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Lxs invitamos a leer el cuento Camila Caimán de Melina Montaño, escrito en el marco taller Di/Verso, un espacio de lecto escritura sobre diversidad sexual de Mar del Plata
Transcribimos el cuento a continuación...


Camila Caimán,

 

por Melina Montaño

 

En la Mesopotamia Argentina, más específicamente en el corazón del ecosistema del Iberá, se encontraba un montículo de sesenta centímetros de alto por un metro y medio de ancho, hecho de ramitas, hojas y juncos, que se diferenciaba del resto, porque era una gran construcción creada por una pareja de caimanes que se querían mucho desde aquella primera vez que se cruzaron en un pantano cercano.

Mamá y papá caimán habían depositado en él su bien más preciado. Su descendencia de 29 huevos redondos, blancos y perfectos. ¿Qué más preciado que la vida?  – pensaban;  y por eso el papá caimán se dedicaba a custodiar el hogar como un granadero sin despegar su vista. Sobre todo ponía empeño en cuidarlos de posibles amenazas, como otros lagartos, anacondas, coatíes, caranchos y cigüeñas que abundaban por allí. Porque papá caimán sabía que en la naturaleza el más indefenso es trofeo de depredadores. O como dice el dicho popular: cocodrilo que se duerme, es cartera.

Transcurrían los días más calurosos desde hacía mucho, mucho tiempo y todos los caimanes del Iberá se disponían a tener sus caimanes machos, ya que el sexo del bebe se determinaba según la temperatura del lugar. Y el calor de ese verano, aseguraba una descendencia compuesta solo por caimanes varones.

Pasaban las semanas, mientras papá y mamá caimán esperaban con entusiasmo la eclosión de su camada, que concordaría con las lluvias más abundantes  de la temporada, si los cálculos no les fallaban.

La espera se les hacía eterna, y una hermosa forma que encontraron para entretenerse, fue elegir el listado de los veintinueve nombres que llevarían los recién nacidos. Entusiasmados anotaban los que se les iban ocurriendo en un pedacito de corteza de árbol: Juan, Mauricio, Emiliano, Manuel, Gregorio, Nahuel, Isidoro, Nelson, Carlos, Nicolás, Alejandro, Fernando, Andrés, Cristian, Rogelio, Marcelo, Bernardo, Diego, Ramiro, Ernesto, Gabriel, Antonio, Miguel, Fabián, Esteban, Francisco, Teodoro y Rigoberto.  Solo bastaría que, una vez roto el cascarón, cada pequeño eligiera de esa lista el nombre que más le gustara, ya que en la familia de los cocodrilos aligátor es una tradición que cada quién elija cómo llamarse por el resto de sus días.

Con las esperadas lluvias, fueron llegado las nuevas vidas al ecosistema.

Primero fue un crash! que se oyó en todos los rincones. Un estruendo que anunciaba el primer huevo en romperse.

De ese primer huevo roto, asomó un pequeño caimán, ansioso por elegir el nombre del listado que sus papás habían confeccionado con tanto amor.

 

¡Mi nombre será Juan! – dijo, en su idioma de recién nacido, ante la mirada de los padres emocionados con su llegada al montículo de ramitas, hojas y juncos. Y así fueron saliendo al mundo. Uno a uno,  los bebés elegían cómo llamarse del listado de Papá y Mamá Caimán. Yo Mauricio, yo Emiliano, yo Manuel.

Cuando el último huevo se rompió solo quedaba un nombre para elegir, uno que los otros caimanes habían descartado porque les parecía feo.

 

-          Entonces tú te llamaras Rigoberto  dijo mamá caimán al bebe número veintinueve.

-          ¡No! ¡No! ¡No! ¡No me gusta ese nombre!  – pataleó el caimán bebé.

Y como en la naturaleza todo es democrático, como la naturaleza es sabia y deja que cada animalito se llame como sienta su corazón, mamá caimán, que mucho sabía de esto, le preguntó:

-          Entonces mi amor ¿cómo quisieras llamarte?

-          Camila  respondió el pequeño, feliz.

Papá caimán se quedó pensando. Luego de unos minutos y a regañadientes les habló al resto de sus hijos:

- Su hermano ha decidido llamarse Camila y todos en esta familia vamos a respetarle esa decisión.

Pasaban los días en el montículo y mientras los otros animales de la comunidad murmuraban por detrás de la familia, mientras Camila estaba en boca de todos, los papás se preguntaban: ¿Qué vamos a hacer cuando tenga que ir a la escuela? ¿Cómo vamos a encarar la decisión de Camila? Todo era cuestión de tiempo, se tranquilizaron. Sabían que lo realmente importante era respetar la decisión de ella.

