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La Iglesia y la Persona Homosexual Imprimir E-mail

Una Perspectiva Histórica

Escribe: John Boswell

John Boswell dedicó enorme esfuerzo a demostrar que el catolicismo puede, eventualmente, reconciliarse con la homosexualidad, porque no hay en su esencia nada que lo oponga a ella. En esta exhortación, pronunciada antes de escribir sus dos grandes obras (Cristiandad, Tolerancia y Homosexua-lidad, y Uniones del Mismo Sexo) ya están expuestas sus ideas fundamentales.

Fragmentos del discurso doctrinario pronunciado por el Prof. John Boswell ante la Cuarta Convención Internacional Bienal de Dignidad, en 1979(1).

“La homosexualidad,” escribió Platón, “es vista como vergonzosa por los bárbaros y por aquellos que viven bajo gobiernos despóticos, del mismo modo que consideran vergonzosa la filosofía, porque evidentemente no es de interés de tales gobernantes que se engendren grandes ideas en sus súbditos, o amistades poderosas o amor apasionado: para producir todo lo cual la homose-xualidad es particularmente apta”. Esta actitud de Platón era característica del mundo antiguo, y quiero comenzar mi discusión de las actitudes de la Iglesia y de la Cristiandad Occidental hacia la homosexualidad comentando actitudes comparables entre los antiguos.

En gran medida, las actitudes occidentales hacia la ley, la religión, la literatura y el gobierno derivan de actitudes romanas. Esto hace particularmente asombroso que nuestras actitudes hacia la homosexualidad en particular y la tolerancia sexual en general sean tan marcadamente diferentes de las de los romanos. Es muy difícil transmitir a las audiencias modernas la indiferencia de los romanos hacia las cuestiones de género y de orientación genérica. La dificultad se debe tanto a que las pruebas han sido en gran medida borradas conscientemente por los historiadores anteriores hasta décadas muy recientes, como a que no hay difusión del material relevante.

Los romanos no consideraban que la sexualidad o la preferencia sexual fuera un asunto de gran interés, ni tampoco trataban de modo analítico a ninguna de las dos. El historiador tiene que reunir miles de pequeños trozos y fragmentos para demostrar que entre los romanos había aceptación general de la homosexualidad.

Uno de los pocos escritores imperiales que parece hacer algún tipo de comentario de modo general sobre este tema escribió: “Zeus vino en forma de águila al divino Ganímedes y en forma de cisne a la rubia madre de Helena. Una persona prefiere un género, otra persona el otro, yo gusto de ambos”. Por la misma época Plutarco escribió: “Ninguna persona sensata puede imaginar que los sexos difieren en asuntos de amor como lo hacen en asuntos de vestimenta. El inteligente amante de la belleza será atraído por la belleza en cualquier género en que la encuentre”. El derecho romano y las imposiciones sociales no ponían ninguna restricción en absoluto sobre la base del género. A veces se ha sostenido que en Roma había leyes contra las relaciones homosexuales, pero es fácil probar que no fue así. Por otra parte, es un error imaginar que el hedonismo anárquico reinaba en Roma. De hecho, los romanos tenían un complejo conjunto de restricciones morales di-señadas para proteger del abuso a los niños o evitar que cualquier ciudadano fuera objeto de fuerza u opresión en las relaciones sexuales. Como otros pueblos, los romanos eran sensibles a los temas del amor y el cariño, pero la elección sexual (es decir, genérica) del individuo era completamente ilimitada. Por ejemplo, la prostitución de varones (dirigida a otros varones) era tan común que los impuestos que se le imponían constituían una fuente principal de ingresos para el tesoro imperial. Era tan provechosa que incluso en períodos posteriores, cuando una cierta intolerancia se había filtrado en el ambiente, los emperadores no pudieron decidirse a terminar con la práctica y con la ganancia de ella derivada.

