefiero dejar abierta tales distinciones… pues al igual que la sexualidad, la lectura es multifacética y no guarda fidelidades a ningún rótulo... “Soy amplio y contengo multitudes” al decir de Walt Whitman.

El objetivo de estas palabras será refle-xionar sobre la importancia de textos de autor@s y/o contenidos lésbicos-gay en el proceso de construcción como lesbiana. Un libro de temática lésbico-gay es una puerta a través de la cual una persona puede penetrar en un mundo completamente desconocido para ella en un ambiente muchas veces marcado por un sentimiento homofóbico por parte de la sociedad. Muchas personas que se hacen preguntas sobre su sexualidad o que simplemente desean saber más acerca de la vida lésbico-gay deben hacer este paso y deben hacerlo de una forma tranquila y personal. Leer contribuye a que la privacidad sea más factible. Además, los libros tratan temas muy diversos y nos dan información que no encontramos muchas veces en otros medios. Pero cabe recordar que esto no es un fenómeno de los últimos cuarenta años sino que en la cultura occidental los escritos sobre temática o sensibilidad lésbico-gay han existido desde siempre. Seria interesante reflexionar si este planteo sobre la necesidad de una nueva ca-tegorización literaria no responde a la demanda de mayor visibilidad social que afecta a todos los ámbitos post-Stonewall y entonces podríamos preguntarnos también porqué la literatura iba a ser un ámbito excluido de dicha visibilidad. Con lo cual analizar su existencia como género podría en ultima instancia ser reductible a reflexionar sobre la visibilidad social de gays y lesbianas.

O como ha teorizado Leslie Feinberg “…. En muchos sentidos el movimiento no es nuevo; lo que pasa es que las comunidades que lo forman han sido tan profundamente clandestinas que muchas de nuestras culturas, de nuestras formas creativas, nuestro humor y nuestra sátira han sido subterráneas y se han perdido para la sociedad mayoritaria e incluso para otras corrientes del movimiento mismo. Estamos comenzando a ver que estas comunidades se reunen y empiezan a compartir sus distintas formas de orgullo...”

Los nombres no hacen las cosas, es cierto. Pero la falta de ellos las pueden deshacer… O como dijera Adrienne Rich, quien tiene el maravi-lloso encanto de dejarnos siempre pensando: “…. Para nosotras el proceso de nombrar y definir no es un juego intelectual, sino una captación de nuestra experiencia y una llave para la acción. La palabra lesbiana debe ser confirmada porque descartarla es colaborar con el silencio y la mentira acerca de nuestra existencia misma, es hacernos caer en el juego de la clandestinidad y volver de nuevo a la creación de lo inefable...”

La diversidad y la visibilidad de gays y lesbianas destruyen prejuicios y mitos en un@ mism@ y en el otr@. Que existan personas que son visibles en su lesbianismo son necesarias en la construcción de otras lesbianas que están viviendo el asumirse como tales y en ese proceso es de suma importancia contar con “imágenes positivas” de gays y lesbianas visibles.

Hace días Leopoldo Brizuela, comentaba desde las paginas del diario de mayor tirada de Argentina: “…..¿Pero por qué decir “soy homose-xual”? Muchas personas sostienen, como yo mismo lo hice durante años, que definirse implica adoptar las categorías del enemigo, volver a paralizarnos bajo una etiqueta que, por lo demás, puede volverse inservible en el futuro. Sabemos, sí, que la sexualidad es uno de los aspectos centrales de toda vida, pero sólo un aspecto, y soñamos fervientemente con un futuro en el que la naturaleza del deseo deje de “esencializar” a las personas ante los ojos de los otros... Pero pensemos, por ejemplo, en mi generación. Desde chicos, todos sufrimos las mismas violencias, tanto más brutales porque eran, en muchos casos, incons-cientes y hasta “bienintencionadas”. Aprendimos a entrever en la palabra maricón, además de una injuria, una amenaza, y toda nuestra subjetividad se formó teniendo como referencia esa prevención. Para sobrevivir nos vimos obligados a vivir en un mundo secreto y solitario, reflejado en los modos de nuestra imaginación y de nuestro deseo. Si logramos evitar la negación y su más frecuente consecuencia, la locura, no sólo lo hicimos gracias a los libros, sino a esos lazos de solidaridad establecidos también casi en secreto, esa “ciudad bajo la ciudad” con códigos y saberes propios e imprescindibles, que los teóricos denominan “subcultura”. Y ahora sentimos que nuestra vida adulta no puede realizarse si no intentamos concretar en obras las diversas formas de esa imaginación. Negar esta identidad me parece tan insano como callar cualquier otra violencia de la que seamos víctimas, y tan insano, también, como creer que esa condición de víctimas nos vuelve inmediatamente puros, lúcidos y heroicos… Hoy pienso que decir “soy gay” o “soy lesbiana” no implica acatar esas categorías que provienen, sí, del enemigo, sino apropiarnos de ellas y usarlos como un arma. Dejar de responder con falsedad o subterfugios a las requisas más o menos veladas para replicar, por fin, “bueno, sí, ¿y qué?” Dejar de huir no sólo para, si es preciso, devolver por fin una trompada, sino -y éste me parece el principal logro de este momento histórico- para sumarse a una serie, para consolidar una red variada pero visible de acciones opositoras, que, además, nos involucra con un sinnúmero de movimientos que aspiran al cambio...”

