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Espejo 23

Un alegato por la libertad sexual (1º parte)

Escribe: Andrew Sullivan

Publicado el 26 de marzo del 2003 en:
The New Republic.
copyright © 2003, Andrew Sullivan.
Reproducido con permiso de su autor.

En septiembre de 1998, dos hombres cuyos nombres eran John Lawrence y Tyron Garner estaban teniendo relaciones sexuales en su hogar de Houston, Texas. Sin advertencia, la policía irrumpió en el hogar de Lawrence y encontró a ambos implicados en lo que la ley tejana llama “sodomía”. La policía había sido llamada por un vecino que se había quejado de que en la casa de Lawrence había supuestamente un hombre que estaba “volviéndose loco”. Lawrence y Garner fueron arrestados, permanecieron detenidos 24 horas y posteriormente se les aplicó una multa de 200 dólares, después que decidieron no disputar la acusación de desviación sexual. Posteriormente el vecino fue condenado por hacer una falsa denuncia policial. Lawrence y Garner entonces pidieron a la Corte de Apelaciones de Texas y a la Corte de Apelaciones en lo Criminal de Texas que se declarara inconstitucional la condena que se les había aplicado, alegando que violaba su derecho a la privacidad y a la igualdad de protección por las leyes. Ninguna de las dos Cortes les dio la razón. El pasado mes de diciembre (de 2002) la Corte Suprema de los Estados Unidos decidió considerar el caso. Los alegatos orales deberán pronunciarse el 26 de marzo. La mayoría de los observadores predicen que la Corte abolirá la ley, pero hay desacuerdo sobre con qué fundamentos la Corte tomará su decisión, y sobre qué alcances tendrá.

Los argumentos legales y constitucionales sobre este caso son complicados y fascinantes. Pero de algún modo son temas secundarios. La pregunta más obvia referente al caso “Lawrence vs Texas” está relacionada con un asunto más fundamental que el derecho constitucional. Y es una pregunta simple: en realidad, ¿qué tiene de malo la sodomía? ¿Por qué es inmoral? ¿Y por qué en consecuencia es todavía ilegal en trece estados de los Estados Unidos y en muchos países del mundo?

Estas son preguntas básicas que nuestra cultura viene evitando debatir. Por un largo tiempo, la inmoralidad de la sodomía era considerada algo tan evidente por sí mismo que el asunto no merecía ni siquiera ser examinado. Y últimamente, en el reciente mundo tolerante de las últimas dos décadas, el tema simplemente desapareció. Para quienes desaprueban el sexo homosexual, o cualquier sexo no procreativo entre heterosexuales, el tema era tan desagradable que se lo pasaba por alto en silencio. Como las leyes casi nunca habían sido utilizadas contra los heterosexuales, no existía la sensación de que era urgente abolirlas. Al mis-mo tiempo, los defensores de los derechos homosexuales tendían también a evitar el tema. La homosexualidad, argumentaban estos defensores, no tenía que ver con la sodomía como tal. Tenía que ver con el amor y la amistad y las relaciones y la familia.

Se pueden advertir los beneficios de elegir este punto de vista como estrategia. Reducir el amor, la amistad, la pasión y el compañerismo, que son los elementos críticos de la mayoría de las relaciones homosexuales, a un simple acto físico, es un reduccionismo extremo. No se habla nunca del casamiento heterosexual primordialmente en términos de relaciones sexuales vaginales, ni siquiera meramente en términos de necesidades sexuales. Esto sería hacer traición a la profundidad y la variedad de la relación heterosexual. Sin embargo, sigue siendo un hecho y nada más que un hecho que una gran parte de la oposición a la igualdad homosexual (especialmente entre los varones heterosexuales) proviene de una asociación visceral de las relaciones de varones homosexuales con la sodomía. Y a decir verdad, desde los comienzos de nuestro malestar cultural hacia la homosexualidad, casi la totalidad del legado de estigmatización ha sido enfocado en un elemento solamente: el ilícito, vil e inmencionable “crimen contra la naturaleza” que las leyes han designado desde hace mucho como la definición de la homosexualidad en sí misma. De algún modo, entonces, hay que dar la bienvenida a que nos centremos de nuevo en la sodomía. Esto nos ofrece la oportunidad no solamente de enfrentarnos con la cues-tión de la verdadera naturaleza de la homosexualidad, sino también con la verdadera naturaleza de los que quieren retener e incluso intensificar su estigmatización. Y nos provee la ocasión de defender no simplemente por la negativa el derecho a la sodomía consensual y privada, sino ade-más de defender por la positiva su moralidad.

