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Comentarios Sobre el Batallón Sagrado de Tebas Imprimir E-mail
Espejo 23

 

“El amor no vence a la muerte:
es una apuesta contra el tiempo y sus accidentes”.(1)

Escribe: Carlos Rymar

I.- Introducción histórica.(2)

Luego de tomar en 404 A.C. la Ciudad de Atenas tras las guerras del Peloponeso, los espartanos (quienes recibían apoyo militar y económico de los persas) se apoderaron de Tebas en 382 A.C. Cientos de tebanos se exiliaron en Atenas; Pelópidas, uno de ellos, encabezó una conjura para asesinar a los oligarcas espartanos que habían tomado el gobierno de la ciudad de Tebas y de esta manera, liberarla.

En 379 A.C. el secretario de los oligarcas (cómplice de los siete conjurados) invitó a dos de los cuatro tiranos a un festín, prometiéndoles que algunas de las más hermosas mujeres de Tebas alegrarían la reunión. Cuando los invitados estuvieron lo suficientemente ebrios, entraron las mujeres prometidas (que eran, en realidad, Pelópidas y sus compañeros disfrazados) y tomaron asiento junto a los tres hombres. A una señal convenida, levantaron sus velos, sacaron sus puñales ocultos entre sus vestidos y asesinaron a los dos oligarcas. Más tarde, los conjurados mataron a los otros dos y atacaron con el auxilio de sus conciudadanos la fortaleza erigida por los espartanos en su ciudad.

Pelópidas y sus seis compañeros fueron elegidos jefes de la ciudad por el pueblo reunido en asamblea y en tal carácter emprendieron el rearme tebano para resistir futuros ataques espartanos: Epaminondas (quien estaba íntimamente unido a Pelópidas) fue puesto al frente del ejército más poderoso de la historia tebana. El núcleo de dicho ejército estaba formado por una formación militar de elite: el Batallón sagrado de Tebas.

II.- El Batallón sagrado.

“(...) si por cualquier circunstancia, un Estado o un ejercito pudiera estar compuesto sólo de amantes y de amados, no habría pueblo que llevase más alto el horror al vicio y la emulación de la virtud”.(3)

Estaba formado por trescientos hoplitas(4) escogidos entre los jóvenes más distinguidos de la ciudad, quienes habían tenido ya la oportunidad de demostrar su valor. Sus miembros combatían siempre en parejas de amantes entre los que existía un sentimiento romántico, como aquel que unió a Aquiles con Patroclo.

En el campo de batalla las parejas de guerreros que formaban el batallón peleaban espalda a espalda, de manera tal que si en algún momento bajaban la guardia su amado corría peligro de ser muerto herido por detrás. De esta manera, los soldados se veían obligados a seguir luchando a pesar del cansancio o el miedo: en última instancia, les importaba menos su vida que proteger a la persona amada.

La ventajas militares que se obtenían eran dos: en primer lugar, los soldados peleaban protegiendo mutuamente sus espaldas y evitaban así ser heridos por detrás; en segundo lugar, implicaba una coacción moral del soldado que lo obligaba a luchar y le impedía huir al ser colocado como responsable de la protección de la vida de quien amaba.

El batallón de soldados recibió el nombre de “sagrado” probablemente por el hecho de que las parejas de amantes que lo componían, debían realizar un juramento por el cual se obligaban, ante las divinidades, a vencer junto a su pareja o a morir junto a ella. No existía otra posibilidad. Tal juramento implicaba un compromiso de fidelidad y protección mutua durante el combate, y el deber de no separarse nunca durante el mismo. Este juramento se realizaba ante la tumba de Iolao, soldado tebano por quien Hércules sintió una gran pasión(5).

III.- De la cohesión entre los miembros del batallón.

