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Espejo 21

LOS CINCO SEXOS REVISITADO

Escribe: Anne Fausto-Sterling

Traduce: Rafael Freda

Anne Fausto-Sterling es profesora de biología y estudios de la Mujer de la Universidad Brown. Partes de este artículo fueron adaptadas de su libro reciente Sexuando el Cuerpo (Sexing the Body, 2000).
Reproducido por permiso de la autora.

El naciente reconocimiento que las personas se presentan en variedades sexuales asombrosas está poniendo a prueba los valores médicos y las normas sociales.

Cuando Cheryl Chase avanzó hacia el frente del repleto salón de reuniones del Hotel Sheraton de Boston, las toses nerviosas hicieron audible la tensión. Chase, una activista de los derechos intersexuales, había sido invitada a hablar ante el congreso de mayo del 2000 de la Sociedad Pediátrica Endocrinológica Lawson Wilkins (SPEDLW), que es la organización de especialistas en hormonas de la niñez más grande de los Estados Unidos. Su discurso iba a ser el gran final de un simposio de cuatro horas sobre el tratamiento de la ambigüedad genital en los recién nacidos, niños nacidos con una mezcla de anatomía de hembra y de macho, o con genitales que parecen diferir de su sexo cromosómico. Para los médicos reunidos este tema no podía de ningún modo ser una novedad.

Sin embargo, el hecho de que Cheryl se presentase ante este grupo era notable. Tres años y medio antes, la Academia Pediátrica Norteamericana se había negado a concederle su petición de tener la posibilidad de presentar el punto de vista del paciente en el tratamiento de la ambigüedad genital, y había desechado a Cheryl y a sus partidarios tachándolos de “fanáticos”. Alrededor de dos docenas de personas intersexuales habían respondido armando una manifestación. La Sociedad de Intersexos de Norteamérica (Intersex Society of North America, ISNA) hasta llegó a emitir un comunicado de prensa: “Los hermafroditas les apuntan a los médicos de niños”.

La manifestación había hecho feliz a mi corazón de activista callejera de la década del 60. En ese momento le dije a Chase que montar manifestaciones enojaría a esta gente. Pero le aseguré que en algún momento las puertas cerradas se abrirían. Ahora que Chase iba a hablar ante los médicos en su propia convención, esa profecía se estaba cumpliendo. Su charla, titulada “Ambigüedad sexual: el abordaje centrado en el paciente”, era una medida crítica de la práctica casi universal de aplicar cirugía “correctiva” inmediata a miles de niños nacidos cada año con genitales ambiguos. La misma Chase vive con las consecuencias de una cirugía de este tipo. Sin embargo su audiencia, los mismos endocrinólogos y cirujanos a los que Chase estaba acusando de reaccionar con “cirugía y vergüenza”, la recibieron con respeto. Y, lo que fue incluso más notable, muchos de los oradores que la precedieron en la sesión hablarón de la necesidad de borrar las prácticas corrientes y favorecer en cambio tratamientos más centrados en la consejería sicológica.

¿Qué camino condujo a un tan teatral cambio de opinión? Ciertamente, la charla de Chase en el simposio de la Sociedad Lawson Wilkins era una vindicación de su persistencia en buscar atención para su causa. Pero su invitación para hablar era también una divisoria de aguas en la discusión que estaba desenvolviéndose sobre cómo tratar a los niños con genitales ambiguos. Y esa discusión, a su vez, es la punta de un iceberg cultural, el iceberg del género, que continúa haciendo oscilar en gran modo a la medicina y la cultura.

Chase hizo su primera aparición nacional en 1993, en estas mismas páginas [de la Revista The Sciences], anunciando la formación de la ISNA en una carta que respondía a un ensayo que yo había escrito para The Sciences, titulado “Los Cinco Sexos” (marzo/abril 1993). En ese artículo yo argumentaba que el sistema de dos sexos incorporado profundamente en nuestra sociedad no es adecuado para cubrir el espectro total de la sexualidad humana. En su lugar, sugería un sistema de cinco sexos. Además de los machos y las hembras, incluí los “hermafros” (así bauticé a los hermafroditas verdaderos, que son personas nacidas con un testículo y un ovario), los “machermafros” (que son los seudohermafroditas machos, que nacen con testículos y algún aspecto de genitales de hembra), y las “hembrermafros” (los seudohermafroditas hembras, que tienen ovarios combinados con algún aspecto de genitales de macho ).