 

En las primeras semanas de vida, mamá y papá caimán les enseñaban a sus pequeños el arte de ser depredadores, las tácticas de caza y sobre todo la lección más importante a esa corta edad: el arte del mimetismo. El arte que consiste en quedarse muy pero muy quieto, como si fueran una mancha congelada, o una piedra. Camila tenía un talento especial para el mimetismo. Con una flor en la cabeza, cerraba sus ojos y se quedaba tan pero tan quietita, que era casi invisible a la vista de cualquier amenaza extraña.

Todo a su alrededor era gigante y sobre todo muy peligroso, por eso era importante que aprendieran esta lección. Para que se den una idea el cuerpo de los bebes a esa edad es no más de diez o doce centímetros de longitud. Hay estar atentos a los riesgos de la vida en el pantano  decía papá caimán.

Mientras los papas se iban turnando en la vigilancia de sus pequeños, ellos jugaban en el barro, tomaban sol, se divertían todos juntos como hacen los demás chicos de otras especies.

 

Los días pasaban, las semanas pasaban y hasta los meses iban pasando. Camila y el resto de sus hermanos pasaban de la niñez a la adolescencia y en el pantano seguían hablando a sus espaldas. La decisión de Camila, de elegirse una forma de vida, un nombre que hasta ese momento no se estilaba entre los chicos de su especie, era una rareza. Para los demás, claro. A pesar de las burlas y los chismes, Camila era feliz con su decisión. Muy feliz. Para ella no era una rareza, y eso bastaba.

Incluso sus hermanos le hacían la vida insoportable. Ya no querían jugar, ni cazar, ni tomar más sol con su hermana, porque ellos también eran víctimas de las burlas de los otros animales del lugar.

Y entonces, la pobre Camila Caimán, empezó a sentirse cada vez más solita y desdichada. A ella, lo que opinara el resto de los bichos del lugar no le importaba, pero la opinión de su propia familia le dolía demasiado. Y así fue que un día tomó la decisión de marcharse de aquel lugar y tratar de hacer una vida acorde a lo que había soñado. A lo que había elegido. Lejos de las opiniones prejuiciosas de los demás, lejos del dolor de no ser aceptada.

Y así Camila que era muy coqueta, y muy fuerte,  tomó su bolsito, sus flores y sus  adornos y se lanzó río abajo, pensando encontrar un futuro diferente, sin miradas acusadoras, ni murmuraciones ignorantes o crueles.

Nadó y nado y llegó al pantano siguiente. En ese nuevo pantano estaba lleno  también de muchos caimanes machos, pero estos eran muy diferentes a sus hermanos y vecinos anteriores. Eran mucho más grandes.

Fue aceptada inmediatamente por los lugareños porque en su territorio no había hembras para continuar la descendencia. De lo que estos caimanes no se habían dado cuenta, era de la condición de Camila. Además ella, en una reunión con sus nuevos vecinos se dio cuenta de los oscuros planes que estos tenían: querían invadir el territorio de que ella acababa de abandonar. El hogar de sus hermanos, padres y abuelos.

En medio de la reunión, se oyó un grito: ¡No!

Era Camila, enfurecida con lo que estaba escuchando. Intentó calmarlos explicándoles lo que le había enseñado su madre, un tiempo atrás:

-          No pueden hacer eso.  Hay leyes en la naturaleza que debemos respetar para vivir en paz. Una de esas leyes dice que cada uno es libre de elegir quién ser o cómo. Pero también hay reglas, como no invadir ni hacer guerras sin sentidos entre seres de la misma especie.

Los otros caimanes la miraban con recelo. Camila volvió a gritar:

-          Me opongo a seguirlos en este plan ridículo y cruel.

Los demás caimanes, al prestarle atención se dieron cuenta de que la forastera no era una hembra sino una transgénero del pantano contiguo y dieron la orden de comerla para impedirle que volviera a su hogar y les contara a sus parientes el malvado plan que tenían.

 

Y Camila, que era una flecha en el agua salió despavorida, nadando rio arriba con las malas noticias. Detrás de ella, un ejército de caimanes hambrientos y con ánimos de conquistarlo todo a su paso, iban velozmente surcando las aguas.

Nado. Nado y nado con todas sus fuerzas para alertar a sus antiguos vecinos y sobre todo para intentar poner a salvo de la amenaza a sus papis y hermanos.