La literatura de escritor@s y/o temática lésbico-gay, reflexiono aquí, desde mi experiencia, fue en ese arduo camino de poner nombres, de conocer - y reconocerse - en una otra, el primer espejo para descubrir fragmentos de mi misma… Esa niña que comenzaba adolescer que alguna vez fui, y que hoy mis ojos de mujer lesbiana rememoran, con deseos ocultos que comenzaban aflorar, dudas que “ese amor que no se atreve a decir su nombre” generaban ante el autodescubrimiento, deseos y frustraciones, culpas e ilusiones, bellezas y miedos abismales ante lo diferente, sentimientos encontrados, vértigo ante tanta soledad, angustia de sentirse - al igual que Asterión - única en el mundo… Esa niña descubriría, en escritos de todas las épocas un intento de hacer de esa soledad un hecho compartido… Con el contacto de esos libros, la niña descubriría que había algo más allá de su realidad, que había otros mundos, otras realidades, que a veces podían ser mejores o ser peores, pero que la vida no se acababa en sus miedos y temores que la rodeaban, que la paz y la felicidad que su alma ansiaban y necesitaba podían existir y que solo en si misma podía hallarlas. Aquellos texto abrieron su forma de entender el mundo, contribuyeron a transformar las relaciones habituales otorgadas a las nociones de identidad y sexualidad. La gente suele asociar los libros con el aburrimiento, el tedio, el fastidio. Sin lugar a dudas el lugar más impopular para un niño ha de ser una biblioteca. En cambio para esa niña algunos libros fueron una vertiente de felicidades, alegrías, reflejos y reflexiones inagotables al emparejar palabras con experiencias, y experiencias con palabras, y pasar por el reflejo de historias que resonaban en su propia experiencia, historias sentidas como espejo que le devolvían el verdadero rostro de su alma, historias que la prepararían para experiencias futuras o que bien le contaban experiencias que como todos sabemos, nunca serian suyas salvo en las ardientes paginas leídas.

Mas allá de las intenciones del aut@r y/o las esperanzas del lect@r, un libro puede hacernos mejores y mas sabi@s, las palabras, los testimonios de otr@s pueden ayudarnos a recorrer el camino de nombrar lo que pareciera innombrable. Decía Tom Stoppard en “La Invención del amor”: “...quieres que el sepa lo que no puede decirse y que de la respuesta perfecta en la misma lengua...” cuantas veces como lector@s hemos encontrado en una pagina inolvidable esa respuesta perfecta, cuantas veces esas huellas de otr@s plasmadas en un papel nos han permitido mantener la coherencia en el caos, hurgar en la mas profunda oscuridad de nuestras almas, en nuestros mas recónditos sentimientos...

Si bien la emoción de esas páginas aun perduran en esta mujer lesbiana que hoy soy, cuando años mas tarde, la ya no niña pudo comparar las lecturas con la sensación real de acariciar por vez primera la piel del cuerpo de la mujer amada, tuvo que admitir que, por una vez, la lite-ratura se había quedado corta...

