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La Historia Extraña, Extraña, de los Fascistas Gays Imprimir E-mail

Por Johann Hari[1] (traducción Rafael Freda)

La noticia de que Jorg Haider (el líder fascista austríaco) pasó sus últimas horas con un rubio espectacular en un bar gay impresionó a algunos. A mí no. Para un gay de izquierda como yo éste es un tema tabú, pero siempre ha habido una superposición extravagante y desproporcionada entre la homosexualidad y el fascismo. Respiren profundo. Aquí va.

Alrededor de diez mil gays fueron masacrados en los campos de concentración nazis. Muchos fueron humillados, encarcelados, deportados, fueron objeto de limpieza étnica o se los castró. Un sobreviviente gay de los campos de concentración, LD Classen von Neudegg, escribió sobre sus experiencias. Demos un vistazo: “Tres hombres intentaron escapar una noche. Los capturaron, y cuando volvieron les escribieron en la ropa la palabra ‘homo’. Los ataron a una picota y les dieron latigazos. Después se los obligó a tocar un tambor mientras gritaban ‘¡Hurra! ¡Volvimos! ¡Hurra!’ Después los ahorcaron.” Éste es uno de los sucesos más suaves documentados en su libro.

Con esto la idea de un fascista gay parecería ridícula. Pero cuando el British National Party [Partido Nacional Británico], nuestros propios fanáticos domésticos negadores del Holocausto, anunció que estaba postulando para las elecciones europeas de junio de este año un candidato abiertamente gay, los abnegados seguidores del fascismo ni pestañearon. La retorcida realidad es que los gays han estado en el corazón de todos los movimientos fascistas de envergadura que existieron, incluyendo el Tercer Reich, que gaseó y mató a los gays. Con la excepción de Jean-Marie Le Pen, todos los fascistas de más alto perfil de Europa de los últimos treinta años han sido gays. Es hora de que lo admitamos. El fascismo no es algo que pase ahí afuera, un hábito desagradable que contraen los chicos héteros. Es (al menos en parte), también gay, y es hora de que los gays no fascistas se despierten y enfrenten la música marcial.

Nada más miren a nuestro continente en la década pasada. El fascista holandés Pim Fortuyn defendía una plataforma abiertamente racista y antiinmigrantes, en la que describía al islam como “un cáncer” y “la mayor amenaza de hoy en día contra la civilización occidental”. Sin embargo, con dos perritos peludos y un complejo de mami, era abierta y extravagantemente gay. Cuando un opositor político lo acusó de odiar a los árabes, replicó “¿Cómo voy a odiar a los árabes? Se la chupé a uno ayer noche.”

Jorg Haider hizo explotar la tranquila política postnazi de Austria en el 2000 cuando su ‘Partido de la Libertad’ neofascista ganó un 25% de los votos y se unió al gobierno del país como socio de la coalición en el poder. Siempre se destacaron varios hechos en la cobertura de la prensa internacional: su quijada cuadrada, su torso musculoso, su padre partidario de las SS, su rabioso antisemitismo, su odio de los inmigrantes, su descripción de Auschwitz y Dachau como “centros de castigo”. Unos pocos diarios mencionaron que siempre estaba rodeado de jóvenes atléticos y fanáticos. Un puñado fueron algo más allá y señalaron que varios de esos jóvenes eran abiertamente gays. Después un diario alemán de izquierda mostró el relato al que todos los demás estaban aludiendo: afirmaron que Haider era gay.

Se abrieron paso en la prensa rumores sobre un mozo hindú que tenía “detalles íntimos” del cuerpo de Haider. El director general del Partido de la Libertad, Gerald Miscka, renunció rápidamente entre acusaciones de que era amante de Haider. El gay más amigo de Haider, Walter Kohler (que había sido fotografiado haciendo poses con una pistola amartillada mientras Haider se reía) declaró su oposición a hacerles outing[2] a políticos. Haider, que era casado con dos hijos, mantuvo silencio mientras sus funcionarios negaban los rumores. La revelación de que murió al irse de un bar gay sugiere que los rumores eran verdad.