Los casamientos gays también eran legales y frecuentes en Roma, tanto para hombres como para mujeres. Incluso los emperadores a menudo se casaban con otros hombres. En la medida en que se lo puede comprobar, había total aceptación de parte de la plebe de este tipo de actitud y comportamiento homosexual. Esta aceptación total no estaba limitada a la élite gobernante; también existe mucha literatura romana popular que contiene historias de amor gay. El punto exacto que quiero remarcar aquí es que no hay en absoluto ningún esfuerzo consciente de parte de nadie en el mundo romano, el mundo en el que nació la cristiandad, para proclamar que la homosexualidad era anormal o indeseable. De hecho, no hay palabra para “homosexual” en latín. La palabra “homosexual” suena como si fuera latín, pero fue acuñada por un psicólogo alemán a fines del siglo XIX. Nadie en el mundo romano temprano parecía sentir que el hecho de que alguien prefiriese a su propio género era algo más significativo que el hecho de que alguien prefiriese los ojos azules o a las personas de estatura baja. Ni las personas gays ni las héteros parecían asociar ciertas características con la preferencia sexual. De los hombres gay no se pensaba que fueran menos masculinos que los hombres heterosexuales y de las mujeres lesbianas no se pensaba que fueran menos femeninas que las mujeres heterosexuales. De las personas gay no se pensaba que fueran en nada mejores o peores que las personas heterosexuales: actitud diferente de la sociedad que precedió a Roma, porque muchos griegos pensaron que las personas gay eran inherentemente mejores que las personas heterosexuales, y también diferente de la sociedad que la siguió, en la que a menudo se pensaba de las personas gay que eran inferiores a las otras.

Si ésta es una pintura fiel del mundo antiguo del que deriva la estructura social de la cultura occidental, ¿Entonces de dónde vienen las ideas negativas que hoy son comunes en relación con la homosexualidad? La respuesta más obvia a esta cuestión, y la que más se ha dado en el pasado, es que la cristiandad es responsable de este cambio. Hay una coincidencia histórica que parece prestar alguna credibilidad a esta idea: básicamente, que cuando el cristianismo aparece en escena esta tolerancia de épocas anteriores de la que hemos hablado desaparece, y la tolerancia general de la homosexualidad se vuelve mucho menos común.

Sin embargo, debería ser obvio que no es probable que la cristiandad por sí misma sea responsable de este cambio. (Uno puede notar, por ejemplo, que los lugares del mundo donde todavía la gente gay sufre la opresión más violenta son los mismos lugares donde la cristiandad es menos bienvenida). Ante todo, quisiera ocuparme brevemente en analizar y desechar la idea de que la Biblia está relacionada con las actitudes cristianas hacia la gente gay. Desde un punto de observación histórico, es fácil hacerlo así, pero comprendo que para la gente que vive de acuerdo con la Biblia hay que decir de este tema algo más que lo observado por el historiador. Un historiador simplemente nota que no existe pasaje en los escritos de la Alta o Temprana Edad Media en los que originen estos prejuicios contra la gente gay. Donde sí se da alguna razón de esta nueva hostilidad, se citan fuentes distintas de la Biblia. De hecho, desde una perspectiva histórica, para examinar la creciente hostilidad hacia la gente gay la Biblia sería la última fuente en la que uno debería buscar, pero hay tantas personas con la sensación de que la Biblia de un modo u otro tiene que ver con esa hostilidad, que debemos enfocar en detalle sus enseñanzas sobre este tema.

La mayoría de los eruditos bíblicos serios reconocen ahora que la historia de Sodoma probablemente no había sido de ningún modo concebida como comentario de la homosexualidad. Por cierto, la mayoría de los escritores cristianos tempranos no la interpretaron como prohibición de la homosexualidad. En el mundo moderno, la idea de que esta historia se refiere al pecado de falta de hospitalidad más que a una falencia sexual fue popularizada por primera vez en 1955 en el libro “Homosexualidad y la Tradición Cristiana Occidental”, de D.S. Bailey, y desde entonces ha ido ganando cada vez más aceptación entre los eruditos. Los estudiosos modernos están llegando algo tarde: casi todos los estudiosos medievales tuvieron la impresión de que la historia de Sodoma era una historia que trataba de la hospitalidad. Ciertamente, ésta no es solamente su interpretación más obvia, sino la que se le da en la mayoría de los demás pasajes bíblicos. Es sorprendente, por ejemplo, que aunque Sodoma y Gomorra son mencionadas en alrededor de dos docenas de diferentes pasajes de la Biblia (distintos de Génesis 19, donde se cuenta la historia por primera vez), en ninguno de esos lugares la homosexualidad está asociada con los sodomitas.

