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Espejo 19

Una argumentación conservadora a favor del casamiento gay

  • Escribe: ANDREW SULLIVAN
  • Traducción: R. FREDA

Publicado por primera vez el 28 de agosto de 1989 en New Republic. Reimpreso por permiso expreso del autor. El original inglés, bajo el título “Here Comes The Groom”, puede ser consultado en www.andrewsullivan.com

Este artículo delinea con claridad las bases ideológicas de la estrategia de emancipación gay llamada entre nosotros “unión civil del mismo sexo”. Es una innovación revolucionaria en los ámbitos social y cultural; pero Andrew Sullivan califica su argumentación de “conservadora”. Aparte de su razón política, esta adjetivación está impuesta por el ambiente de los Estados Unidos, donde la palabra “revolución” significa casi ineludiblemente “izquierda socialista”, donde el Anti- izquierdismo se ha hecho carne después de más de un siglo de batalla entre capitalismo y comunismo, y donde el movimiento gay quedó envuelto inextricablemente con la izquierda en los momentos decisivos de la Guerra Fría y la Brecha Generacional. (N. del T.)

El mes pasado en Nueva York, un tribunal sentenció que un miembro de pareja gay tenía derecho a permanecer en el departamento de su compañero muerto, sujeto al congelamiento de la ley de alquileres, porque el superviviente cumplía los requisitos para ser considerado miembro de la familia del muerto. La sentencia prestamente molestó a casi todo el mundo. Los conservadores vieron en ella activismo judicial en favor del congelamiento de alquileres para gays: tres razones para sentirse apesadumbrados. Los liberales progresistas (tales como la página editorial del New York Times), a la vez que respaldaron el reconocimiento de las relaciones gays, también se preocuparon por el abuso de los derechos de titularidad del departamento, ya estirados, que la sentencia amenazaba. Lo que ninguno de los dos bandos consideró era que los dos podían estar en lo correcto, y que el modo de encarar el tema de las relaciones no convencionales en la sociedad convencional es intentar algo que sea a la vez más revolucionario y más conservador que poner a los tribunales a ocuparse de decidir qué es y qué no es una familia. Esa alternativa es la legalización del casamiento gay civil.

La argumentación del congelamiento de alquileres en Nueva York de ningún modo va tan lejos, y esto es lo que constituye el problema. Las normas de congelamiento de alquileres meramente establecían que un miembro de la “familia” tiene el derecho de permanecer en el departamento. El juez sentenció que a todos los efectos y propósitos un compañero gay es parte de la familia de su pareja, en la medida en que una “familia” significa simplemente una vida social interconectada para ambos, compromiso emocional, y un cierto monto de interdependencia financiera.

Es un principio que para este momento está ya bien establecido en el país. Varias ciudades tienen leyes de “sociedad doméstica”, que permite que las relaciones que no cuadran en la categoría del casamiento heterosexual se registren ante la ciudad y queden así con derecho a recibir los beneficios que hasta el momento se habían reservado a las parejas casadas heterosexuales. San Francisco, Berkeley, Madison, y Los Angeles: todas ellas tienen legislación, como la políticamente correcta Washington, D.C., suburbio, Takoma Park. En estas ciudades, una variedad de arreglos interpersonales dan derecho a seguro de salud, licencia por fallecimiento, seguros, derechos de pensión y asignación anual, derechos de alojamiento (tales como departamentos de alquiler congelado), adopción y derechos de herencia. En algún momento, de acuerdo con los grupos de lobby gay, el objetivo es incluir también el impuesto federal a las ganancias y los beneficios para veteranos de guerra. Un caso reciente implicaba el derecho a usar, como miembro de la familia, los puntos acumulados como viajero frecuente en compañías de aviación. Los gays no son los únicos beneficiarios; los “juntados” ("live-togethers") heterosexuales también quedan abarcados.

Existe, por supuesto, una argumentación que dice que las ventajas legales actuales que se extienden a las personas casadas discriminan injustamente contra las personas que han dado forma a sus vidas con arreglos menos convencionales. Pero no se necesita ser un genio para ver que consagrar en la ley un principio vago como “sociedad doméstica” es una invitación para aspirar a derechos, con muy poco costo personal, en una vasta gama de titularía de derechos que de otro modo se mantienen severamente controlados.

Por supuesto, los miembros de una sociedad doméstica tienen que probar Interdependencia financiera, arreglos de convivencia, y un compromiso para la asistencia mutua. Pero no necesitan tener una relación sexual, ni tampoco reproducir de cerca las normas del casamiento al viejo estilo. En principio, una mujer mayor y su enfermera con cama adentro pueden cumplir los requisitos. Una pareja de solteros confirmados que se llamen así no por un eufemismo podrían ser socios domésticos. También podrían serlo dos estudiantes universitarios muy amigos, una pareja de seminaristas, o una pareja de amigos de fraternidad (frat buddies: compañeros de alojamiento universitario). Librado a sí mismo, el concepto de sociedad doméstica podría abrir una caja de Pandora repleta de litigios y subjetiva toma de decisiones judiciales acerca de quién está calificado o no para llamarse “socio doméstico”. Uno está o no casado; no es una cuestión compleja. Si uno está en una “sociedad doméstica”, la cosa no es tan clara.