I

La moralidad de la sodomía, por supuesto, es inseparable de su etimología. Es un raro ejemplo de una práctica sexual realmente conectada con una localidad. Y no cualquier localidad. En el libro del Génesis, Sodoma es una ciudad única e incomparable por haber sido condenada por Dios por sus extravíos. Sus pecados merecen destrucción total. ¿Pero cuáles son esos pecados? Ahí: el texto no lo especifica. La mayoría de los eruditos modernos creen que el pecado original de Sodoma era su negativa a dar alojamiento a los viajeros. Otros creen que podría ser el pecado de violación. Por otra parte, el libro de Ezequiel explica que Sodoma y “sus hijas tenían orgullo, sobreabundancia de pan, riqueza y tiempo para el descanso, pero no extendían su mano a los pobres. Se irguieron y cometieron abominaciones ante mi”. Incluso en el Nuevo Testamento, Sodoma es condenada en razón de su conexión con la impureza y el adulterio. Cuando el Levítico condena a los hombres que se acuestan con hombres, no se hace referencia a Sodoma.

¿Entonces cómo llegó a efectuarse la fé-rrea conexión entre el sexo entre varones y la destrucción de Sodoma? El libro del teólogo de Notre Dame, Mark Jordan, llamado “La Invención de la Sodomía en la Teología Cristiana” es la última y más profunda exploración de este tema. Jordan arguye que desde los comienzos las fuentes que no pertenecen a las Escrituras asociaron definidamente a Sodoma con una variedad de pecados: el orgullo, la desobediencia, la falta de hospitalidad y la licencia sexual. Fue San Agustín el primero que dio un paso más hacia el sentido actual, ligando el lugar a “stupra in masculos” (cosas reprobables en varones) y “flagitia contra naturam” (violaciones contra la naturaleza). Pero incluso en San Agustín los pecados sexuales de Sodoma no estaban exclusivamente relacionados con la práctica sexual entre personas del mismo sexo. Tenían relación con la licenciosidad sexual, el abandono, y lo que llegó a conocerse en terminología latina como “lujuria”, que es el pecado del exceso mundano, que incorpora la gula, la ebriedad y la autoindulgencia general. Esta interpreta-ción no suplantó en los primeros siglos de la Iglesia a las viejas ideas de falta de hospitalidad y dureza de ánimo entre los habitantes de Sodoma. Simplemente agregaba nuevas capas de iniquidad. Y en su mayor parte las referencias a Sodoma no se hacían primordialmente para determinar la naturaleza de los pecados, todavía opacos, de la ciudad, sino para que los creyentes no olvidaran a la furia divina que la había destruido, y que podría destruirlos a ellos.