Los únicos otros pasajes del Viejo Testamento que pueden aducirse en contra de la homosexualidad son Deuteronomio 23:17 y Reyes 14:24, y, sin duda, los pasajes mejor conocidos: Levítico 18:20 y 20:13, donde se rotula como impureza ritual para los judíos a que un hombre duerma “el dormir con mujeres”, pero con hombres. Los cristianos primitivos no citan contra el comportamiento homosexual ninguno de estos pasajes; ellos no deseaban imponerse ni a sí ni a otros la ley levítica. De hecho, buena parte de las restricciones de la ley judía asustaban a la mayoría de los cristianos, que no estaban dispuestos a colocarse a sí mismos bajo lo que consideraban la servidumbre de la vieja ley. San Pablo dice una y otra vez que no debemos caer de nuevo en la servidumbre de la vieja ley, y de hecho va mucho más lejos, diciendo que si todos estamos circuncidados (que es la piedra basal de la vieja ley), Cristo no nos aprovechará en nada. Los cristianos tempranos no debían atarse a los mandatos de la vieja ley. El Concilio de Jerusalén, celebrado alrededor del año 50 D.C. y documentado en Actos 15, tomó este tema específicamente y decidió que los cristianos no estarían atados a ninguno de los mandatos de la vieja ley excepto los enumerados por el Concilio, ninguno de los cuales está relacionado con la homosexualidad.

En el Nuevo Testamento no encontramos citas de los mandatos del Viejo Testamento. Sin embargo, encontramos tres pasajes (I Corintios 6:9, I Timoteo 1:10 y Romanos 1:2627) que pueden ser relevantes. Esta vez volveré a ser breve para discurrir sobre ellos. La palabra griega malakos in I Cor. 6:9 and I Tim. 1 :10, que los eruditos del siglo XX han creído que se refiere a algún tipo de conducta homosexual, fue universalmente usada por losescritores cristianos hasta los siglos XV o XVI para referirse a la masturbación. Hasta el siglo XV la idea de que los masturbadores quedaban excluidos del reino de los cielos perturbaba a muchos; sin embargo, no pareció perturbarlos excluir a los homosexuales del reino de los cielos, así que malakos fue retraducido para referirse a la homosexualidad en lugar de a la masturbación. Los textos y las palabras siguieron siendo los mismos; simplemente, los traductores cambiaron de idea sobre quiénes debían ser excluidos del reino de los cielo.

El pasaje restante (Romanos 1:26-7) no ha sufrido demasiado por mala traducción, aunque uno puede fácilmente ser engañado por la frase “contra la naturaleza”. Esta frase fue también interpretada diversamente por la iglesia primitiva. San Juan Crisóstomo dice que San Pablo priva de toda excusa a las personas sobre las que está hablando, al observar que las mujeres “cambiaron el uso natural”. Señala que ninguna puede alegar que llegó a tal extremo porque se le impidió tener relaciones legítimas o porque era incapaz de satisfacer su deseo... Sólo quienes poseen algo pueden cambiar lo que tienen. También señala lo mismo de los hombres, al decir que “dejaron el uso natural de las mujeres”. Similarmente, con estas palabras hace imposible toda excusa, señalando que ellos no sólo tenían gozo legítimo y lo abandonaron, yendo detrás de otro, sino también que desdeñando lo natural, persiguieron lo antinatural. Lo que quiere decir Crisóstomo, y expone largamente sobre ello, es que San Pablo no estaba escribiendo sobre gente gay sino sobre gente heterosexual, probablemente casada, que abandonó el placer al que tenían derecho en virtud de su propia naturaleza por un placer al que no tenían derecho. Esto se refleja en los cánones que imponen penitencias para la actividad homosexual, que a lo largo del siglo XVI estaban dirigidos principalmente a las personas casadas. Se dice muy poco de las personas solteras.