Provocar había sido mi intención, pero también había escrito con fuerte tono de broma. Así que me sorprendí por la dimensión de la controversia que el artículo desató. Los cristianos de la derecha se sintieron insultados, y relacionaron mi artículo con la Cuarta Conferencia de la Mujer patrocinada por Naciones Unidas, que debía celebrarse en Beijing en setiembre de 1995. Al mismo tiempo, el artículo encantó a otros que se sentían oprimidos por la estrechez del sistema corriente de sexo y género.

Resultaba claro que yo había dado en un nervio. El hecho de que tanta gente se sintiese irritada por mi propuesta de renovar nuestro sistema de sexo y género sugería que podría estar avecinándose un cambio… y la resistencia a él. A decir verdad, desde 1993 ha habido muchísimos cambios, y me gusta pensar que mi artículo fue un estímulo importante para ello. Como si vinieran de la nada, los intersexuales están materializándose ante nuestros mismos ojos. Como Chase, muchos se han vuelto organizadores políticos, que hacen lobby sobre médicos y políticos para cambiar nuestras actuales prácticas de tratamiento. Pero más en general, aunque de un modo quizás no menos provocativo, las fronteras que separan lo masculino y lo femenino parecen más difíciles de definir que nunca.

Algunos consideran que estos cambios en curso son profundamente perturbadores. Otros consideran que son liberadores.

¿Quién es un intersexual, y cuántos intersexuales existen? El concepto de intersexualidad está enraizado en las ideas mismas de macho y hembra. En el mundo biológico idealizado y platónico, los seres humanos están divididos en dos clases: una especie perfectamente dimórfica. Los machos tienen un cromosoma X y un cromosoma Y, testículos, un pene y todas las cañerías internas necesarias para verter orina y semen en el mundo exterior. También tienen características sexuales secundarias bien conocidas, incluyendo una contextura musculosa y pelo facial. Las mujeres tienen dos cromosomas X, ovarios, todas las cañe-rías necesarias para transportar orina y óvulos al mundo exterior, y un sistema para sostener la preñez y el desarrollo fetal, así como una variedad de características sexuales secundarias reconocibles.

Esta narración idealizada pasa por encima de varios llamados de alerta: algunas mujeres tienen pelo facial, algunos hombres carecen de él; algunas mujeres hablan con voces profundas, algunos hombres hablan en verdad con voz de pito. Menos conocido es el hecho de que, al inspeccionar de cerca, el dimorfismo absoluto se desintegra incluso en el nivel de la biología básica. Los cromosomas, las hormonas, las estructuras sexuales internas, las gónadas y los genitales externos: todos tienen más variaciones que lo que la gente supone. Los que nacieron fuera del molde dimórfico platónico son los que llamamos intersexuales.

En “Los Cinco Sexos” informé sobre la estimación de un sicólogo experto en el tratamiento de intersexuales, que sugería que alrededor del 4% de todos los nacidos vivos son intersexuales. Después, junto con un grupo de estudiantes avanzados de la Universidad de Brown, me dediqué a conducir la primera valoración sistemática de los datos disponibles sobre las tasas de nacimientos intersexuales. Revisamos la literatura médica buscando estimaciones de la frecuencia de varias categorías de intersexualidad, desde cromosomas adicionales a gónadas mezcladas, hormonas y genitales. Para algunas condiciones solamente pudimos encontrar pruebas anecdóticas; sin embargo, para la mayoría existen números. Basándonos en esa evidencia, calculamos que por cada mil niños nacidos hay diecisiete que presentan alguna forma de intersexualidad. Este número, el 1,7%, es una estimación aproximativa, no una cuenta precisa; pero creemos que es más exacto que el 4% que yo había informado.

Nuestra cifra representa todas las excepciones cromosómicas, antómicas y hormonales al ideal dimórfico; el número de intersexuales que podrían, potencialmente, ser sujetos a cirugía cuando niños es más pequeño: probablemente entre uno en mil y uno en dos mil nacidos vivos. Más todavía: como algunas poblaciones tienen los genes relevantes en una frecuencia alta, la tasa de nacimientos intersexuales no es uniforme en todo el mundo.