Vale la pena remarcar aquí, entonces que desde el inicio de todo la sodomía y la homosexualidad fueron dos cosas categóricamente separadas. La definición correcta de sodomía, entonces y ahora, es simplemente práctica sexual no procreativa, sea practicada por heterosexuales o por homosexuales. Incluye el sexo oral, la masturbación, la masturbación mutual, la práctica sexual con anticoncepción y el sexo anal: cualquier tipo de práctica sexual en la que el semen no pueda encontrar el camino a un útero fértil. De hecho, como los teólogos medievales que presentaron esta idea no tenían noción de la homosexualidad como condición, simplemente no podía haber un sinónimo de lo que hoy entendemos como homosexualidad. E incluso con nuestra comprensión contemporánea de la orientación homosexual, no existe distinción obvia entre la orientación sexual y cualquier expresión particular de esa orientación. Para dar un ejemplo personal, recuerdo que cuando era niño tenía fantasías sobre hombres, pero no tenía noción de ningún acto sexual concreto. Simplemente me sentía poderosamente atraído (por mis hormonas, emociones y necesidades) a hombres y muchachos, y no a mujeres y muchachas. Cuando me sorprendía a mí mismo intentando imaginar cómo podían manifestarse estos sentimientos, simplemente imaginaba contacto corporal: abrazarse, tocarse, acostarse juntos. La práctica sexual estaba todavía fuera del alcance de mi mente prepuber. Con seguridad ya era gay: pero con la misma seguridad, el concepto mismo de sodomía me era ajeno.

Así que quizás no es sorprendente que la investigación de Jordan no descubra la existencia de los sustantivos “sodomía” y “sodomita” hasta el siglo XI. La polémica primera y más influyente que se entabló contra ella fue el “Libro de Gomorra” del monje eremita Pedro Damián, cuya preocupación mayor era que la sodomía era un vicio clerical, y que su ubicuidad entre los sacerdotes amenazaba la integridad de la Iglesia. Dada la expansiva definición de sodomía que se daba en el período, que abarcaba desde un solo acto de masturbación hasta el sexo anal repetido, no es sorprendente que Damián creyera que era prevaleciente. Damián no hace ninguna distinción moral entre las diferentes actividades sexuales no procreativas, y cree que el sexo no procreativo entre dos individuos es peor que el bestialismo, porque corrompe dos alma, en tanto que sodomizar un animal solamente corrompe una.

Pero lo que es fascinante en Damián es su lucha para comprender la naturaleza del sodomita. No tenía la comprensión de lo que la Iglesia hoy describe como una faceta “innata” de la calidad de persona humana. Y por esto se topa una y otra vez contra la aparente inerradicabilidad del vicio: algo único en la naturaleza humana. Después de todo, todos los pecados son redimibles a los ojos de Dios. Pero este pecado parece inmune al cambio. Por eso Damián casi no pone énfasis en redimir sodomitas, y la mayor parte de su energía la aplica en hacer una purga de ellos. Aquí es donde entra la analogía con Sodoma, y es por esto que Damián parece tan decidido en conectar este vicio con la antigua ciudad. Como los sodomitas parecen ser consumidos por sus deseos, y parecen incapaces o preternaturalmente faltos de deseo de cambiar, la única respuesta posible para ellos es la condenación. A decir verdad, Pedro Damián está en favor de la pena de muerte para esta conducta, siguiendo la línea del Levítico. La lógica parece ser que ya que estas personas no pueden cambiar, deben ser destruidas. Su “desorden objetivo” interno, para usar el término actual de la Iglesia para la homosexualidad, es comparable a ser poseído por demonios. En realidad, es peor, porque estos demonios no pueden ser expulsados. Así que el sodomita debe ser destruido igual que fue destruida Sodoma: y la destrucción es una reafirmación vital del orden divino.

Esta conexión pronto se volvió una parte aceptada de la doctrina cristiana en relación con la sodomía. Y las consecuencias no pudieron ser más desoladoras. En las palabras de Jordan, “la exhortación central de Pedro Damián al sodomita es de hecho, y muy claramente, la exhortación a una persona para que dé un paso adelante ofreciéndose para la ejecución”. Como los judíos, cuya persistencia puso en duda las pretensiones universales de la cristiandad, los sodomitas igualmente, en su terca resistencia a cambiar, parecían ser un reproche viviente a las demandas universales de la creación.