Lo que es más importante, el concepto de sociedad doméstica va royendo el prestigio de las relaciones tradicionales y mina la prioridad que les damos. Esta prioridad no es necesariamente un producto del heterosexismo. Consideremos las parejas heterosexuales. La sociedad tiene buenas razones para extender ventajas legales a los heterosexuales que eligen la sanción formal del casamiento, en lugar de simplemente vivir juntos. Estas personas toman un compromiso más profundo de una hacia la otra y hacia la sociedad; a cambio, la sociedad les extiende ciertos beneficios. El casamiento provee un ancla, aunque sea arbitraria y débil, en el caos de sexo y de relaciones al que todos somos proclives. Provee un mecanismo para la estabilidad emocional, la seguridad económica y la crianza saludable de la siguiente generación. Tomamos disposiciones legales para favorecerlo no porque escarnecemos toda otra forma de relación que no sea la familia nuclear, sino porque reconocemos que no promover el casamiento sería pedir demasiado de la virtud humana. En el contexto del efecto que tiene el debilitamiento de la familia sobre los pobres, también podría ser una incitación a la desintegración social. Uno de los peores productos de la campaña de “valores familiares” de la Nueva Derecha es que su extremismo y su odio de la diversidad ha ocultado esta argumentación, más mesurada y más convincente, a favor de la importancia del lazo marital.

El concepto de sociedad doméstica ignora estas preocupaciones; a decir verdad, directamente las ataca. Es una lástima, ya que uno de sus más importantes objetivos (proveer algún reconocimiento civil para las relaciones gays) es una causa noble, y una causa completamente compatible con la defensa de la familia. Pero el modo de luchar por esa causa no es minar el casamiento heterosexual; es legalizar el casamiento al estilo antiguo para los homosexuales.

El movimiento gay ha esquivado este tema primordialmente por miedo a la división. Gran parte de la dirigencia gay sigue aferrada a las viejas nociones de la vida gay como una vida esencialmente anti-burguesa y revolucionaria, propia de alguien fuera del sistema. El casamiento, para ellos, equivale a una cooptación en la sociedad heterosexual. En relación con la generación de Stonewall, es difícil ver cómo podría cambiar fundamentalmente alguna vez esta visión de conflicto. Pero en relación con muchos otros gays (en mi suposición, la mayoría), que no niegan la importancia de la rebelión que tuvo lugar hace veinte años y que sienten gratitud por lo que se hizo, hay en ellos la sensación de que se abre una nueva oportunidad. La necesidad de rebelarse ha silenciosamente cedido lugar ante el deseo de estar integrado. Ser gay y ser burgués ya no parece ser una proposición absurda. Ciertamente, desde el SIDA ser gay y ser responsable se ha vuelto una necesidad.

El casamiento gay cubre gran parte del corazón del debate sobre la sociedad doméstica. A diferencia de la sociedad doméstica, permite el reconocimiento de las relaciones gays, al mismo tiempo que no lanza exorcismos sobre el casamiento tradicional. Simplemente pide que se permita a los gays unirse al conjunto. A diferencia de la sociedad doméstica, no abre caminos para que los heterosexuales obtengan beneficios sin las responsabilidades del casamiento, o hacia una pesadilla de litigios sobre definiciones. Y a diferencia de la sociedad doméstica, engancha a una convención social ya establecida los anhelos de estabilidad y aceptación que aparecen en una comunidad gay que está madurando rápidamente.

El casamiento gay también coloca más responsabilidades sobre los gays; asevera por primera vez que las relaciones gays no son ni mejores ni peores que las relaciones heterosexuales, y que se espera lo mismo de ellas que de las relaciones heterosexuales. Y es claro y digno. Existe un beneficio legal en un símbolo claro y común de compromiso. También hay un beneficio personal. Una de las ironías de la sociedad doméstica es no solamente que es más complicada que el casamiento, sino que es más exigente: requiere una elaborada declaración de intención para cumplir sus requisitos. Es equivalente a una sustancial invasión de la privacidad. ¿Por qué, después de todo, debería requerirse a los gays que probaran su compromiso antes de poderse casar, de un modo que nunca soñaríamos en pedírselo a los heterosexuales?

Legalizar el casamiento gay ofrecería a los homosexuales el mismo trato que la sociedad hoy ofrece a los heterosexuales: la aprobación social general, y ventajas legales específicas, a cambio de un compromiso más profundo, y del que es más difícil desprenderse, con otro ser humano. Como el casamiento heterosexual, promovería la cohesión social, la seguridad emocional, y la prudencia económica. Como no hay razón por la cual no debería permitirse a los gays adoptar o ser padres de crianza, podría también ayudar a criar a los niños. Y su introducción no sería una forma de ruptura radical con la costumbre social. A medida que se ha ido volviendo más aceptable que las personas homosexuales reconozcan sus amores en público, más y más se han comprometido los unos a los otros de por vida, a la vista plena de sus familias y sus amigos. Una ley que institucionalizara el casamiento gay meramente reforzaría una tendencia social saludable. También, en la huella dejada por el SIDA, tendría títulos para ser calificada de genuina medida de salud pública. Los conservadores que deploran la promiscuidad entre algunos homosexuales deberían ser los primeros en dar su apoyo a esta idea. Burke hubiera escrito una poderosa argumentación en su favor.