“Los hombres, así unidos, aunque en pequeño número, podrían en cierto modovencer al mundo entero (...) porque no hay hombre tan cobarde a quien el amor no inflame de valor y lo haga semejante a un héroe”.(6)

No era extraño que en la antigüedad las formaciones guerreras (batallones, falanges, etc.) estuvieran formadas por personas pertenecientes a una misma familia o a una misma tribu. El agrupar guerreros que tuvieran un vínculo social previo (familiar, amistoso o tribal) tenía como fin aumentar la cohesión interna del grupo para lograr la protección mutua entre los miembros o evitar el desbande o la huída, aprovechando el deber moral de no abandonar a los conocidos.

Pelópidas, quien encabezó la conjura conocida como la de ‘los siete contra Tebas’ (ver punto I), estaba unido sentimentalmente a Epaminondas quien fue puesto al frente del ejército tebano rearmado luego de la expulsión de los espartanos. Si bien no está claro quién de los dos fue el encargado de formar el batallón, lo cierto es que ambos habían conocido y experimentado el enamoramiento hacia un par. Por lo demás, era conocida en Tebas la leyenda por la cual Hércules había sentido una gran pasión por Iolao, soldado tebano ante cuya tumba los integrantes del Batallón sagrado se juraban fidelidad(7). No es de extrañar que quienes hayan sido responsables por el rearme de la Ciudad de Tebas hayan tenido en cuenta la práctica de formar batallones con personas entre las cuales exista un vínculo social previo; pero muy probablemente, hayan querido dar al Batallón sagrado una cohesión mucho mayor que la que podían dar los lazos de parentesco o de amistad.

Fue Platón en “El banquete o del Amor” (escrita sorprendentemente dos años antes de la formación del Batallón sagrado, es decir hacia el 380 A.C.) quien primero reflexionó acerca de la conveniencia de la formación de un estado o de un ejército formado por parejas de amantes. Fue así como escribió: “(…) si por cualquier circunstancia, un Estado o un ejército pudieran estar compuestos sólo de amantes y de amados, no habría pueblo que llevase más alto el horror al vicio y la emulación de la virtud. Los hombres, así unidos, aunque en pequeño número, podrían en cierto modo vencer al mundo entero”.(8)

Según éste, “nada como el amor puede inspirar al hombre lo necesario para llevar una vida honesta: quiero decir el horror al mal y la emulación del bien”(9). La cohesión de la pareja de guerreros basada en el amor, entonces, generaba:

  • En primer lugar, el temor a la vergüenza de ser sorprendido por el amante realizando un acto deshonroso. Según Platón, la vergüenza sufrida era mayor si quien sorprendía al guerrero haciendo o sufriendo una injuria era su amante o su amado, que si era un familiar: “si un hombre que ama comete una mala acción o sufre un ultraje sin rechazarlo, no habrá padre, ni pariente ni nadie en el mundo ante quien este hombre sienta tanta vergüenza de presentarse ante el ser a quien ama”(10). Este temor a ser sorprendido por el amante o el amado realizando o sufriendo un acto innoble, impulsaba al guerrero a observar una conducta recta, cuando no heroica.
  • En segundo lugar, el deseo de proteger –aún a costa de su propia vida- la integridad de la persona a quien ama: el amante “preferiría morir mil veces, sobre todo, antes de dejar en peligro a su bien amado y abandonarlo sin socorrerlo”(11). Este deseo a su vez, no le permite abandonar sus filas o arrojar sus armas.
  • Por último, esta cohesión basada en el amor generaba valor ante los peligros que generaba la batalla: “no hay hombre tan cobarde a quien el amor no inflame de valor y haga semejante a un héroe”. La presencia del ser amado, el peligro que este corría en la batalla, y la necesidad de protección que éste tenía generaban en el amante un valor producido por el hecho de saber que el ser amado dependía sólo de él.

IV.- El amor y la muerte.

“es el amor (...) la única medicina contra la muete”. (12)

Amén de tratarse de un lazo mucho más estrecho que el afecto familiar o amistoso, el amor entre los soldados superaba las ventajas de cualquier otro tipo de vínculo pues además de unirlos, los ennoblecía.

