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Homofobia: El principal discriminador es el Estado Imprimir E-mail

Por Rafael Freda

El nombre que la discriminación adopta cuando se dirige a los integrantes de las minorías sexuales (homosexuales, lesbianas, transgéneros) es homofobia: odio, desprecio, repulsión o disgusto ante nosotros. Es una discriminación cultural, y lo que más dificulta nuestra lucha por la igualdad es que el supremo discriminador es el Estado.
Este artículo fué escrito orginalmente para la Revista La Maga que lo publicó el 26/8/98.

La primera discriminación que un integrante de las minorías sexuales enfrenta está en su familia. Todas las figuras a quienes ama y admira (el padre, la madre, la maestra, el cura) le enseñan a despreciarse a sí mismo. El homosexual aprende que es “marica”, o sea, un “afeminado cobarde”. La lesbiana, que es una “varonera”, es decir, una “machona desagradable”. La homofobia familiar dice “son unos degenerados”, y por eso uno no puede revelar que es parte de esa gente. En la iglesia, el sexo es sospechoso y pecador, y la homosexualidad abominable. Para la escuela y el barrio, burlarse de “trolos” y “trolas” es una virtud. Los medios muestran que los “raros” son grotescos, y que los transgéneros son extravagantes despreciables. Con estas discriminaciones acumulativas, la verdad y la mentira cambian de valor. La mentira protege: la verdad es peligrosa. No se puede confiar en nadie. Negar se hace hábito. Una tremenda cólera por lo que nos han hecho se nos va metiendo en cada corazón.

Bajo tal presión, algunos obedecen a papá, mamá, el médico, el cura, el maestro y el hermano mayor, y se reconocen a sí mismos como putos, travestis y tortas tales como los describen esas palabras: cobardes, traidores, sin palabra, débiles, asquerosos, prostitutos, chismosos, ridículos, repulsivos.
Muchos más resisten. En la juventud, a gays y lesbianas los espera la tentación de la doble vida: separar sexo de afecto, tener hijos dejándose poseer si son mujeres o fantaseando si son varones, y procurarse encuentros furtivos donde el deseo se haga excitación satisfecha. Es una vida peligrosa, donde la mentira y el desequilibrio reinan: pero el transgénero no tiene ni siquiera esto: está confinado a la prostitución.
Los y las de doble vida no vieron otro modo de llegar a un destino digno. Los demás homosexuales fueron segregados: se les ordenó no atreverse a ser torneros ni futbolistas: son peluqueros o bailarines. Incluso deportistas o artistas, pero no podrán ser simplemente buenos: deben ser excelentes. Louganis o Navratilova pasan, pero un buen tenista o un nadador de club no. O son Wilde, Florencia Nightingale, Alejandro Magno o Platón, o no son. Igualmente pagarán con la cárcel, la larga soledad, el morir joven.
Los que no son genios luchan contra la segregación “tapando” su sexualidad y aceptando ser los eternos relegados: en el empleo el ascenso y el aumento siempre les corresponde a otros; en la casa cuidan de los padres mientras los hijos héteros se desentienden (aunque no de la herencia) “porque yo tengo familia, viste”.
Como ninguna educación sexual nos dice que somos normales, la culpa de ser homosexuales o transgéneros nos roe por dentro. Algunos, cuando la edad avanza y las energías decaen, se dejan excluir hacia la marginalidad y terminan en Policiales.
Otros no permitimos que nos excluyan. Construimos un mundo pequeño, sólido, con amor, afecto y compañ erismo, que sirve a la sociedad en que vivimos y a nosotros que vivimos en ella, y tratamos de no pensar en el momento en que el compañero o compañera falte o le faltemos, porque sabemos que el Estado se vengará con quien quede: lo despojará a favor de los familiares sanguíneos, o lo despojará con impuestos enormes. Ese Estado ni las palabras nos deja. No podemos ser viudos, no podemos ser concubinos. Somos “sobrevivientes o convivientes de parejas del mismo sexo”, porque el Opus Dei y el Estado así lo sancionan.
La cultura del Estado es nuestro verdugo. Los países soviéticos y Cuba cambiaron todo, pero no sus culturas, y sumaron persecución a las historias de vidas sin libertad. Cambiaron religiones impiadosas por ideologías opresivas, y dejaron intactos mundos del trabajo donde la explotación es regla y la política exclusión.