Cuando Camila llegó a su antiguo hogar, los lugareños se encontraban realizando sus actividades diarias, distraídos. Les llamó la atención la fuerza con que Camila se dirigió a ellos.

-          ¡Oigan! ¡No tengo buenas noticias! ¡Un grupo de caimanes de río abajo, mucho más grandes que nosotros, quiere invadir este pantano!  Corremos peligro porque no se detendrán por ningún motivo.

Camila tomó aire a orillas del río y continuó hablando:

-          Yo me fui,  porque ustedes murmuraban a mis espaldas, me maltrataron y eso me hizo sentirme herida, pero me pareció injusto que estos caimanes quieran destruir y apoderarse de nuestro ecosistema. También tuve mucho miedo por mis papis y hermanos. Por eso es que volví y les pido que me escuchen y crean en mí.

Se hizo un gran silencio y fue el cocodrilo más anciano de la manada quien habló:

-          Creo que la jovencita tiene razón. Si dice que corremos peligro, tenemos que decidir urgente qué vamos a hacer: huir o quedarnos a defender nuestro querido pantano.

Otro caimán del grupo exclamó

-          ¿Y si está mintiendo? Quizás sea una trampa. No sé, puede estar enojada porque se sintió discriminada y ahora quiere una revancha.

Fue entonces, que Papá Caimán, rompió el silencio.

-          Mi hija nunca nos mintió, nosotros la educamos con el valor que tiene la verdad. Es una buena caimán, yo le creo. Tenemos que escucharla, y no seguir perdiendo el tiempo en discusiones sin sentidos ¡Si seguimos así, llegaran los forasteros y nos comerán a todos!

-          ¿Qué propones Camila? – dijo el anciano mayor.

Camila sin perder tiempo les propuso lo siguiente:

- Los caimanes más rápidos síganme a mí para poder rodearlos y los que no se puedan mover rápido, como los caimanes bebes y ancianos, quédense en los alrededores, quietos, confundiéndose con el follaje del lugar. Acuérdense de lo que aprendimos de mimetismo. Tienen que ser como piedras, para que no los descubran.

Los más ancianos comenzaron a camuflarse, algunos eligieron simular ser troncos, y colocaron caracoles en sus lomos, mientras otros se ponían flores, como alguna vez le habían visto hacer a Camila. La idea era quedarse quietitos sin llamar demasiado la atención.

El resto de los caimanes, aquellos que podían nadar rápido, empezaron a subir  río arriba para poder hablarle al consejo mayor del Iberá y contarles lo que estaba pasando. Camila los acompañó para relatarles lo que ella había escuchado con sus propios oídos.

Cuando llegaron al lugar, y mientras Camila hablaba ante las autoridades del pantano,  sus compañeros de viaje asentían con sus cabezas cada cosa que ella decía.

Fue así como el consejo mayor dio la orden de movilizar todas las fuerzas intentando frenar la ambición de los caimanes más fuertes que querían quedarse con esos territorios.

Los caimanes que se habían quedado en el lugar camuflados rezaban para que Camila y los otros cumplieran con su objetivo.

Al llegar al pantano de Camila, los caimanes invasores no encontraron a nadie. Era solo una gran mancha de barro vacía.

-          GRRRRR GRRRR – rugió el invasor-  ¿Dónde están esos cobardes?

Y de repente, entre la hojarasca, apareció Camila con su flor en la cabeza. Esta vez no estaba sola e indefensa. Detrás de ella estaba todo el ejército del Iberá a su favor.

-          ¡Basta Caimanes! – exclamó el comandante mayor -  ¿Qué es esta loca guerra por más poder y territorio? Si no se marchan ya a su lugar de origen vamos a tener que defendernos. Y somos más.

Ante la orden del Comandante Mayor, los invasores tuvieron que irse con la cola entre las patas, pero antes juraron que jamás tratarían de invadir otro territorio, ni de imponer su voluntad sobre otros clanes del lugar.

En cuanto a Camila,  fue declarada como la guardiana del pantano, nunca más se la discrimino ni se volvió a hablar de ella, a sus espaldas. Desde ese momento, los otro caimanes lo hacían de frente y para relatar a otros, la valentía de esa pequeña pero decidida caimán.

En su honor y conmemorando que el pantano era por fin libre de invasores, todos decidieron hacer una gran fiesta de disfraces. En esa fiesta todos agradecían a Camila Caimán sus consejos y su valentía. Gracias a que pudieron superar sus prejuicios y aceptar la decisión de Camila, ellos eran libres y felices en aquel pantano de  Mesopotamia Argentina.

Última actualización el Domingo, 13 de Noviembre de 2011 14:23