Quizás lo más significativo del pasaje es que introdujo en el pensamiento cristiano la idea de que las relaciones homosexuales eran “contra natura”. Sin embargo, lo que Pablo parece haber querido decir es que era inhabitual, no contra la ley natural, como se interpreta a menudo. El concepto de ley natural no fue desarrollado plenamente hasta casi mil doscientos años después. Todo lo que Pablo quería decir, probablemente, era que era inhabitual que las personas tuvieran este tipo de deseo sexual. Esto es evidente porque en la misma epístola, en el capítulo XI, se describe al mismo Dios actuando “contra natura” para salvar a los gentiles. Por tanto, es inconcebible que esta frase connote torpeza moral.

Bien se podría preguntar si el atronador silencio que el Nuevo Testamento hace sobre el tema no es una indicación de la actitud de los cristianos primitivos hacia la homosexualidad. Como historiador, yo diría que no. La mayor parte de la literatura de este período, especialmente la literatura de guía moral y legal, se mantiene silenciosa sobre los aspectos puramente afectivos de la vida humana. En el Nuevo Testamento Jesús, San Pablo y los otros escritores están en general respondiendo a cuestiones que se vinculan con los problemas sociales y morales que les presenta una sociedad predominantemente heterosexual. La gente les preguntaba cosas sobre el divorcio, las viudas, la propiedad, y demás, y ellos respondían a estas preguntas. La mayor parte del comentario moral de Jesús, especialmente sobre sexualidad, se hace en respuesta a cuestiones específicas que se le presentan. Jesús no da orientaciones detalladas sobre todos los aspectos de la vida humana, especialmente no de la vida afectiva, sino que habitualmente ofrece principios generales. No existe casi ningún pasaje en la Biblia comentando sobre el amor a los propios hijos; hay algunos comentarios sobre la amistad; y no hay ni uno sobre lo que conocemos como “amor romántico,” aunque es la base del casamiento cristiano moderno en nuestra propia iglesia, así como en la comunidad cristiana entera.

Hay ciertas razones para la hostilidad hacia la homosexualidad que ahora parecen características de la comunidad cristiana; quiero mencio-narlas. Ante todo, quiero descartar lo que parecería ser la razón primaria más probable para la hostilidad hacia la homosexualidad; esto es, la oposición en general a la sexualidad no procreativa. Ciertamente, muchos cristianos experimentaron un sentimiento de hostilidad hacia toda forma de sexualidad que no fuera potencialmente procreativa; pero no puede demostrarse que esto derive de principios cristianos. Entre otras cosas, no hay ni una palabra dentro del Viejo Testamento o del Nuevo sobre sexualidad no procreativa entre personas casadas, y la mayor parte de los comentadores judíos están de acuerdo en que todo es lí-cito entre marido y mujer. Es un principio bien establecido en varias disciplinas de ciencias sociales que existe un prejuicio de clase contra los actos sexuales no procreativos. Uno espera encontrarlo entre cristianos, o cualquier otro grupo social, de clase baja. Entre los teólogos, el rechazo explícito de toda sexualidad no procreativa no se relaciona directamente con las actitudes hacia la gente gay. Los teólogos de la iglesia primitiva estaban intentando imprimir en todos los cristianos la idea de que todo acto sexual heterosexual debía verse como creación potencial de un niño. No se conocía en este mundo ningún medio efectivo de control de la natalidad (excepto la abstinencia), ni siquiera el método del ritmo. El único modo de evitar tener niños era matarlos o abandonarlos. Por tanto, los teólogos quisieron persuadir a los padres cristianos de que tenían que ser responsables por la creación de un niño cada vez que tenían placer sexual. Las únicas otras alternativas en su mundo, el mundo en el que se formuló la teología primitiva de la iglesia, eran moralmente inaceptables. Ahora bien, el fin original de este enfoque fue solamente proteger a los niños, no atacar a la homosexualidad. A decir verdad, pasó mucho tiempo antes de que las salpicaduras de esta idea llegasen a la homosexualidad, aunque finalmente así ocurrió.