La cultura nos rotuló “anormales”: el Estado nos prohíbe el derecho de normalizarnos.

A los que construímos parejas con amor y sudor (de sexo y de esfuerzo) nos niegan la unión civil y la pensión que todo concubino recibe. A los que conservamos salud mental a pesar de la infancia, la adolescencia y la juventud deformantes que nos obligaron a vivir, nos niegan una escuela donde la educación sexual diga que somos seres normales y humanos.
El Estado reconoce que la pareja sexoafectiva (no la de los hermanos, no la de los amigos) otorga derechos. Da privilegios a los que aceptaron jurar compromiso por la institución del matrimonio, aunque luego falten a su palabra. Pero si alguien elige ser concubino por no inclinarse ante el Estado, igualmente se le reconocen derechos que emanan de la pareja en sí: la cobertura social, la pensión, la indemnización si al otro lo mató la dictadura.
El Estado nos niega todo a los que ni opción tuvimos, porque tenemos prohibido jurar ante el Estado nuestro compromiso. Aprovechando una coyuntura política, una pareja logró cobertura de obra social: gracias a que OSPLAD es una entidad pública empezó a cambiar el Estado. Pero es de gerencia privada, por lo que cuando nuestros mayores pidieron que el Estado profundizase su cambio protegiéndolos en la ancianidad como lo manda la Constitución, recibieron como respuesta “no”.
El concubinato es un remedo del matrimonio, dice el cagatintas Poclava Lafuente, mientras los poderosos políticos Saúl Bouer y Erman González le lamen las botas: señor Oscar Mercado, usted que vivió un cuarto de siglo con un mismo hombre y cumplió su deber de trabajador y contribuyente, usted que ahora enfrenta una vejez de pobreza, haga juicio si no le gusta. Sus jueces serán gente de la calaña de Barra, Campos, Trovato, Oyarbide, Wowe, Belluscio, Amabile Cibils, Nazareno. Para cuando se expidan en su contra usted ya estará muerto, y su ataúd lo llevarán los monseñores Nolasco y Musto, que irán cantando loas de desagravio a los viudos de sanos y limpios matrimonios.
Tres reivindicaciones son prioridad para las minorías sexuales: con urgencia, derechos de pareja; después, unión civil derivada del derecho que genera la pareja sexoafectiva. Y en tanto, una escuela que enseñe que somos normales.
De las demás discriminaciones veremos cómo encargarnos nosotros, los que nos llamamos “minorías sexuales” para mostrar nuestra multiplicidad. Somos un grupo históricamente desarticulado y vulnerable. No nos niegan el derecho a la educación ni al trabajo, y solamente la corrupción policial nos extorsiona. Sólo una política honesta y valiente nos librará de la mala policía, pero rara vez valentía y honestidad se aliaron.
Mientras nos nieguen el derecho a formar núcleos de convivencia legalmente reconocidos fuera de nuestra familia de origen; mientras tengamos prohibida la unión civil de acuerdo con nuestros deseos; se nos castigará con privaciones y postergaciones, y sólo se nos permitirá la obediencia a estereotipos y la ira como catarsis. Seremos el abigarrado Zoo donde ignorantes conductores seguirán confundiendo sexualidad y acto sexual, y buscando ráting con animalitos más o menos norteamericanos, más o menos amaestrados, hasta llegar a la máxima demostración: cuánto cambió todo para que todo siga igual.
No podemos ni usar la palabra “familia” sin que se enfurezcan los conservadores. Hoy Erman González nos prohíbe usar la palabra “concubinos” como Carlos Torres nos prohibió usar “viudos”. Todos nos prohíben usar la palabra “normales”, y mientras algunos aúllan su rencor como catarsis, la mayoría, como normales que somos, exigimos integrarnos a una sociedad pluralista y democrática.
Nuestra meta no es conseguir derechos especiales ni castigos para otros: es la normalización de la homosexualidad.

Este artículo fué escrito orginalmente para la Revista La Maga que lo publicó el 26/8/98,

luego la revista "Espejo" lo publico en su edición numero 15.

Última actualización el Viernes, 27 de Noviembre de 2009 18:05