Es en este sentido que el amor impedía que los amantes hicieran o sufrieran cosas innobles, ante el temor de verse avergonzados ante sus amados. El amante entonces, trataba de superarse a sí mismo y de mejorarse para merecer el amor y el respeto de su amado, alejándose del vicio y de las acciones viles. De la misma manera, era el amor el impulso divino que hacía que los soldados fueran más valientes: el peligro de la propia vida era algo mucho menos importante que el peligro de la vida del ser querido, por la cual debían luchar.

Tenemos pues dos ideas centrales: la primera, según la cual el amor mejora a las personas y la segunda, por la que se afirma que la propia vida propia vale menos que el amor de la persona amada(13).

Más allá de las virtudes que el amor provocaba en los guerreros, era la misma situación de peligro y muerte la que a su vez aumentaba el amor entre ellos. El amor, es en cierta forma, conciencia de la finitud del ser amado: lo amamos porque sabemos que está sujeto al paso del tiempo, al envejecimiento y a la muerte. Amamos porque nos sabemos mortales: entre inmortales, el amor no tendría sentido pues la certeza de que todos existirán por siempre mata toda compasión y toda incertidumbre acerca del futuro.

Amor es, en cierta forma, deseo de la persona amada. Es deseo de presente como también lo es de futuro: deseamos hoy y ahora estar con quienes amamos pero también proyectamos ese deseo hacia el porvenir, de manera que hoy deseamos estar mañana y siempre junto al ser amado. En este sentido, el amor es deseo de eternidad, pues busca transgredir las barreras del tiempo y de la materia para proyectar la unión con el ser amado en la eternidad, lugar donde confluyen el presente, el pasado y el futuro.

Sin embargo, este deseo de eternidad se enfrenta con la finitud del ser humano: sabemos que (muy a pesar de nuestro deseo de inmortalizar nuestro amor) vamos a morir; pero lo más terrible es que sabemos que quien amamos va a morir. Sabemos que, aunque fervorosamente deseemos que nuestro amor sea ajeno al tiempo, nuestro amado está sujeto a sus designios y por ello al envejecimiento y a la muerte. Y por eso nos desesperamos, lo compadecemos y lo amamos “porque amar es compadecer, y si a los cuerpos los une el goce, úneles a las almas la pena”.(14)

Los muchachos del Batallón Sagrado estaban expuestos al peligro y a la muerte, pero a la vez estaban acompañados por el ser amado a quien compadecían y de quien recibían compasión: “el amor, cualquier amor, está hecho de tiempo y ningún amante puede evitar la gran calamidad: la persona amada está sujeta a las afrentas de la edad, la enfermedad y la muerte (…) Todos los amores son desdichados porque todos están hechos de tiempo, todos son el nudo frágil de dos criaturas temporales y que saben que van a morir(15). El amor entre ellos nace como respuesta, como lucha desesperada ante la probabilidad de la muerte. Y, aunque la muerte resulta inevitable, tal sublevación no es en vano: “en todos los amores, aun en los más trágicos, hay un instante de dicha que no es exagerado llamar sobrehumana: es una victoria contra el tiempo, un vislumbrar el otro lado, ese allá que es un aquí, en donde nada cambia y todo lo que es realmente es”.(16)

Así, los soldados del Batallón sagrado, al entrar en combate, eran conscientes de que el amor que sentían y querían inmortalizar corría peligro pues el ser amado podía ser muerto en el combate. Esta incertidumbre y la desesperación que producía la representación mental de la muerte del ser amado, hacía crecer el amor en el amante. De esta manera aumentaba su valentía y su deseo de merecer el respeto de su amado.

V.- El fin.