Consideremos, por ejemplo, el gene de la hiperplasia adrenal congénita (HAC). Cuando el gen HAC es heredado de ambos padres, da origen a un bené con genitales externos masculinizados, que posee dos cromosomas X y los órganos reproductivos internos de una mujer potencialmente fértil. La frecuencia de este gen varía ampliamente a lo largo del mundo; en Nueva Zelandia aparece en solamente cuarenta y tres niños por millón; entre los esquimales Yupik de Alaska sudoccidental, su frecuencia es de 3.500 por millón.

La intersexualidad ha sido siempre, hasta cierto punto, un tema de definición. Y en el siglo XIX los médicos fueron los que definían si un niño era intersexual… y proveían el remedio. Cuando solamente los cromosomas son inhabituales, pero los genitales externos y las gónadas indican claramente o bien un macho o una hembra, los médicos no proponen la intervención. En realidad, no resulta claro qué tipo de intervención podría proponerse en esos casos. Pero la historia es muy diferente cuando los niños nacen con genitales mezclados, o con genitales externos que parecen en contradicción con las gónadas del bebé.

La mayoría de las clínicas que ahora se especializan en tratamiento de bebés intersexuales se apoyan en principios de manejo de casos desarrollados en la década del cincuenta por el sicólogo John Money y por los siquiatras Joan G. Hampson y John L. Hampson, todos de la Universidad Johns Hopkins de Baltimore, en Maryland. Money creía que la identidad de género es completamente maleable por unos dieciocho meses después del nacimiento. Argumentaba que, por lo tanto, cuando un equipo de tratamiento se enfrenta con un bebé que tiene genitales ambiguos, el equipo podía hacer una asignación de género apoyándose únicamente en lo que era quirúrgicamente más sensato. Los médicos podían entonces simplemente alentar a los padres a criar al hijo o hija de acuerdo con el género asignado quirúrgicamente. La mayoría de los médicos mantenían que siguiendo este rumbo se eliminaría el padecimiento sicológico tanto para el paciente como para los padres. A decir verdad, los equipos de tratamiento no tenían que usar nunca palabras tales como intersexo o hermafrodita; en cambio, debían decirles a los padres que la naturaleza había tenido la intención de que el bebé fuera el niño o la niña que los médicos habían determinado que era. A través de la cirugía, los médicos meramente estaban completando lo que había sido intención de la naturaleza.

Aunque Money y los Hampson publicaron detallados estudios de caso de niños intersexuales que, afirmaban, se habían ajustado bien a sus asignaciones de género, Money pensó que un caso en particular probaba su teoría. Era un ejemplo espectacular, sobre todo porque no implicaba ninguna intersexualidad: uno de una pareja de gemelos idénticos perdió su pene como resultado de un accidente durante la circuncisión. Money recomendó que “John” (como se lo conoció más tarde en un estudio de caso) fuera transformado quirúrgicamente en “Joan” y que se lo criara como una niña. A su tiempo, Joan desarrolló el gusto de ponerse vestidos y hacerse arreglar el cabello. Money orgullosamente proclamó que la reasignación de sexo había sido un éxito.

Pero como fue recientemente consignado por John Colapinto en su libro “Tal como lo hizo Naturaleza”, Joan, que según se sabe ahora es un varón adulto cuyo nombre es David Reimer, eventualmente rechazó su asignación como mujer. Incluso sin un pene funcional y sin testículos (que habían sido extirpados como parte de la reasignación) Joan/John se procuró medicación masculinizante y se casó con una mujer con hijos, a los que adoptó.

Desde que el verdadero final de la historia de John/Joan salió a la luz, han aparecido otros individuos que fueron reasignados como varones o mujeres después de su nacimiento pero que posteriormente rechazaron su asignación anterior. También han aparecido casos en los que la reasignación había funcionado, al menos hasta alrededor de los veinticinco años del sujeto. Pero incluso entonces las consecuencias de la cirugía pueden ser problemáticas. La cirugía genital a menudo deja cicatrices que reducen la sensibilidad sexual. La misma Chase sufrió una clítoridectomía completa, que es una intervención que hoy en día se hace en los intersexuales con menor frecuencia. Pero las nuevas cirugías, que reducen el tamaño del tronco clitorídeo, todavía reducen grandemente la sensibilidad.