Y así sigue y sigue. Si uno viajara en tren por toda Europa, deteniéndose solamente donde hay gays fascistas, uno no se perderá muchos paisajes. El fascista descollante de la posguerra en Francia fue  Edouard Pfieffer, que no jugaba para el equipo hétero. El neonazi sobresaliente de Alemania en toda la década de 1980 se llamaba Michael Kuhnen; murió de SIDA en 1991 pocos años después de dar a conocer su sexualidad. Martin Lee, autor de un estudio sobre el fascismo europeo, explica: “Para Kuhnen había algo supermacho en ser un nazi, y también en ser un homosexual; los dos hechos reforzaban su sentido de vivir en peligro, de pertenecer a una élite que estaba destinada a tener impacto. Le dijo a un periodista alemán occidental que los homosexuales eran gente ‘especialmente adecuada para nuestra tarea, porque no quieren ataduras con la esposa, los hijos y la familia.’”

Y no tardaría mucho su tour en llegar a Gran Bretaña. A primera vista, nuestros nazis parecen militantemente héteros. Han intentado perturbar los desfiles gays, describen la gente gay como “maligna”, y el líder del Partido Nacional Británico Nick Griffin reaccionó de un modo encantador cuando le pusieron una bomba al bar Admiral Duncan en 1999[3], publicando una columna que decía “La cantidad de imágenes de TV de manifestantes gays [fuera de la escena de carnicería] pavoneando su perversión frente a los periodistas del mundo muestra justamente por qué tantas gentes comunes encuentran repulsivos a estos seres.”

Pero si uno rasca hasta la superficie homofóbica hay una esvástica de tela elástica debajo. En 1999, Martin Webster, antiguo organizador del Frente Nacional y jefe mafioso del movimiento fascista británico escribió un panfleto de cuatro páginas detallando su ‘affair’ con Nick Griffin. “Griffin buscó relaciones íntimas conmigo,” explicó Webster, que era abiertamente gay, “a fines de los setenta. Era veinte años más joven que yo.” Ray Hill, que fue un infiltrado en el movimiento fascista británico durante doce años para reunir información destinada a los grupos antifascistas, dice que es muy plausible. Afirma que la homosexualidad es  “extremadamente prevaleciente” en las jerarquías superiores de la ultraderecha británica, y en cierto estadio de los ochenta casi la mitad de los organizadores del movimiento eran gays.

Gerry Gable, editor de la revista antifascista ‘Searchlight’ [Proyector de luz], explica, “He observado por décadas a los grupos nazis de Gran Bretaña y esta hipocresía homofóbica ha estado allí siempre. No puedo pensar en ninguna organización de la extrema derecha que haya atacado a la gente por sus preferencias sexuales y que al mismo tiempo tuviera tantos funcionarios y activistas gays.”

El presunto affair gay de Griffins tendría lugar en una larga tradición fascista británica. El líder del movimiento skinhead a todo lo largo de los setenta era un matón musculoso y loco llamado Nicky Crane. Era el ícono de una respuesta reaccionaria contra los inmigrantes, el feminismo y el estilo de vida ‘hippie’ de los años sesenta. El énfasis de su movimiento sobre la conformidad con una norma afeitada y deshumanizada se parecía a los movimientos fascistas clásicos; Crane pronto hizo campaña para el Frente Nacional, de que se volvió una figura líder. Ah, y era gay. Antes de morir de SIDA a mediados de los ochenta, dio a conocer su sexualidad y admitió haber protagonizado muchos videos porno gays. Poco antes de su muerte en 1986 se le permitió ser administrador de una marcha del Orgullo Gay en Londres, aunque todavía decía que se sentía “orgulloso de ser fascista.”

La difícil fricción entre los fascistas gays y los gays progresistas británicos generó chispas de furia en 1985 cuando el Movimiento Gay Skinhead organizó una fiesta disco en el Centro Gay de Londres. Varias lesbianas en particular objetaron la “invasión” del centro. Sentían que el culto de los “hombres verdaderos” y a los musculosos hipermasculinos estaba atizando los sentimientos más bajos “en el mismo lugar, el movimiento gay, donde menos se esperaría que existieran.”

Y esta Gaystapo tenía un ícono para reverenciar, un Führer alternativo que adorar: el líder fascista gay perdido, Ernst Röhm. Junto con Adolf Hitler, Röhm era el prócer fundador del nazismo. Nacido en una familia bávara de empleados estatales en 1887, la vida de Ernst Röhm comenzó (en su opinión) en las “heroicas” trincheras de la Primera Guerra Mundial. Como tantos de la generación que formó el Partido Nazi,  se nutrió y se obsesionó con el mito homoerótico de las trincheras: muchachos hermosos y heroicos preparados a morir por sus hermanos y su país.