“Sólo entre los amantes se sebe morir uno por el otro”.(17)

Tebas vivió un corto período de hegemonía sobre la Hélade, que comenzó con su liberación del dominio espartano y su rearme militar; el cual dio lugar a la formación del Batallón sagrado. Las batallas más importantes en las que éste intervino fueron la batalla de Leuctra en el año 371 A.C., -en la que Tebas resistió exitosamente un intento de reconquista por parte de los espartanos- y la batalla de Mantinea del año 362 A.C. - en la que Tebas atacó a Esparta y en la que el Batallón sagrado logró herir de muerte al general en jefe espartano (lo que provocó posteriormente el desbande de sus tropas)(18)-.

El Batallón sagrado encontró su fin en la batalla de Queronea, del año 338 A.C., en la cual el estado tebano y el ateniense unieron sus fuerzas para frenar el avance de Filipo de Macedonia (padre -y antecesor en el gobierno macedónico- de Alejandro Magno). Dicha alianza no pudo doblegar las fuerzas macedónicas, que aunque más rústicas y menos entrenadas, contaban con muchísimos más combatientes.

En dicha batalla el Batallón sagrado fue rodeado por el ala del ejército macedónico que comandaba Alejandro Magno (el ala comandada por Filipo de Macedonia atacó a los atenienses). En la lucha, el Batallón sagrado perdió hasta el último hombre.(19)

Se dice que Filipo, terminada la batalla, contemplando la matanza de la que fue víctima el Batallón sagrado, exclamó llorando: “¡Que muera todo aquel que piense que entre estos hombres existió algo vil o deshonroso!”. Probablemente esta reacción sea más comprensible si se tiene en cuenta que Filipo de Macedonia perteneció en su juventud al Batallón sagrado de Tebas, ciudad a la que fue llevado de rehén y donde conoció a Pelópidas y a Epanimondas.(20)

Más allá de esos dichos, lo cierto es que Filipo permitió que se les diera sepultura a los cuerpos sin vida del Batallón sagrado, en el lugar donde dicha formación militar se colocó para la lucha y donde cayeron vencidos. También les fue permitido a los tebanos levantar un monumento en honor al Batallón sagrado, cerca del lugar donde fueron enterrados sus soldados. Dicho monumento tenía la forma de un león, y recibió el nombre de “León de Queronea”. Fue descubierto en 1.818, fragmentado en varias piezas. Sin embargo, pudo ser reconstruido sobre una base de tres metros de altura.(21)

Destruido el Batallón sagrado de Tebas, custodio de la libertad de los tebanos, la ciudad que apenas treinta años antes había conocido la hegemonía sobre toda la hélade, fue arrasada por los mecedonios: sus edificaciones fueron quemadas y destruidas; todos los tebanos mayores de edad fueron muertos y las mujeres y los niños fueron vendidos como esclavos. Tebas, que en su época de esplendor supo formar el Batallón sagrado, desapareció de la tierra hacia el 335 A.C.; sólo tres años después de haber caído el Batallón de amantes en la Batalla de Queronea.(22)

VI.- Conclusión.

“Cuanto más murallas pongan el Destino y el mundo y su ley entre los amantes, con tanta más fuerza se sienten empujados el uno hacia el otro, y la dicha de quererse se les amarga y se les acrecienta el dolor de no poder quererse a las claras y libremente”.(23)

Nunca podremos saber si seremos capaces de inmortalizar nuestro amor. Por lo pronto, tenemos que enfrentarnos con la desoladora idea de que el fin, la muerte, es inevitable. Sabemos que el ser amado está sujeto a las leyes del tiempo y a los riesgos que la vida implica: lo asolan el peligro de la muerte, la enfermedad, el envejecimiento y los accidentes trágicos tal como un buitre lo hace con su presa.
Tal vez el amor sea el último y desesperado intento de franquear todas estas murallas que amenazan con impedir la continuidad eterna de nuestra unión con el ser amado; es una actitud beligerante ante lo inevitable que nos hace más humanos y que es hija de nuestra sed de eternidad.

Tengamos siempre presente que el juramento de fidelidad que los soldados del batallón prestaban ante la tumba de Iolao, puede ser interpretado como un juramento de vencer junto al ser amado a la muerte o de morir junto a él.