La revelación de casos de reasignación fracasada y la aparición del activismo intersexual ha conducido a un número creciente de endocrinólogos, urólogos y sicólogos pediátricos a revisar si es sabio efectuar cirugía genital temprana. Por ejemplo, en una charla que precedió a la de Chase en el encuentro de la Sociedad Lawson Wilkins, Lawrence B. McCullough, experto en ética médica del Centro de Ética Médica y Políticas de Salud de la Universidad de Medicina Baylor, de Houston, Texas, presentó un marco de referencia ético para el tratamiento de niños con genitales ambiguos. MacCullough argumenta que como el genotipo sexual (que es la manifestación de características sexuales determinadas genética y embriológicamente) y la presentación genérica (que es el rol sexual proyectado por el individuo en sociedad) son ambos altamente variables, deberían definirse como normales las diversas formas de intersexualidad. Todas ellas caen dentro de la variabilidad de sexo y género que es esperable estadísticamente. Más todavía: argumenta que aunque ciertos estados de enfermedad pueden acompañar algunas formas de intersexualidad, y pueden requerir intervención médica, las condiciones intersexuales en sí mismas no son enfermedades.

McCullough también sostiene que en el proceso de asignar el género los médicos deben minimizar lo que él llama “asignaciones irreversibles”: dar pasos, tales como la extirpación o modificación quirúrgica de gónadas y genitales, que algún día podría desearse revertir. Finalmente, McCullough exhorta a los médicos a abandonar sus prácticas de tratar el nacimiento de un niño con genitales ambiguos como si fuera una emergencia médica o social. En lugar de ello, deberían tomarse tiempo para llevar a cabo un exhaustivo reconocimiento médico y deberían confiar todo a los padres, incluyendo las incertidumbres que rodean el resultado final. En otras palabras, el mantra del tratamiento debería ser terapia, no cirugía.

Creo que un nuevo protocolo de tratamiento para niños intersexuales, similar a éste diseñado por McCullough, está próximo a estar disponible. El tratamiento debe combinar algunos principios básicos médicos y éticos con un enfoque práctico pero menos drástico del nacimiento de un niño con sexo mezclado. Como primer paso, la cirugía en el niño debe practicarse solamente para salvar la vida del bebé o para mejorar sustancialmente el bienestar físico del niño. Los médicos pueden asignar un sexo (varón o mujer, en el sentido de hembra o macho) a un niño intersexual tomando como base la probabilidad de que la condición particular del niño conduzca a la formación de una particular identidad de género. Sin embargo, al mismo tiempo, quienes practiquen la asignación deben ser suficientemente humildes para reconocer que a medida que el niño o niña crezca, puede rechazar la asignación: y esos profesionales deben ser suficientemente prudentes para escuchar lo que el niño o niña tienen que decir. Lo más importante es que los padres deben tener acceso a la totalidad de la gama de información y de opciones disponibles ante ellos.

Las asignaciones sexuales hechas poco después del nacimiento son solamente el comienzo de un largo camino. Consideremos, por ejemplo, la vida de Max Beck: nacido como intersexual, Max fue quirúrgicamente asignado como mujer, en el sentido de “hembra”, y criado como mujer. Si su equipo médico la hubiera seguido durante los primeros años de su época de veinteañera, hubieran supuesto que la asignación había sido un éxito, porque la hubieran encontrado casada con un hombre. (Debe notarse que el éxito de la asignación de género tradicionalmente ha sido definido como vivir en calidad de heterosexual dentro del género asignado). A los pocos años, sin embargo, Beck se había transformado en varón y se había casado con su pareja lesbiana, la que (a través de los milagros de la moderna tecnología reproductiva) dio hace poco a luz a una niña.

Los transexuales, que son personas que tienen un género emocional en discordia con su sexo físico, en un tiempo se describían a sí mismos en términos de absolutos dimórficos: hombres atrapados en cuerpos de mujer, o viceversa. Como tales, buscaban alivio sicológico a través de la cirugía. Aunque muchos todavía lo siguen haciendo, algunas personas a las que hoy en día se llama transgéneros se muestran conformes en habitar una zona más ambigua. Un transexual de varón a mujer (Male to Female Transexual, MTF) puede terminar siendo una lesbiana. Jane, nacida como hombre fisiológico, está ahora en los últimos años de sus treinta y vive con su esposa, con quien se casó cuando su nombre era todavía John. Jane toma hormonas para feminizarse, pero todavía no han interferido con su capacidad de tener relaciones sexuales como hombre. En su mente Jane tiene una relación lésbica con su esposa, aunque considera que sus momentos íntimos son una cruza entre sexo heterosexual y sexo lésbico.