Así que gradualmente lo que de otro modo podría haber parecido una perturbadora subcategoría en los pecados de exceso sexual, una variación del tema más amplio de la “luxuria”, se infló hasta ser un pecado tan grande y tan horroroso que ni siquiera se podía hablar de él. Para darse una idea de qué fuera de proporción llegó a ser la enormidad de la sodomía, Mark Jordan echó mano de los diversos manuales confesionales de la Edad Media más temprana. Estos manuales eran libros diseñados para guiar a los confesores al escuchar a los penitentes. Un texto popular, escrito por Pablo de Hungría, daba instrucciones sobre cómo juzgar y absolver cada uno de los pecados conocidos por el hombre, desde el orgullo y la pereza a la envidia. Pero la subcategoría de sodomía (que figuraba bajo la rúbrica de “luxuria”) equivalía al 40% de todo el texto! Ocupaba más espacio que la ira, la pereza, la envidia, el orgullo y la gula combinados.

La raíz de todo esto es la idea medieval de que “cuando alguien vierte el semen fuera del lugar especificado para ello”, eso es una rebelión contra Dios. Algo de esta noción surgió de las ideas médicas que decían que el esperma en sí mismo contenía todos los ingredientes necesarios para la vida humana. La unificación del esperma con los embriones, que volvía a la masturbación indistinguible del aborto, se hacía también, por supuesto, basándose en la idea de que las mujeres eran solamente machos defectuosos, cuyos cuerpos no contribuían dándole nada a la nueva vida, excepto un refugio seguro y temporario. El sexismo inherente en la sodomía también se expresa en otros muchos lugares. En muchos textos medievales, la definición incluía el sexo procreativo en el que la mujer está arriba del hombre, violando la supremacía “natural” de los hombres.

Santo Tomás de Aquino, el más influyente de los teólogos cristianos medievales, y que sigue siendo la base de la teología católica de la “ley natural”, hizo que la depravación de la sodomía fuera todavía más allá: “Después del pecado de homicidio por el cual se destruye a una naturaleza humana ya en existencia, este tipo de pecado parece ser el que toma el lugar siguiente, porque por él la generación de la naturaleza humana queda excluida”. ¡Solamente el asesinato supera a la sodomía! Esto venía en parte de la creencia de que el esperma era embriónico, pero también de que “en los pecados contra la naturaleza, en los que se viola el orden mismo de la naturaleza, se hace una injuria a Dios mismo, que fue el ordenador de la naturaleza”. En tanto que Aristóteles consideraba a los actos eróticos entre hombres como pecados del natural desorden humano, concebido como opuesto a las prácticas subhumanas del canibalismo o el bestialismo, Santo Tomás hacía confluir todos estos pecados en una sola cosa.

Éstos, entonces, fueron solamente algunos de los orígenes profundos del trato que la sociedad occidental da a la sodomía. Y, aunque se ha demostrado que muchos de estos argumentos estaban basados en mala ciencia (como lo es igualar el esperma con los embriones) otros han perdurado. Algo de esto no es sorprendente. El argumento de que la sodomía es antinatural, por ejemplo, tiene peso intuitivo. Después de todo, si el sexo es funcional o idealmente para la procreación, el sexo sin posibilidades de procreación siempre va a ser teológicamente problemático. Pero la intensidad de la hostilidad hacia él, el modo en que se lo destaca y elige como blanco de intensa hostilidad, el modo en que inclusive mencionarlo es considerado algo peligroso, y el hecho de que parece estar en gran medida más allá de la capacidad de perdón de Dios, todas estas cosas no pueden ser explicadas tan fácilmente. La idea de que el 40% de un tratado confesional cristiano debe estar dedicado a un tema que Jesús no menciona ni siquiera una vez en los Evangelios es ciertamente algo que debe causar extrañeza en el lector objetivo. Lo mismo decimos de la comparación del sexo no procreativo con el asesinato. Parte de esto puede venir de la simple falta de comprensión heterosexual ante la idea de la atracción entre personas del mismo sexo. Parte quizás de una particular preocupación de sacerdotes y monjes sobre la popularidad de la sodomía entre sus propias filas. Parte también de algún tipo de aversión visceral de los varones heterosexuales hacia la sodomía entre personas del mismo sexo. Parte finalmente de una teología que consideraba que las mujeres eran criaturas subhumanas, que no creían que la sexualidad femenina fuera ni siquiera tan válida como la sexualidad del varón y nunca ni siquiera consideraron la posibilidad del lesbianismo. Pero sean cuales sean las razones, se echaron los cimientos para que el mundo moderno recurriera al derecho penal para respaldar su aversión teológica, recurso que está teniendo reverberaciones hasta el día de hoy.