Emergió de la guerra con una cara chamuscada por las balas y sintiendo reverencia por la guerra. Como lo expresó en su autobiografía, “Como soy un hombre inmaduro y moralmente malo, la guerra y la intranquilidad me seducen más que el buen orden burgués.” Después de ser dado de baja, intentó sin gran entusiasmo hacer pie en la vida civil, pero la consideraba extraña, burguesa, aburrida. No tenía creencias políticas, solamente prejuicios, especialmente odio por los judíos. El historiador Joachim Fest describe la generación de Röhm, formada por jóvenes alienados, desmovilizados y humillados por la derrota, diciendo que eran “agentes de una revolución permanente sin ninguna idea revolucionaria del futuro, con el único deseo de hacer eternos los valores de las trincheras.”

Fue Röhm quien primero percibió el potencial del orador improvisado y furioso improvisado llamado Adolf Hitler. Lo vio como el demagogo que necesitaba para movilizar apoyo para su plan de derribar la democracia y establecer un “estado de soldados” donde el ejército gobernara sin ttrabas. Presentó al joven fascista a los políticos locales y a los líderes militares; por muchos años lo conocieron como “el chico de Röhm”. El historiador gay Frank Rector advierte, “En un grado sustancial Hitler fue el protegido de Röhm.” Röhm integró a Hitler en su movimiento clandestino para derribar a la República de Weimar.

La homosexualidad exagerada y evidente de Röhm parece extravagante hoy, dado el genocidio gay que siguió. Hablaba abiertamente de su gusto por los gares gays y los baños turcos, y era conocido por su virilidad. Creía que los gays eran superiores a los héteros, y pensaba que la homosexualidad debía ser un principio clave del Valiente Nuevo Mundo Fascista que proponía. Como lo explica el historiador Louis Snyder, Röhm “proyectaba un orden social en el que la homosexualidad sería considerada como un patrón de conducta humana de alta reputación… Mostraba ostentosamente su homosexualidad en público e insistía en que sus amigotes hicieran lo mismo. Creía que los héteros no eran tan adeptos a la prepotencia y la agresión como los homosexuales, así que a la homosexualidad en las SA se le daba un alto valor extra.” Promovían una forma de homosexualidad agresía e hipermasculina, que condenaba a “las mujeres histéricas de ambos sexos”, en referencia a los hombres gays femeninos.

Esta creencia en la superioridad de la homosexualidad tenía una fuerte tradición alemana que surgió en el inicio del siglo XX alrededor de Adolf Brand, el editor de la primera revista gay del país. Se podría llamarla ‘Queer as Volk’: declaraban que los gays eran los cimientos de todos los estados-nación, y que representaban una élite guerrera que debía gobernar. Veneraban a los antiguos cultos guerreros de Esparta, Tebas y Atenas.

Röhm a menudo se refería a la antigua tradición griega de envíar a las parejas gays más sólidas a la batalla, porque se creía que eran los guerreros más feroces. El famoso paso de las Termópilas, por ejemplo, fue defendido por 300 soldados, que formaban 150 parejas gays. En sus primeros años, las SA (el ejército paramilitar de Hitler y Röhm) eran predominantemente gays. Röhm asignaba puestos prominentes a sus amantes, y nombró a Edmund Heines su delegado y a Karl Ernst el comandante SA de Berlín. A veces la organización se reunía en bares gays. El historiador del arte gay Christian Isermayer dijo en una entrevista “Llegué a conocer gente de las SA. Acostumbraban a dar fiestas descontroladas incluso en 1933... Cierta vez asistía a una. Era de bastante buena conducta pero totalmente gay. Pero en aquellos días las SA eran ultragay.”

El 30 de junio de 1932 Hitler en persona despertó a Rohm en un hotel de Berlín. Se puso de pie con un salto e hizo el saludo gritando  “Heil Mein Fuhrer!” Hitler dijo simplemente, “Estás arrestado,” y con eso abandonó la habitación, ordenando que Rohm fuera llevado a la prisión de Standelheim. Allí le pegaron un tiro esa noche. Rohm fue la presa de mayor envergadura en la masacre conocida como ‘la Noche de los Cuchillos Largos’.

Hitler había sospechado que Rohm le era desleal, pero su asesinato dio comienzo a una represión masiva de la gente gay. Heinrich Himmler, jefe de la Gestapo, describió a la homosexualidad como “un síntoma de degeneración que podría destruir nuestra raza. Debemos volver al principio guía de los nórdicos: exterminar a los degenerados.”