Dedicado a O.H.B.

Notas

1- Paz, Octavio; “La doble llama”; 1.993.
2-Basada en Grimberg, Carl y Ragnar Svanström (traducción de T. Riaño); “Historia universal”; Ediciones Daimon; Buenos Aires; 1.983; 1°; II tomo; págs. 266 a 269.
3- Platón; “Diálogos”; Iberia; Barcelona; 1947; capítulo IV: El banquete o del amor; pág. 108.
4- Hoplita es el soldado perteneciente al antiguo ejército griego de infantería pesada, que provenía por lo general de las clases más altas de la ciudad a que servía. Su arama más característica era el hoplón (escudo) que a diferencia de los escudos tradicionales no colgaba del cuello con una correa, sino que se llevaba en el antebrazo izquierdo, agarrado por una abrazadera central de bronce y una correa que servía de asa (definición obte-nida de www.lilliputmodel.com/articulos/pedroadolfo
/falange/falange2.htm).
5- Información obtenida de Rictor Norton (compilador), “A Problem in Greek Ethics,” The John Addington Symonds pages. Updated 24 November 2000 http://www.infopt.demon.co.uk/greek.htm y de www.andrejkoymasky.com/liv/fam/fams1.html#sacr.
6- Platón; “Diálogos”; Iberia; Barcelona; 1947; capítulo IV: El banquete o del amor; pág. 108 (continuación de la cita 3).
7- En este sentido, ver Rictor Norton (compilador), “A Problem in Greek Ethics,” The John Addington Symonds pages. Updated 24 November 2000 http://www.infopt.demon.co.uk/greek.htm.
8- Platón; “Diálogos”; Iberia; Barcelona; 1947; capítulo IV: El banquete o del amor; pág. 108.
9- Platón; “Diálogos”; Iberia; Barcelona; 1947; capítulo IV: El banquete o del amor; pág. 108.
10- Platón; “Diálogos”; Iberia; Barcelona; 1947; capítulo IV: El banquete o del amor; pág. 108.
11- Platón; “Diálogos”; Iberia; Barcelona; 1947; capítulo IV: El banquete o del amor; pág. 108.
12- Unamuno, Miguel de; “Del sentimiento trágico de la vida”; Losada; Buenos Aires; 1.964; 12°; pág. 120.
13- Ver, por ejemplo: Dolina, Alejandro; “Lo que me costó el amor de Laura”; Querencia, Buenos Aires, 1.998, págs. 84 a 86 (El enamorado y la Muerte)
14- Unamuno, Miguel de; “Del sentimiento trágico de la vida”; Losada; Buenos Aires; 1.964; 12°; pág. 123.
15- Paz, Octavio; “La doble llama”; 1.993.
16- Paz, Octavio; “La doble llama”; 1.993.
17- Platón; “Diálogos”; Iberia; Barcelona; 1947; capítulo IV: El banquete o del amor; pág. 108.
18- Grimberg, Carl y Ragnar Svanström (traducción de T. Riaño); “Historia universal”; Ediciones Daimon; Buenos Aires; 1.983; 1°; II tomo; pág. 270.
19- Grimberg, Carl y Ragnar Svanström (traducción de T. Riaño); “Historia universal”; Ediciones Daimon; Buenos Aires; 1.983; 1°; II tomo; pág. 288.
20- Grimberg, Carl y Ragnar Svanström (traducción de T. Riaño); “Historia universal”; Ediciones Daimon; Buenos Aires; 1.983; 1°; II tomo; pág. 284.
21- Información obtenida de www.andrejkoymasky.com /liv/fam/fams1.html#sacr.
22- Grimberg, Carl y Ragnar Svanström (traducción de T. Riaño); “Historia universal”; Ediciones Daimon; Buenos Aires; 1.983; 1°; II tomo; pág. 293.
23- Unamuno, Miguel de; “Del sentimiento trágico de la vida”; Losada; Buenos Aires; 1.964; 12°; pág. 123.