Hasta llegar a épocas tan tardías como los siglos XI y XII, no parece haber conflicto entre la vida cristiana y la homosexualidad. La vida gay está en todas partes en los siglos XI y XII: en el arte, en la poesía, en la música, en la historia, etcétera. La literatura más popular de la época, incluso más que la literatura heterosexual, trata de un modo u otro sobre amantes del mismo sexo. Los clérigos estaban a la vanguardia de este revival de la cultura gay. San Elredo, por ejemplo, escribe sobre su juventud pintándola como un tiempo en el que él no pensaba en nada sino en amar y ser amado por hombres. Se volvió abad cisterciense, e incorporó su amor por los hombres a su vida cristiana alentando a los monjes a amarse los unos a los otros, no simplemente de modo general, sino individual y apasionadamente. Citaba el ejemplo de Jesús y San Juan como guía para esto. “Jesús mismo”, dijo, “en todo similar a nosotros, paciente y compasivo con los demás en este asunto, transfigura este tipo de amor a través de la expresión de su propio amor, porque permitía a uno solo, no a todos, reclinarse en su pecho como signo de su amor especial, y cuanto más cerca estaban, más copiosamente los secretos de su casamiento celestial impartían el dulce olor de su crisma espiritual a su amor”.

Después del siglo XII la tolerancia cristiana y la aceptación del amor gay parece desaparecer con notable rapidez. Los escritos de San Elredo desaparecieron porque fueron guardados bajo llave en monasterios cistercienses hasta hace unos ocho años, cuando por primera vez los cistercienses pudieron leerlos nuevamente. A partir del año 1150, por razones que no puedo explicar adecuadamente, hubo una gran irrupción de intolerancia popular hacia la gente gay. También hubo en esta época violentas explosiones contra judíos, musulmanes y brujas. Las mujeres de pronto fueron excluidas de las estructuras de poder a las que previamente habían tenido acceso: por ejemplo, ya no pudieron asistir a las universidades en las que previamente se habían podido inscribir. Los monasterios dobles, para hombres y mujeres, fueron cerrados. Había sospechas de todos. En el 1180 los judíos fueron expulsados de Francia.

El cambio fue rápido. En Inglaterra en el siglo XII no había leyes contra los judíos, que ocupaban posiciones prominentes, pero al llegar el final del siglo XIII dormir con una persona judía era equiparado a acostarse con un animal o con el asesinato, y en Francia los judíos, de acuerdo con San Luis, debían ser matados sin ninguna dilación si cuestionaban la fe cristiana. Durante este tiempo también hubo muchas diatribas populares contra la gente gay, sugiriendo que persiguen sexualmente a los niños, violan la ley natural, son bestiales y traen daño a las naciones que los toleran. En el lapso de un solo siglo, en el período que va de 1250 a 1350, casi todos los estados europeos aprobaron leyes civiles que pedían la muerte por un solo acto homosexual. Esta reacción popular afectó muchísimo a la teología cristiana. A lo largo del siglo XII las relaciones homosexuales, en el peor de los casos, habían sido comparables a la fornicación heterosexual para las personas casadas; en el mejor de los casos, no habían sido consideradas pecaminosas. Durante el siglo XIII, a causa de esta reacción popular, escritores como Santo Tomás de Aquino intentaron retratar a la homosexualidad como uno de los peores pecados, inferior únicamente al asesinato.