Podría parecer natural considerar a los intersexuales y a las personas transgéneros como que son gente que vive a medio camino entre los polos de varón y mujer (en el sentido anatómico de macho y hembra). Pero macho y hembra, femenino y masculino, no pueden ser sajadas como si fueran algún tipo de continuo. Más bien, sexo y género pueden ser conceptualizados del mejor modo viéndolos como puntos en un espacio multidimensional. Por algún tiempo, los expertos en desarrollo de género han distinguido entre sexo en el nivel genético y en el nivel celular (expresión de genes específicos del sexo, los cromosomas X y Y); en el nivel hormonal (en el feto, durante la infancia y después de la pubertad); y en el nivel anatómico (genitales y características sexuales secundarias). Presumiblemente, la identidad de género emerge de todos estos aspectos corpóreos a través de una interacción, todavía bastante mal comprendida, entre el medio y la experiencia. Lo que se ha ido volviendo más y más claro es que se pueden encontrar niveles de masculinidad y femineidad en casi cualquier permutación posible. Un varón (o una mujer) en lo cromosómico, hormonal y genital puede emerger con una identidad de género de varón (o de mujer). O una mujer cromosómica con hormonas fetales de varón y genitales masculinizados, pero con hormonas de pubertad de mujer, puede desarrollar una identidad de género de mujer.

Las comunidades médica y científica todavía tienen pendiente el adoptar un lenguaje capaz de describir una tal diversidad. En su libro “Hermafroditas y la Invención Médica del Sexo”, la historiadora y experta en ética médica Alice Domurat Dreger, de la Universidad Estatal de Michigan de East Lansing, documenta la emergencia de los sistemas médicos actuales para clasificar la ambigüedad de género. El uso actual se muestra enraizado en el enfoque victoriano del sexo. La estructura lógica de términos comúnmente usados como “verdadero hermafrodita”, “seudohermafrodita macho (o varón)” y “seudohermafrodita hembra (o mujer)” indica que solamente quien recibe el nombre de “verdadero hermafrodita” es una mezcla genuina de macho y hembra, varón y mujer. Los otros, sin importar hasta qué punto sus partes corporales causen confusión, son en realidad machos y hembras ocultos. Como los hermafroditas verdaderos son escasos (posiblemente solamente uno de cada cien mil), este sistema de clasificación da base a la idea de que los seres humanos son una especie absolutamente dimórfica.

En los albores del siglo XXI, cuando la variabilidad del género parece tan visible, una posición como ésta es difícil de mantener. Y aquí, también, el viejo consenso médico ha comenzado a desmoronarse. El pasado otoño (i.e., setiembre a diciembre 1999), el urólogo pediátrico Ian A. Aaronson, de la Universidad Médica de Carolina del Sur, de Charleston, organizó la Fuerza de Tareas Norteamericana en Intersexualidad (North American Task Force on Intersexuality, NATFI) para inventariar las respuestas clínicas a la ambigüedad genital en los infantes. Asociaciones médicas clave, tales como la Academia Norteamericana de Pediatria, han dado su respaldo a la NATFI. Especialistas en cirugía, endocrinología, sicología, ética, siquiatría, genética y salud pública, así como grupos de defensoría de pacientes intersexuales, se han unido a sus filas.

Una de las metas de la Fuerza de Tareas Norteamericana en Intersexualidad, NATFI, es establecer una nueva nomenclatura sexual. Una propuesta que está siendo considerada es reemplazar el sistema actual con terminología emocionalmente neutra que enfatice los procesos de desarrollo más que las categorías de género preconcebidas. Por ejemplo, los intersexos del Tipo 1 se desarrollan como consecuencia de influencias virilizadoras anómalas; los del Tipo 2 son resultado de alguna interrupción de la virilización; y en los intersexos del Tipo 3 las gónadas mismas pueden no haberse desarrollado de la manera esperada.