La argumentación que sostiene que el casamiento gay sutilmente minaría la legitimidad intransferible del casamiento heterosexual está basada en una falacia. Para los heterosexuales, el casamiento heterosexual seguiría siendo el más significativo de los vínculos sociales, y el único legal. El casamiento gay podría restar legitimidad al casamiento heterosexual solamente si fuera una auténtica alternativa al casamiento heterosexual, y es claro que no lo es. Para decirlo sin mayores matices, hay escasísimos indicios de que los heterosexuales podrían ser persuadidos por una ley, la que fuera, de tener sexo con alguien del propio sexo, y ni hablar de casarse con alguien del propio sexo. El único fenómeno posible similar es el actual: persuadir a los hombres y mujeres gays para que se fuercen a sí mismos y entren en casamientos heterosexuales ( lo que a menudo significa un costo apabullante para ellos mismos y para sus familias), de modo de poder concentrar sus instintos de familia en un ambiente más favorable en lo personal. Pero es claro que aquí hay algo positivo, no algo negativo: el casamiento gay podría evitar la existencia de gran cantidad de familias torturadas y crear la posibilidad de que existan más familias felices. Para decirlo brevemente, no significa negar los valores de la familia. Significa extenderlos.

Por supuesto, algunos sostendrán que cualquier reconocimiento legal de la homosexualidad es un ataque de hecho contra la heterosexualidad. Pero incluso los conservadores más endurecidos reconocen que los homosexuales son una minoría permanente y que no es probable que desaparezcan. Ya que la persecución no es una opción en una sociedad civilizada, ¿por qué no atraer a los gays a los valores tradicionales, en lugar de enfurecerse incoherentemente contra ellos?

Hay un argumento menos elaborado a favor del casamiento gay: es bueno para los gays. Provee modelos para los jóvenes gays que, después de la liberación sentida al asumirse, pueden fácilmente caer en relaciones de corto lapso y en la inseguridad, al no tener a la vista una meta tangible. Mi propia suposición es que la mayoría de los homosexuales adoptarían esta meta con por lo menos igual compromiso que los heterosexuales, si no más.

Incluso en nuestra sociedad tal cual es, muchas relaciones lésbicas son virtualmente ejemplos de libro de texto en cuanto a compromiso monógamo. El casamiento gay legal podría también ayudar a tender un puente sobre el abismo que a menudo se abre entre los homosexuales y sus padres. Podría traer la esencia de la vida gay, la pareja gay, al corazón de la familia heterosexual tradicional del único modo en que la familia y sus descendientes gays podrían entenderla más fácilmente. Podría hacer más para curar la dolorosa brecha entre gays y heterosexuales como cualquier monto concebible de legislación a favor de los derechos gays.

Si estos argumentos suenan socialmente conservadores, no es accidente. Es una de las más ricas ironías de la ceguera de nuestra sociedad hacia los gays que las metas sociales esencialmente conservadoras tengan la apariencia de ser tan revolucionarias. Pero el casamiento gay no es un paso revolucionario. Evita la confusión de la sociedad doméstica; es humanitario; es conservador en el mejor sentido de la palabra. También es práctico. Dado el

hecho de que ya permitimos legalmente las relaciones gays, ¿qué meta social posible se persigue, disponiendo que la ley aliente a esas relaciones a ser infieles, inseguras y de poco desarrollo?

Nota del traductor

Éste es un artículo medular, porque la trama de referencias y alusiones no sólo es a veces muy localista y solamente comprensible para quien conozca la historia y el mundillo de los Estados Unidos, sino porque contiene estructuras de pensamiento sumamente sajonas.

Una dificultad básica de pasar de esa estructura de pensamiento a la que impera en Argentina es que en nuestro idioma y nuestro país para la percepción social no hay diferencia entre matrimonio y casamiento, en tanto que en inglés “matrimony” tiene rasgos propios, diferenciados de “marriage”, al que traduzco sistemáticamente por casamiento. (“Matrimony” es en inglés un rito sagrado).

Otros problemas son históricos: en la década del ´80 el activismo gay produjo en Estados Unidos un movimiento de derechos civiles, llamado “gay rights movement”, que fue escuchado en diversos municipios. Como el casamiento en Estados Unidos no es potestad municipal, las ciudades más sensibilizadas otorgaron ordenanzas de “domestic partnership”, que tradujimos como “sociedad doméstica”, a imitación de la “sociedad conyugal” de nuestro ordenamiento jurídico. De acuerdo con esto, la palabra “partner”, cuya traducción castellana “socio” es definidamente comercial, en inglés puede ser sinónimo de “lover”, cuya traducción castellana, “amante”, rara vez se entiende como integrante de una pareja amorosa de larga duración. En estos casos traduje compañero homosexual o pareja.

Última actualización el Jueves, 24 de Abril de 2008 18:43