Es muy difícil describir cómo ocurrió esto. Santo Tomás trató de demostrar que la homose-xualidad de algún modo se oponía a la naturaleza; la objeción más habitual era que la naturaleza había creado la sexualidad para la procreación, y que usarla para cualquier otro propósito violaba la naturaleza. Santo Tomás de Aquino era demasiado inteligente para esta argumentación. En la Summa Contra Gentiles pregunta, “¿Es pecaminoso caminar con las manos, cuando la naturaleza las creó con otra intención?” Evidentemente no es pecaminoso, así que Santo Tomás cambió de argumentación. Como es obvio que esto no es razón para que la homosexualidad sea pecaminosa, buscó otra. Primero intentó argumentar que la homosexualidad debe ser pecaminosa porque estorba la reproducción de la raza humana. Este argumento también le falló, porque, como lo nota el propio Tomás en la Summa Theologica, “un deber puede ser de dos clases: uno, puede ser adjudicado a un individuo y no puede ser ignorado sin pecado, o puede ser adjudicado a un grupo. En el último caso ningún individuo está obligado a cumplir con el deber. El mandamiento que se refiere a la procreación se aplica a la raza humana como un todo, la que está obligada a aumentar físicamente. Por lo tanto es suficiente para la raza que algunas personas se ocupen de reproducirse físicamente.” Yendo más allá, Santo Tomás admitió en la Summa Theologica que la homosexualidad para ciertos individuos era absolutamente natural, y por lo tanto no podía ser culpada. ¿En qué sentido, entonces, podría ser antinatural? En un tercer pasaje concede que el término “natural” no tiene significación moral, sino que es simplemente un término que se aplica a lo que desaprueba enérgicamente. “La homosexualidad”, dice, “es llamada ‘el vicio antinatural’ por la gente común, y por ello puede decirse que es antinatural”. No fue una invención de Santo Tomás. Fue una respuesta a los prejuicios populares de su tiempo. No derivaba su autoridad de la Biblia o de ninguna tradición previa de la moralidad cristiana, sino que eventualmente llegó a ser parte del pensamiento teológico cristiano. Estas actitudes han permanecido básicamente sin cambios porque no ha habido apoyo popular para que se ejecutase un cambio en este aspecto. El público ha continuado sintiendo hostilidad hacia las personas gays y no ha habido presión sobre la iglesia para que reexamine los orígenes de sus enseñanzas sobre homosexualidad.

Es posible cambiar las actitudes eclesiásticas hacia las personas gays y su sexualidad porque las objeciones contra la homosexualidad no son bíblicas, no son consistentes, no son parte de las enseñanzas de Jesús, y ni siquiera son fundamentalmente cristianas. Es posible porque la Cristiandad o bien aceptó a la homosexualidad o fue indiferente a ella por un período de tiempo más largo que el que lleva siéndole hostil. Es posible porque los fundadores de la religión consideraron específicamente que el amor trascendía los accidentes de la biología y que era una meta, no los medios. Quizás no se pueda erradicar la intolerancia de la sociedad secular, porque la intolerancia hasta cierto punto es imposible de erradicar, pero la actitud de la iglesia puede y debe ser cambiada. Fue diferente en el pasado, y puede volver a ser diferente otra vez. Platón observó hace casi 2400 años que la sociedad secular “dondequiera que ha establecido que es vergonzoso estar implicado en relaciones homosexuales, ello se debe a maldad de parte de sus legisladores, a despotismo de parte de sus gobernantes o a cobardía de parte de los gobernados”.

No podemos darnos el lujo de ser cobardes. Tenemos abundantes precedentes eclesiásticos para alentar a la iglesia a que adopte una actitud más positiva. Debemos usarlos. Como escribió un arzobispo gay en el siglo XII, “no somos nosotros quienes le enseñamos a Dios cómo amar, sino Él a nosotros. Él creó a nuestras naturalezas llenas de amor”. Un contemporáneo del arzobispo escribió: “El amor no es un crimen. Si estuviera mal amar, Dios no hubiera sujetado al amor incluso lo divino”. Estas afirmaciones venían de la comunidad cristiana, de la fe cristiana. A esa comunidad se puede y se debe recordarle cuáles eran sus creencias anteriores, su anterior aceptación. Y somos nosotros quienes debemos hacerla recordar.

NOTA

1- El original inglés figura en la John Boswell Page, People with a History, sitio mantenido por Paul Halsall, 1997, www.fordham.edu/halsall/pwh, y fue tomado del libro de Kathleen Leopold and Thomas Orians, eds., Theological Pastoral Resources: A Collection of Articles on Homosexuality from a Pastoral Perspective, 6th ed., (Washington DC : Dignity. 1981, repr. 1985), 16-20. Es evidentemente una desgrabación. Al traducir, he suprimido enfáticos y repeticiones.