Dante, defensor indeciso del orgullo homosexual. Imprimir
Purgatorio, Canto XXV
Escribe: Eva Cantarella
Traduce: Rafael Freda
Eva Cantarella nació en Roma en 1936. Se graduó en 1960 en Milán; estudió en Berkeley y Heidelberg. Enseña Derecho Romano y griego en la Universidad de Milán. Entre sus obras destacamos Tacita Muta: la donna nella città antica, 1985, y La bisessualità nel mondo antico, 1988.

El siguiente artículo fue publicado en Il Corriere della Sera el 21 de julio del 2004. Traducido y publicado con autorización expresa de la autora.

En vida no supieron controlar las pasiones con la razón. En el más allá, expían sus pecados envueltos en llamas. Son los lujuriosos: Dante ya ha encontrado algunos en el Infierno. En el séptimo último Girón del Purgatorio encuentra otros.

Caminan, alternando cantos con los que invocan la protección divina y gritos con los que exaltan ejemplos de castidad (Purgatorio, Canto XXV, 12- 139). También Dante prosigue su camino: y de pronto se adelantan dos grupos ordenados de almas, que corren en direcciones opuestas; cuando se encuentran se besan alegres, y rápidamente siguen elevando grandes gritos: "Sodoma y Gomorra" grita un grupo; "En la vaca entra Pasifae, para que el torito corra a su lujuria" grita el otro grupo (Purgatorio, Canto XXVI, 25- 42).

Así, con estos gritos, las almas recuerdan un caso, un personaje ejemplar que denuncia el tipo específico de lujuria con el que se han manchado: las que gritan "Pasifae" han sido víctimas de una pasión heterosexual. Las que recuerdan con su grito a Sodoma y Gomorra, las dos ciudades bíblicas destruidas para castigar el pecado "contra natura" de sus habitantes, son sodomitas.

La historia de Pasifae, elevada a símbolo de comportamiento lujurioso, es casi demasiado conocida para que la recordemos: esposa de Minos, rey de Creta, se había enamorado locamente de un toro. El ingenioso Dédalo, al que había pedido ayuda, le construyó para ella una novilla de madera, y entrando en ella Pasifae satisfizo sus deseos bestiales. Fruto de la unión fue el Minotauro (después encerrado en el Laberinto, también construido por Dédalo).

Más complejo y problemático es el discurso de los sodomitas; es más difícil entender la actitud de Dante al encontrarse con ellos y la valoración que hacía de su pecado. Cuando los encuentra en el Purgatorio, Dante dice que han cometido el pecado "por el que ya César, triunfando, escuchó que gritaban contra él llamándolo reina" (XXVI, 77- 78). La referencia es clara: a César se lo llamaba "reina" porque en su juventud había sido el amante de Nicomedes, rey de Bitinia. El asunto era tan conocido que durante el triunfo para celebrar la conquista de la Galia sus soldados cantaban "César sometió a la Galia, Nicomedes sometió a César".

En particular César era conocido como partícipe pasivo de las relaciones homosexuales: en el poema 57, refiriéndose a esta propensión suya (ciertamente no exclusiva; era notorio que César era también un gran mujeriego), Catulo usa el término "cinedo" (cinaedus), que para los romanos era absolutamente inequívoco. Pero César era por siempre César, respetado, amado, idolatrado. ¿Por qué Dante elige un ejemplo como él para definir la sodomía, y no el de un personaje despreciable? Ciertamente, César es famoso. ¿Pero es ésta la única razón? ¿O Dante ha elegido a propósito un personaje de esa estatura? La duda nace cuando pensamos en otro sodomita que Dante había encontrado en el Infierno, allí donde (cantos XV y XVI) se había topado con un grupo de almas que caminaban entre las llamas, condenadas a no detenerse nunca: si se hubieran detenido un solo momento habrían quedado clavadas al suelo por cien años, sin posibilidad de resguardarse del fuego con las manos del fuego.