Pero como no reconocerse - y conocerse - en las angustias, en los miedos “siempre eternos” del drama “Alexis” de Marguerite Yourcenar, de “Corydon” de Gide, de “Demian” de Herman Hesse, de “Maurice” de E.M. Forster. Como no estremecerse al recorrer las paginas del “Orlando” de Virginia Woolf, juego temporal que se va desplegando a través de la proteica existencia de un personaje, en sus sucesivas metamorfosis desde el siglo XV hasta el XX, cuya última personificación, una muchacha inglesa esta inspirada en la escritora Victory Sackville-West. Como no comprender la pasión irrealizable que un muchachito despierta en Gustav von Aschenbach en “La muerte en Venecia” de Thomas Mann. Como no desear las virtudes, bellezas e idealismos de esas “amistades románticas” retratadas por Henry James. Como no anhelar vivir en una sociedad que al igual que las Grecia y Roma antiguas la moral no distinguiese entre el amor homosexual y el heterosexual. Como no querer fundirse en un abrazo con Patricia Highsmith al terminar de leer “Carol” (“The Price of Salt” – primera novela americana, que tenia un final feliz, para sus protagonistas lesbianas) al conocer que no todas las lesbianas debían pagar el precio de su amor cortándose las venas, ahogándose en una piscina, abandonando su lesbianismo o cayendo en los abismos de una depresión...

Mi forma de ser, mi forma de pensar, mi forma de sentir la mujer lesbiana que hoy soy, nacieron y se formaron en gran medida, en esas tardes lejos de ojos molestos, en la soledad y privacidad de una terraza o una biblioteca, en las que me descubrí, aprehendí mi ser mas oscuro y comencé a transitar por ese arduo camino de autoaceptación con la ayuda de muchas de esas lecturas...

Por último me interesa poner atención en dos polémicas que estos últimos tiempos se han suscitado en el ámbito literario latinoamericano. Por una parte en Chile, el diario “La Tercera” de la ciudad de Santiago ha convertido en noticia escandalosa la revelación de la supuesta homosexualidad del escritor chileno José Donoso a partir de la lectura de los papeles personales de éste, que la Universidad de Iowa permitió consultar sin el permiso de su hija y que sirvieron a la prensa chilena para afianzar este forzado descubrimiento extrali-terario. Forzado, porque es el mismo Donoso el que revela muchas de sus claves en otros textos suyos, y es sin lugar a dudas en “El lugar sin límites” la obra más arriesgada, más directamente alusiva, no a la propia orientación sexual, sino al dolor de construirse a partir de la afirmación de lo diferente y ser rechazado por que no se atreve a aceptarse en este juego convencional de reglas constituido por el amor. Y por otro lado cruzando fronteras, en Argentina la editorial rosarina Beatriz Viterbo publicó “Varia Imaginación” de Sylvia Molloy, libro fragmentario de memorias perdidas que contiene el primer “comming out lésbico” que registre la literatura argentina, y que al igual de su “En breve cárcel”, ha pasado desapercibido en el ámbito cultural porteño. Precisamente, cuando se reeditó “En breve cárcel”, en un ya mítico artículo publicado en la revista “Punto de Vista”, Sylvia Molloy se quejó del modo en que no había podido leerse allí la cuestión del género. “Para mayor precisión”, declaro Sylvia Molloy, “me quejaba del modo en que se había borrado la cuestión del género en las reseñas de 1979 y 1980, cuando se publicó por vez primera la novela. Efectivamente, las primeras reseñas evitaron prolijamente toda mención de homosexualidad o la mencionaron de manera absurda, como aspecto temático, comparándome con Sade, Safo y con Lawrence Durrell, que poco tienen que ver entre sí y nada con En breve cárcel”. Ambos hechos nos deberían llevar a reflexionar sobre que nos está sucediendo socialmente en estas contradicciones de matar y acallar las palabras del otr@, esta amnesia cultural que lleva a intentar invisibilizar lo visible en Sylvia Molloy y en su contraposición visibilizar lo invisible en Jose Donoso.

Quiero terminar estas reflexiones haciéndome eco e invitándol@s a hacerse eco de la reflexión de Franklin D. Roosevelt con la cual comienza el folleto “La homofobia: a que le tenemos tanto miedo?” producido y distribuido por el “Lesbian and Gay Public Awareness Project” (Proyecto de Concientización Publica Lésbico-Gay), organización que desde la ciudad de Phoenix trabaja para reducir la homofobia mediante la educación: “... El conocimiento - esto es, la educación en su sentido verdadero - es nuestra mejor protección contra el prejuicio que no razona y el miedo que produce pánico, ya sea que éstos nazcan de algún interés especial, de minorías restrictivas o de líderes aterrados...”

Nota

(1) Obra que revela los principios culturales dominantes de su época sobre la representación de las relaciones entre mujeres.