II

En 1533, la sodomía pasó a ser un crimen formal por primera vez en Inglaterra, cuando Enrique VIII incorporó en el derecho laico lo que previamente había sido exclusivamente propio de la legalidad eclesiástica. Las colonias norteamericanas tempranas absorbieron este precedente legal en diversos grados. Por ejemplo, Massachusetts promulgó una ley contra que el hombre “durmiese con el hombre” en fecha tan temprana como 1641. En la mayoría de las colonias tempranas, el castigo habitual era la pena de muerte, aunque esto no parece haber ocurrido muy a menudo. De hecho, desde el comienzo hubo una gran discrepancia entre la retórica que había detrás de estas leyes y la voluntad de llevarlas a la práctica, lo que quizás sea una indicación hasta qué extremos había llegado la fobia, y qué poco relacionada con la realidad estaba. Las leyes permanecieron virtualmente sin cambios hasta la primera parte del siglo XIX, cuando se las expandió en casi todos los casos para incluir al sexo oral. La mayoría no reconocieron exclusión marital para su cumplimiento; y en la mayoría de los casos, el derecho de privacidad no podía oponerse a la culpabilidad legal. Al llegar a mediados del siglo XX; todas las legislaciones estatales de sodomía agregaron el cunnilingus a lo que comprendían como “crímenes contra la naturaleza”. Oregón y Maryland se sintieron capaces de declarar fuera de la ley a la masturbación mutua, colocándola bajo la misma rúbrica de “prácticas pervertidas”. Unos pocos estados incluso experimentaron con la esterilización forzada de los sodomitas o su reclusión en instituciones.

Pero a medida que las actitudes hacia la sexualidad se liberalizaron gradualmente, también lo hizo la legitimidad de las leyes de sodomía, y su aplicación. Al llegar 1971, cuatro años después de que Gran Bretaña con gran difusión legalizara la sodomía consensual privada, solamente tres estados en los Estados Unidos habían abolido estas leyes. Pero tres décadas después, solamente trece estados, Puerto Rico y el ejército las retenían.

Pero esta liberalización no fue de ningún modo un avance continuo. El mayor frenazo de la realidad se produjo en 1986 con el ahora famoso caso Bowers vs Hardwick. Una pareja homosexual había sido arrestada en una casa privada por sodomía consensual; y muchos observadores predijeron que la Corte sentenciaría que esos arrestos habían sido inconstitucionales. Después de todo, la Corte Suprema había sentenciado previamente en Griswold vs Connecticut que las parejas casadas tenían el derecho de usar métodos anticonceptivos, es decir, a practicar el sexo no procreativo (también conocido como “sodomía”), en su propia casa. También habían reconocido el derecho a la privacidad en la elección de la mujer que quería hacerse un aborto. Pero cuando se llegó a tocar el derecho al sexo homosexual no procrea-tivo en privado, la Corte trazó una línea de diferenciación. La sentencia del juez Burger, en concordancia con esta decisión, expresó el razona-miento que daba sustento a la sentencia general:

”Las decisiones de los individuos en relación con la conducta homosexual han estado sujetas a la intervención del estado a todo lo largo de la historia de la civilización occidental. La condena de estas practicas está firmemente enraizada en la moral y las normas éticas judeocristianas. La sodomía fue un crimen merecedor de la pena capital bajo el derecho romano...” [El erudito ingles en derecho del siglo XVIII, Sir William] Blackstone describió el “infame crimen contra naturaleza” como un delito de “malignidad más profunda” que la violación, como un acto odioso, “cuya mera mención es una desgracia para la naturaleza humana” y “un crimen no apto para ser nombrado”... “Sostener que el acto de sodomía homosexual de algún modo está protegido como derecho fundamental significaría dejar de lado milenios de enseñanza moral.”