El historiador alemán Lothar Machtan argumenta que Hitler hizo matar a Röhm (y a casi todos en un gran número de figuras gays dentro de las SA) para silenciar la especulación sobre sus propias experiencias homosexuales. Su ‘evidencia’ de que Hitler había sido gay es frágil y ha sido cuestionada por muchos historiadores, aunque algunos de sus descubrimientos al menos son sugerentes. Un amigo cercano de Hitler durante sus años de adolescente, August Kubizek, allega que hubo un affair “romántico” entre ellos. Hans Mend, un portadespachos que prestó servicios junto Hitler en la Primera Guerra Mundial, afirmó haber visto a Hitler teniendo sexo con un hombre. Es cierto que Hitler fue muy íntimo con varios gays, y nunca parece haber tenido una relación sexual normal con una mujer, ni siquiera con su esposa Eva Braun.

Rudolph Diels, fundador de la Gestapo, registró algunos de los pensamientos privados de Hitler sobre la homosexualidad. Había dicho “Había destruido a la Antigua Grecia. Una vez maduro, había extendido sus efectos contagiosos como una ley ineluctable de la naturaleza a los caracteres mejores y más viriles, eliminando del conjunto de criadores a los mismos hombres que el Volk [Pueblo] necesita más.” Esta idea de que la homosexualidad es contagiosa e implícitamente tentadora, es reveladora.

Röhm es venerado en los sitios homonazis que han crecudi en la internet como gérmenes en una herida. Tienen nombres como Gays Against Semitism [Gays Contra el Semitismo] (con el encantador acrónimo GAS), y Aryan Resistance Corps [Cuerpo de Resistencia Aria] (ARC). Su filosofía röhmita es simple; así como los blancos son superiores a las demás razas, los gays son “los señores de la Raza de Señores” [“the masters of the Master Race”]. Ellos solos están dotados de la “capacidad del vínculo de varones puro” y el “intelecto superior” que se necesita para “una revolución fascista.” El ARC incluso organiza “reuniones” de vacaciones para sus miembros donde “uno puede descansar en la compañía de sus hermanos blancos.”

Así que es bastante fácil establecer que los gays no están vacunados contra el fascismo. A menudo han estado dentro del corazón mismo de esa doctrina. Esto suscita la pregunta más grande: ¿por qué? ¿Cómo es que los gays, tan a menudo víctimas de opresión y odio, se integraron al movimiento político más malvado y odioso de todos? ¿Es solamente una forma extrema de autodaño, el equivalente de los chicos gays que se tajean los brazos en tiras porque se odian a sí mismos?

El pornógrafo gay y productor de películas Bruce LaBruce tiene una explicación. Sostiene que “todo el porno gay de hoy es implícitamente fascista. El fascismo está en nuestros huesos, porque ronda todo en torno de la glorificación de la supremacía del varón blanco y la fetichización de la dominación, la crueldad, el poder y las figuras de autoridad monstruosas.” Ha intentado explorar la relación entre homosexualidad y fascismo en sus películas, comenzando con ‘No Skin Off My Ass’ [Ninguna Piel de mi Culo] de 1991. En su perturbador filme de 1999 “Skin Flick’, una pareja gay burguesa (un negro y un blanco) son aterrorizados sexualmente por una pandilla de skinheads gays que se masturban con ‘Mein Kampf’ y golpean a las ‘femmes’. Implica que las normas burguesas gays se rompen rápidamente y revelan que abajo se retuerce un potencial fascista: la película termina con la violación del personaje negro frente a su amante blanco excitado a medias, mientras la pandilla racista canta a coro “Fuck the monkey [Cójanse al mono].”

Decidí rastrear algunos fascistas gays y preguntarles directamente. Wyatt Powers, director del ARC, dice, “En mi corazón siempre supe que racista y gay eran conceptos moralmente correctos. No veo ningún conflicto entre ellos. Es solamente la prensa propiedad de los judíos la que intenta convencernos de que el racismo es lo mismo que la homofobia. Se puede ser un extremista nacionalista y ser gay sin ninguna contradicción.”

Una tabla de comentarios en un sitio gay racista se adentra más en la demencia racista. Un gay de Ohio dice “Hasta si sos gay y blanco, o retardado y blanco,¡SOS BLANCO Y SE ACABÓ! en vez de dejar que la raza blanca se extinga por culpa de razas sin valor como los africanos o los mejicanos que literalmente producen millones de bebés por día, tenemos que luchar contra esta mierda de porquería que hacen. Está violando a nuestro país” Es verdad que el racismo y la homofobia no necesariamente se superponen, pero como lo explica el rabí Bernard Melchman “la homofobia y el antisemitismo tan a menudo son parte de la misma enfermedad…” Los racistas generalmente son homofóbicos. Incluso después de leer todos sus gruñidos en la red, no me sentí más cerca de entender por qué tantos gays se alían con gente que casi siempre se vuelve contra ellos al final, como lo hicieron los nazis.

