Testimonio de Irma Fischer, madre de un homosexual.

Éste es el testimonio enviado a la señora de "Carta a una madre", dado el 31 de agosto del 2007, en el Ciclo Familias y Diversidades, en Rosario, provincia de Santa Fe.

Irma Fischer, Co-fundadora de Padres, Familiares y Amigos de Lesbianas y Gays (PFALyG ). Único dispositivo tipo PFLAG en Argentina.

Yo ahora hablaré de lo que le sucedió a una familia supuestamente “normal”, papá, mamá, una hija y un hijo, todos heterosexuales. Mi familia. No hablaré de leyes ni de programas escolares.
Para mí siempre fue sobreentendido que nuestros hijos fueran heterosexuales. Nunca pensé en otra cosa, porque la homosexualidad era un tema que no tocaba a la propia familia, sólo a otras. En realidad era un tema no existente, salvo algún comentario o chiste. Hasta que de repente fui confrontada con el hecho de que mi propio hijo era homosexual.

Esto cambió completamente mi vida. De la familia tan normal que creíamos ser, de repente éramos una familia que no entraba en las normas de la sociedad. Porque no nos iban a aceptar.

Porque nuestro hijo iba a tener una vida muy difícil. Porque no iba a ser aceptado por la sociedad.
Pero primero yo misma, después del primer shock, tuve que llegar a entender y aceptar este tema. Mi marido nunca llegó a enterarse, porque había fallecido un año antes.

En general los padres, cuando se enteran de la orientación sexual distinta de algún hijo, quedan shockeados, no lo pueden creer. Recién en una segunda instancia, poco a poco se van dando cuenta de que es una realidad. Sienten que se les murió una ilusión, la ilusión de que el hijo sea como uno quiere. Luego lentamente se dan cuenta de que no hay nada que hacer -aunque algunos padres se inclinan hacia el “aquí no pasó nada” y no hablan más del tema, algo terrible para los hijos-. Los padres ven que el hijo es el mismo de siempre. Que lo único que cambió es la orientación sexual, este aspecto de su personalidad cambia pero la personalidad del hijo sigue siendo la misma. A lo último, si se acepta y entiende de cora-
zón al hijo, comienza la etapa de querer ayudar a otros padres para que puedan comprender a sus hijos y ver que siguen siendo los mismos hijos de siempre.

Este es el camino que yo transcurrí. Fue mi propio hijo que me ayudó y me conectó con un grupo de padres de la ciudad donde vivía, en Alemania. Yo en la Argentina busqué un grupo de padres. No lo encontré. Me sentía sumamente angustiada, con un secreto que no podía compartir con nadie, me sentía muy sola. Entonces de a poquito, el destino me fue llevando a las puertas necesarias que se me abrían. Hoy lo veo como una verdadera misión en mi vida.

Un día leí en un diario un aviso sobre un grupo de homosexuales, llamé y pregunté si existía un grupo de padres. Me contestaron que no había ninguno, pero que una mamá que conocían estaba buscando lo mismo. Me encontré con esa mamá. Entonces esa misma tarde en la confitería donde estábamos fundamos el grupo de padres. En ese momento le dimos el nombre de “Aceptar y Comprender”. Lo anotamos y firmamos en una servilleta, guardada como una reliquia!

Eso fue hace 11 años, mi compañera lamentablemente dejó el grupo y yo seguí sola. El primer año no pasó absolutamente nada, porque teníamos miedo de mostrarnos. Eso significaba que no podíamos hacer mucha propaganda de nuestro grupo, solamente distribuíamos unos panfletos en los lugares donde se reunían los homosexuales. Pero allí seguramente habían chicos que en sus casas todavía no le habían dicho a sus padres que eran homosexuales. De este modo tampoco les iban a pasar panfletos con la propaganda de  un grupo de padres.

Me dijeron que nuestro grupo no iba a funcionar si no salía en los medios. Un día me contactó una periodista de una revista de mujeres muy conocida pidiéndome mi testimonio. Yo le dije sí, ¡¿cómo no?! Contenta porque iba a salir en una revista. Después me pidió el nombre, Irma, le dije. No, no, me dice, nombre y apellido. Yo le dije que no, ¿cómo iba a dar nombre y apellido? La periodista dijo que la nota no podía salir sin el apelllido. Bueno, Irma Fischer. Después me dijo, ahora hacemos la foto. ¡Nooo, foto no! Bueno, al final, salí con nombre, apellido y foto.

Ese fue el principio de la vida de nuestro grupo. Comenzaron a llamar y a venir padres y madres que estaban en la misma situación. Con el pasar de los años el grupo fue creciendo cada vez más, asistiendo ahora a nuestras reuniones mensuales alrededor de 30 personas, no solo padres y familiares sino también los hijos. Desde entonces he salido en muchas revistas, diarios, programas radiales y televisivos. Tengo que decir que soy la única cara visible de nuestro grupo. Esto es así con los padres, lamentablemente. No quieren salir con su cara y su nombre, porque los hijos se lo piden. Porque los hijos tienen miedo de que pierdan el trabajo o tengan dificultades en la facultad u otros problemas. Cuando salimos en los medios me acompañan los otros padres dando sus testimonios con los nombres cambiados.