Entre estas almas hay una persona que Dante había conocido bien en vida y que reconoce con gran sorpresa: "¿Está usted aquí, señor Brunetto? " (XV, 30). Es Brunetto Latini, maestro del Dante, cuya "querida y buena imagen paterna" ( XV, 82) está viva en el corazón del poeta. El hecho de que Brunetto se haya manchado de una culpa gravísima para la Iglesia no impide a Dante continuar amándolo y respetándolo. A él Dante se dirige con deferencia (es uno de los poquísimos condenados a los que habla de usted), a él le confía una profecía sobre su futuro. No es todo: a Dante, que le ha pedido los nombres, Brunetto explica que sus compañeros de pena más conocidos "fueron todos clérigos y literatos grandes y de gran fama, sucios de un mismo pecado en el mundo" (XV, 106-108): Prisciano de Cesárea, entre otros, gramático del siglo VI muy célebre en la edad Media, y Francisco d'Accorso, hijo de Accursio, famosísimo jurista de la escuela boloñesa. Casi se tiene la impresión de que Dante quiere presentar a la sodomía como un pecado gravísimo, pero cometido (también, y quizás, sobre todo) por personas que él mismo considera nobles y cultivadas, no necesariamente arrastradas por la "suciedad" de su pecado. El juicio divino y el juicio humano, en suma, pueden ser separados: Dante cristiano condena, Dante hombre comprende y no puede modificar su juicio sobre la persona de los pecadores.

¿Cuáles son las razones de esta actitud? A las hipótesis interpretativas de los literatos puede agregársele también, quizás con alguna utilidad, alguna consideración histórica.

La condena de la homosexualidad, intensamente deseada por la Iglesia, tuvo no poca dificultad en afirmarse dentro del mundo antiguo y medieval. En la cultura y en la ética pagan, tanto griega como romana, la dicotomía fundamental entre las relaciones sexuales no es la dicotomía entre heterosexualidad y homosexualidad, sino la dicotomía entre actividad y pasividad sexual. Un hombre era hombre si era activo, incluso con otros hombres. La palabra "homosexualidad" no habría ni siquiera sido comprendida por un pagano. No fue por casualidad que solamente con los emperadores cristianos algunos comportamientos homosexuales se transformaron en crímenes: pero sólo aquellos que implicaban la sumisión de un hombre a otro hombre. Hoy diríamos que fueron solamente condenados los homosexuales pasivos. Los emperadores cristianos que intentaron seguir las enseñanzas de la Iglesia (Constancio y Constante, con una constitución del año 342; Valentiniano, Arcadio y Teodosio en el año 390; Teodosio II en el año 438) eran tan conscientes de que no podían cambiar la mentalidad y las costumbres que tomaron en consideración solamente a los pasivos en las relaciones entre hombres, condenándolos solamente a ellos, a partir del 390, a morir "entre las llamas vengadoras". El primero que recibió hasta el fondo los principios cristianos fue Justiniano, que en dos providencias legislativas, que corresponden respectivamente a los años 538 y 559, al colocar los comportamientos homosexuales de cualquier especie entre los "delitos contra la divinidad", habló de las relaciones entre hombres como pecado " contra natura". A un pagano nunca se le hubiera ocurrido una idea similar.

La homosexualidad se había vuelto delito, y había sido rotulada como "acción impía y nefanda, que ni siquiera los animales cometen" (Novella 114, del 559). Pero la percepción social era distinta; la moral laica no percibía que las relaciones entre hombres fueran un hecho monstruoso, y la misma Iglesia en los hechos demostraba una cierta tolerancia, hasta que llegó el momento en el que la burguesía comenzó a pedirle mayor rigor ético. Los nuevos predicadores (Francisco de Asís entre ellos) predicaban la castidad y la pobreza. Y la Iglesia recibió estas instancias, o al menos algunas de ellas: no aceptó la demanda de pobreza, pero sí aceptó la de castidad. En este contexto, la ética sexual se volvió más rigurosa, y la homosexualidad llegó a ser percibida, incluso socialmente, de un modo fuertemente negativo.
Dante vivió justamente en aquel período, pero -se diría - no compartió del todo esta actitud. Se ha dicho que en esto estaba retrasado en relación con su tiempo, porque era un conservador. Es difícil tener certezas. Cerremos con un signo de interrogación: ciertamente, este argumento merece otras reflexiones.