Peter Tatchell, activista en campañas de derechos gays, tiene una explicación sensata e intrigante. “Hay muchas razones para este tipo de cosas,” dice. “Algunas están en la negación. Ellos buscan la hipermasculinidad, el modo más extremo posible de ser hombre. Es un modo de rechazar ostentosamente el afeminamiento percibido del ‘Otro’ homosexual. Estos hombres perturbados tienen una creencia simple en sus mentes: ‘Los héteros son duros. Los homos [queer] son débiles. Por eso si soy duro no puedo ser homo.’ Es una forma desesperada de probar su virilidad.”

La revista ‘Searchlight’ (la biblia del movimiento antifascista británico, con miembros infiltrados en todas las organizaciones de ultraderecha importantes) ofrece una explicación alternativa. “Condenados generalmente por una sociedad que continúa siendo en gran medida hostil a los gays, algunos pueden encontrar refugio y un nuevo estatus de poder en la extrema derecha,” explicó uno de sus escritores. “A través de la adherencia a la política abrazada por los grupos fascistas, emerge una nueva identidad: una donde no son marginales, porque son Hombres Blancos, superiores a todos los demás. Así hacen que la parte gay de su identidad sea invisible (o rechazan las partes menos aceptables socialmente, como ser femeninos) en tanto que se vanaglorian de lo que consideran superior.”

Pero hay otra pregunta importante: ¿es inevitable que los movimientos fascistas se ensañen con los gays? En el caso de los nazis, parece haber sido bastante arbitrario: la razón principal que tuvo Hitler para hacer matar a Röhm no tuvo relación con su sexualidad. Desde mi perspectiva de izquierdista de mente progresista, todo fascismo es moralmente malo; ¿pero deben todos los gays verlo como un enemigo de sus intereses? ¿Es posible tener un fascista gay que no esté actuando en contra de sus propios intereses? El fascismo se define a menudo como “una ideología política que aboga por un gobierno jerárquico que niega sistemáticamente igualdad a ciertos grupos.” Es verdad que esta jerarquía puede beneficiar a la gente gay a expensa de, digamos, los negros. Pero dada la prevalencia de la homofobia, ¿no es esto correr un riesgo terrible, hasta para la gente que no considera que el fascismo sea moralmente malo de por sí? ¿Una cultura que se lanza cruelmente contra una minoría no terminará por atacar a los gays? En última instancia ésta parece ser la lección de la lamentable y escuálida vida de Ernst Röhm.

La creciente conciencia del rol que los varones gays juegan en los movimientos fascistas ha sido malusada por algunos homofóbicos. En una obra especialmente desagradable de historia revisionista llamada  ‘La Esvástica Rosa’, el ‘historiador’ Scott Lively intenta echarle la culpa a los gays de todo el Holocausto, y describe el asesinato de los gays en los campos como mera “violencia de gays contra gays.” Una típica red que comenta este libro afirma absurdamente: “La Esvástica Rosa muestra que hay más mucha más brutalidad, violación, tortura y asesinato cometidos contra gente inocente por los homosexuales nazis que la que hubo nunca contra los mismos homosexuales.”

Sin embargo no podemos permitir que estos dementes impidan un período de autorreflexión seria de parte del movimiento gay. SI Bruce LaBruce tiene razón, muchos de los elementos de la corriente principal de la cultura gay (la adoración del cuerpo, la alabanza de los fuertes, el fetiche de las figuras de autoridad y crueldad) proveen un pantano en el que el virus fascista puede medrar. ¿En serio algunos gays todavía necesitan aprender que los fascistas no traerán una Solución Fabulosa para los gays, sino una Solución Final para todos nosotros?

 


[1] Johann Hari es un escritor del diario Independent. Para leer más artículos de él, haga click aquí.

[2] Denunciarlos en público como homosexuales.

[3] En el bar gay Almirante Duncan colocó su tercera bomba de clavos el neonazi David Copeland,  que mató tres personas e hirió unas setenta.

 

Fuente:

http://www.huffingtonpost.com/johann-hari/the-strange-strange-story_b_136697.html

The HUFFINGTON POST. 10/21/2008 06:16 pm ET | actualizado mayo  25, 2011

Última actualización el Miércoles, 22 de Marzo de 2017 13:06