Yo al principio le pregunté a mi hijo que vive en Alemania, si él tenía algo en contra de que yo saliera en los medios abiertamente. Especialmente porque él venía de visita cada tanto. Y él no tenía nada en contra. Al contrario, estaba muy orgulloso de su mamá y desde que yo estoy haciendo esta tarea acá en la Argentina, él asiste regularmente a las reuniones del grupo de padres de Stuttgart, representando a los hijos homosexuales y contando a los padres cómo se sienten éstos. Porque los padres somos conscientes de lo que nos pasa a nosotros: ¡Pobrecitos nosotros que somos padres de un chico homosexual! ¡Qué nos hizo nuestro hijo! Después nos vamos enterando de lo que han sufrido nuestros hijos. Son años de sufrimiento, soledad, aislamiento. En algunos casos los padres no llegan a aceptarlos, y el hijo se aisla cada vez más. Hay casos de suicidios, porque ya no saben más qué hacer. Porque si no los aceptan los padres y la sociedad tampoco los acepta, ¿qué hacen estos chicos? Ellos a menudo ya se dan cuenta en la infancia, generalmente en la pubertad. Muchas veces no se animan a decir nada, los padres tal vez no se dan cuenta. Este es mi caso. Yo no me di cuenta. Yo me enteré cuando mi hijo tenía 24 años. Él había tenido una novia, que supuestamente iba a ser mi nuera. Y todo fue distinto después.

Es decir que es primordial que en primer lugar la familia los acepte. Y no solo que los acepte con resignación, sino que lo haga de corazón, que vea que realmente estos hijos son iguales a sus hermanos. Porque si uno tiene varios hijos, algunos heterosexuales y uno homosexual, todos fueron educados de la misma manera. Podría ser que uno trató de manera especial al hijo homosexual, porque si uno ve que un hijo es distinto a los demás, como mamá instintivamente lo protege más.

Tengo acá un pequeño párrafo muy interesante referente a la cantidad de homosexuales que existen en nuestro entorno.   
Teniendo en cuenta que, según los estudios de Kinsey, sexólogo, aproximadamente entre un 6 y 10 % de la población mundial es homosexual, nosotros aquí considerando una población de 30.000.000 en la Argentina, el 6 % corresponde a 1.800.000, provenientes de 3.600.000 padres, y como promedio pueden
tener unos 1.800.000 hermanos. Además están todos los demás familiares. Así podemos deducir que unas 9.000.000 personas están afectadas directamente, o tienen algún familiar homosexual.
Hablemos ahora de “las otras familias”, familias formadas por dos varones o dos mujeres, e incluso adoptando niños.
Yo puedo decir en mi caso: tengo una hija casada en Alemania, y tengo dos nietos. Todo normal, como se dice. Y después tengo un hijo, no está casado, pero está viviendo desde hace diez años con su compañero.
Para mi fue muy difícil, para todos es difícil al principio aceptar a las parejas. Uno llega a aceptar al hijo.
Pero después viene el próximo paso, que es el de aceptar al compañero. Esto en general cuesta mucho a todos los padres. Yo al principio cuando iba a visitarlo le decía: “si en tu casa vive un hombre yo me voy a un hotel”. Entonces me decía, “no, no vive nadie aquí”. Pero yo me daba cuenta que sí vivía alguien pero que se había ido.
Entonces la próxima vez cuando lo visité me dio pena este chico. Hacía un viaje terrible para irse a lo de sus padres, porque no podía ir a su casa. Entonces decidí decirle que se quedara en su casa. Primero nos encontramos en una plaza y me gustó tanto que cuando nos despedimos lo abracé. Y ahora él es parte de nuestra familia, es otra familia, distinta, pero es familia. Y siempre digo que entre los dos yernos que yo tengo, o nuero, o no sé como sería eso, no hay diferencia. Lo quiero muchísimo al compañero de mi
hijo. Los visito y es sobreentendido que yo conviva con ellos. Y problemas pueden haber en cualquier tipo de familias, tanto en las formadas por dos personas del mismo sexo como por dos personas de sexo distinto.

A mi hijo le va muy bien en el trabajo, no habla abiertamente de su condición sexual, pero tampoco hay necesidad. Él vive con su pareja abiertamente (se han comprado juntos un hermoso departamento). ¡Pienso que nosotros los heterosexuales tampoco nos presentamos en un trabajo nuevo diciendo que somos heterosexuales!

Así estamos hablando en este caso de otro tipo de familia, aceptado por sus familiares y amigos, su hermana, sus sobrinos. Uno de los sobrinos es el ahijado, y lo adoran. Nosotros, las madres y los padres de nuestro grupo, los familiares, todos deseamos que nuestros hijos sean felices. Cuando salimos de la primera reacción de shock y aprendemos a aceptarlos, siempre prevalece nuestro deseo de que sean felices, que nuestros hijos homosexuales sean iguales a los hijos heterosexuales, que tengan los mismos derechos, que tengan las mismas posibilidades.

Y ahí esperamos que las leyes nos ayuden. Que la educación sexual en los colegios nos ayude. Que la sociedad vaya siendo más abierta. Nosotros por nuestra parte estamos ayudando donde podemos: a los padres que todavía no han aceptado a sus hijos y a la sociedad para que deje de lado la homofobia.

Y creo que dando el ejemplo y siguiendo adelante, es lo mejor que podemos hacer.