Lo que resulta claro es que desde 1993, la sociedad moderna ha avanzado más allá de los cinco sexos hasta reconocer que la variación de género es normal, y, para algunas personas, un escenario donde explorar juguetonamente. Cuando discurre sobre mi propuesta de los “cinco sexos” en su libro “Lecciones aprendidas de los intersexuales”, la sicóloga Suzanne J. Kessler, de la Universidad del Estado de Nueva Cork, de Parchase, hace comprensible este punto con gran claridad:

“La limitación de la propuesta de Fausto-Sterling es que… todavía sigue dándole a los genitales… un estatus de significación primario y pasa por alto el hecho de que en el mundo cotidiano las atribuciones de género se hacen sin acceso a la inspección genital… Lo que tiene primacía en la vida cotidiana es el género que se ejecuta, sin tomar en consideración la carne que hay debajo de las ropas”.

Actualmente concuerdo con la aseveración de Kessler. Sería mejor para los intersexuales y para quienes los apoyan tratar de apartar de los genitales la atención de todos. Kessler sugiere que en lugar de ello se debería reconocer que la gente viene en un surtido de identidades sexuales y características que lo que se puede distinguir por los meros genitales. Como lo expresa Kessler, algunas mujeres pueden tener “grandes clítoris o labias fusionadas”, en tanto que algunos hombres pueden tener “penes pequeños o escrotos malformados, fenotipos que no tienen significado particular en lo clínico ni en la identidad”.

Por más claro e inteligente que sea el programa de Kessler, y a pesar del progreso hecho durante la década de los noventa, nuestra sociedad está todavía lejos de ese ideal. La persona intersexual o transgénero que proyecta un género social (que es lo que Kessler llama “genitales culturales”) que esté en conflicto con sus genitales físicos puede todavía sufrir la muerte por esa transgresión. De aquí proviene la necesidad de que, durante la actual transición hacia un mundo más diversificado en género, exista protección legal para las personas cuyos genitales culturales y físicos no son concordantes. Un paso fácil sería eliminar la categoría de “género” de los documentos oficiales, tales como las licencias de conductor y los pasaportes. Seguramente hay atributos que serían más expeditivos y eficaces, tales como algunos más visibles (como la altura, la contextura y el color de ojos) y otros menos visibles (impresiones digitales y perfiles genéticos).

Una agenda de muchos más alcances se presenta en la Declaración Internacional de Derechos de Género, adoptada en 1995 en Houston durante la cuarta Conferencia Anual Internacional en Derecho Transgénero y Políticas de Empleo. Se hace una lista de diez “derechos de género”, incluyendo el derecho de definir el propio género, el derecho de cambiar el propio género físico si uno así lo desea, y el derecho de casarse con cualquiera que se desee. Las bases legales para estos derechos están siendo forjadas en las cortes al mismo tiempo que estoy escribiendo este artículo y también, en los últimos tiempos, a través del establecimiento en el estado de Vermont de parteneriatos domésticos legales del mismo sexo.

Ninguno podía haber previsto estos cambios en 1993. Y me da placer la idea de que jugué algún papel, por pequeño que sea, en reducir la presión (desde la comunidad médica así como de la sociedad en su conjunto) que se ejerce para achatar la diversidad de los sexos humanos y hacerla entrar en dos campos diametralmente opuestos.

A veces la gente me sugiere, y no con poco horror, que estoy argumentando a favor de un mundo en tonos pasteles donde la androginia reina y hombres y mujeres son aburridamente lo mismo. En mi visión, sin embargo, los colores fuertes coexisten con los pasteles. Hay y continuarán existiendo personas altamente masculinas en el mundo; simplemente el hecho es que algunas de esas personas son mujeres. Y algunas de las personas más femeninas que conozco da la casualidad de que son hombres.

Nota del Traductor

Este artículo apareció en la revista The Sciences en su edición de julio/agosto del 2000. He tratado de ser consistente y traducir por “macho/hembra” las palabras inglesas male y female, cuando se refieren al sexo corporal, y las reemplazo por “varón” y “mujer” cuando resulta inevitable. “Femenino” y “masculino” las he reservado en todo lo posible a los aspectos del género, aunque no pude hacerlo en las expresiones “feminización” y “masculinización”, que se refieren a aspectos corporales. (Me parece lógico preferir “virilización” a “masculinización” en estos casos, pero la propia Fausto-Sterling no es consistente en esto). Para otros aspectos lingüísticos me remito al artículo “Los Cinco Sexos” de 1993, que traduje y publicamos en el número anterior de esta revista.