Burger desechó toda idea de que la orientación homosexual pudiese ser parte de la naturaleza humana, y de hecho consideró que era absurda toda comparación con la conducta heterosexual privada. “¿Acaso quienes tienen una “orientación” hacia la violación deben ser dejados libres simplemente porque alegan que el acto de violación es “irresistible” para ellos?, escribió Burger en una carta al Juez Powell durante las deliberaciones del caso Hardwick. “¿Debemos exculpar a cualquier Jack el Destripador?” (La correspondencia de Burger fue desenterrada y publicada por Joyce Murdoch y Deb Price en su libro indispensable, “Cortejando a la Justicia: Gays y Lesbianas vs. la Corte Suprema”) El Juez White, que escribió la decisión general, consideró que toda la idea de que existiera un derecho homosexual a la privacidad era “bromista”. Trató el caso no como un asunto de sodomía en tanto tal, sino de homosexualidad, y se negó a explicitar si la sodomía heterosexual también quedaba sin protección bajo la ley de Georgia. Cuando el profesor Laurence Tribe habló sobre la santidad del hogar de una persona que veía su hogar invadido por los policías que estaban controlando la existencia de actividad homosexual, el juez Lewis Powell se sintió ofendido:

"Debo decir que cuando el profesor Tribe se refiere a la ‘santidad del hogar’ encuentro repulsivo su argumento”, declaró Powell ante su dictáfono mientras el caso iba avanzando. “Hogar es una de las palabras más hermosas del lenguaje inglés. Generalmente connota familia, marido y mujer, y niños, aunque por supuesto, personas solteras, viudos y viudas y otros también tienen hogares genuinos”.

¿Pero los tenían los homosexuales? Esto era inconcebible para Powell. Ésta era la herencia de las leyes de sodomía, y la cultura y la idea de la naturaleza humana que estas leyes representaban. El hecho de que la ley de Georgia rara vez, si que es que ocurrió alguna vez, fuera aplicada contra los heterosexuales no levantó ninguna señal de alarma en la mente de la mayoría de la Corte. De ser un pecado que se aplicaba a todos los seres humanos, la sodomía se había lentamente metamorfoseado en la mente popular hasta llegar a ser un sinónimo para indicar un grupo despreciado de seres.

Pero a medida que las actitudes cambiaban, varios estados comprendieron que las leyes que prohibían la sodomía como tal podrían ser tema de quejas pidiendo por igual protección si fueran exclusivamente puestas en práctica sobre homosexuales. O también los preocupó tener que ejercer poder de policía sobre las vidas sexuales de las grandes mayorías de sus propios ciudadanos heterosexuales. Por eso, comenzando por Kansas en 1969, algunos estados enmendaron sus leyes de sodomía para que se aplicaran exclusivamente a homosexuales. Estaban haciendo explícito lo que se había vuelto algo implícito en la idea misma de las leyes de sodomía: que en realidad no trataban de ejercer poder de policía sobre la sodomía, sino sobre los homosexuales. Quizás el ejemplo más espectacular de esto se dio en Texas. Texas incluso volvió a las doctrinas del teólogo medieval Pedro Damián al decretar que el sexo homosexual era peor que el bestialismo. En 1973, Texas legalizó la sodomía heterosexual anal y oral junto con el bestialismo, pero simultáneamente concibió una nueva ley penal dirigida solamente a los gays. Esta ley fue específicamente defendida durante mucho tiempo, hasta la década del noventa, por el entonces gobernador George W. Bush. Otros tres estados tienen también estas leyes discriminatorias. Su constitucionalidad será el tema de la decisión de esta primavera en la Corte Suprema.

La segunda parte continua en el proximo número...