Homosexualidad y las Ciencias de la Historia Imprimir

¿A ocultas de la Historia?

Homosexualidad y las Ciencias de la Historia

Escribe: Judith Schuyf

 
Publicado en: Manual de Estudios Gay Lésbicos, primavera del 2004
[Handbook of Gay and lesbian Studies (spring 2000)]

Introducción: Homosexualidad e Historia

La aparición de los Estudios Gays y Lésbicos en los primeros años de la década del ochenta fue precedida y acompañada por un interés creciente en lo que básicamente se consideraba historia gay y lésbica, i.e., el modo en que la gente expresaba comportamientos y sentimientos del mismo sexo en la historia, en la que la homosexualidad era vista como una historia de actitudes cambiantes ante un tipo de comportamiento inmutable. Libros como Homosexuals in History (Homosexuales en la Historia) (Rowse 1977) y Homoseksualiteit in middeleeuws Europa (La homosexualidad en la Europa Occidental medieval) (Kuster 1977) son testimonio de esta actitud. De modo concurrente, se desarrolló la idea (como lo hizo en el conjunto de los Estudios Gays y Lésbicos) de que había habido una conspiración para hacer invisibles a gays y lesbianas en el pasado, y que estos personajes únicamente necesitaban esperar el beso del historiador gay o la historiadora lesbiana para volver a la vida. Esto se aplica a los primeros historiadores amateurs de los movimientos reformistas de los años cincuenta, que escribieron biografías cortas de ‘homosexuales famosos de la historia’ para legitimar el movimiento de reforma, porque personas como Platón o Shakespeare no podían haber estado “tan” equivo-cados o ser tan moralmente depravados. Y esta misma idea se aplica especialmente a la historia lésbica temprana, que refleja la larga invisibilidad de las lesbianas como mujeres y como homosexuales (Cook 1979: La negación histórica del lesbianismo [The historical denial of lesbianism]). De hecho esta intención de “recuperar” la historia nunca pasó de moda, como lo muestran recientes (sub)títulos: “Recuperando a las lesbianas de la Historia [‘Reclaiming Lesbians in History’ (Lesbian History Group, 1989)], “Recuperemos el Pasado Gay y Lésbico [‘Reclaiming the Gay and Lesbian Past’]”. Este último subtítulo pertenece a una compilación de artículos sobre historia gay y lesbica llamada “A escondidas de la historia”] (Duberman et al., 1991). ¿Pero en realidad la homosexualidad ha sido escondida para que la historia no la viera... o más bien está escondida en la historia? “Antes de volverse información secreta, lo primero de todo que necesitaba el amor que no se atreve a escribir era tener un nombre” (Smith, 1991: 12/13).

Este énfasis en la legitimación no es extraño. Desde que E.H.Carr formuló la pregunta “¿Qué es la Historia?” [What is History?] (Carr 1961), hemos llegado a reconocer que la historia tiene más relación con nuestra propia visión de la sociedad en que vivimos en un tiempo en particular, que con un conocimiento exacto de lo que ocurrió en el pasado. De este modo, las preguntas en la historia son generalmente preguntas de legitimación y apoyo, aunque a veces estén escondidas bajo la guisa de nuestro interés por saber “qué ocurrió”.

Esta idea de contingencia, vinculada al hecho de que la mayoría de los historiadores se manifiestan aversos a las “grandes teorías”, parecería apunta en la dirección de una historia concebida como disciplina preeminentemente posmoderna, si no fuera que en el corazón del método histórico encontramos la crítica científica (conocida como “crítica de fuentes”) que se ocupa de la información contenida dentro y en derredor del material de fuentes históricas. Por lo tanto en el corazón de cualquier investigación histórica hay siempre datos específicos sobre el pasado que, mediante la formulación de preguntas específicas y la cuidadosa consideración de las fuentes, son elevados al estatus especial de “hechos”.

En el caso de la historia de la homosexualidad, 1869 (i.e. el año en el que el término “homosexualidad” fue usado por primera vez) ha sido considerado por muchos un hecho (Lautmann 1993). ¿Pero qué significa este “hecho”? ¿Fue un accidente de la historia que marcó la codificación de algo (los actos más o menos exclusivos entre personas del mismo sexo) que había estado ocu-rriendo por largo tiempo (a no ser que, en efecto, haya sido desde siempre), o fue el comienzo de una fase totalmente nueva en la historia de la sexualidad, cuando la preferencia sexual comenzó a ser considerada como una parte inseparable de la identidad personal? Yaciendo por debajo de estas cuestiones está el problema filosófico/epistemológico de establecer qué papel juega en la existencia de una categoría la asignación de un nombre a esa categoría.

En este capítulo rastrearé el argumento sobre la importancia y significado del hecho “homosexualidad”. Seguiré dos líneas de investigación: la primera tratará de la importancia del desarrollo del discurso sobre la sexualidad; y la segunda seguirá las recientes publicaciones que historizan el cuerpo y la identidad sexual. Terminaré estudiando algunos desarrollos recientes y la relación (si es que existe) entre la historia gay lésbica y la historia generalmente aceptada [mainstream history]. Tomado en conjunto, este artículo se concentrará en la historia de la sexualidad europea y norteamericana. Esto se debe al hecho de que la historia de la homosexualidad de hoy en día es fundamentalmente la historia de la homosexualidad occidental. Una visión general, que comprenda otras sexualidades y otras culturas, está todavía por concretarse. Sin embargo, comenzaré donde empezó la misma historia gay y lésbica: estudiando el papel de los íconos gays y lésbicos.

I. De los homosexuales en la historia a la historia de la homosexualidad

La historia gay lésbica temprana se construyó alrededor de las historias sexuales y perso-nales de los individuos. Aunque tales individuos vivieron en un pasado que (se supone) no tenía palabra para designar la homosexualidad, se los desplegaba para mostrarlos como figuras simbólicas en la legitimación de la homosexualidad de hoy en día. Algunas de estas figuras canónicas fueron transformadas en íconos gay-lésbicos: a través de sus historias de vida comenzaron a vivir en textos, y al hacerlo así crearon ejemplos de estilos de vida gay-lésbicos (Marks 1979). Safo es un ejemplo obvio, pero hay muchos más: Oscar Wilde, Nathalie Barney, Radclyffe Hall y otros.

En respuesta a estas prácticas, Eve Kosofsky Sedgwick preguntó en su influyente libro Epistemología del Armario [Epistemology of the Closet] la cuestión “¿Acaso hubo alguna vez un Sócrates gay?’ (Sedgwick 1990:52). Por supuesto que esta observación tiene intención humorística, pero es una broma muy útil que señala con certeza el tema crucial: aunque el concepto de homosexualidad moderna fue eminentemente modelado en y a partir de las vidas de estos íconos, preguntarse quién fue homosexual en un período que no tenía palabra para la homosexualidad no tiene sentido. Gran parte del material histórico publicado sobre la homosexualidad es de naturaleza biográfica, y en muchas de estas biografías se sugiere que, en contraste con estudios más tempranos, las tendencias hasta ese momento ‘olvidadas’ del protagonista se traen a primer plano. Esto puede conducir a consecuencias extrañas: de este modo, a veces se produce una especulación descontrolada en relación con las supuestas identidades homosexuales de personas como Miguel Ángel, Schubert y Voltaire, para dar solamente tres ejemplos. De acuerdo con los autores de estas obras (Pomeau, 1986; Royer, 1985; Saslow, 1988; Solomon, 1989), la función de este tipo de biografía ha sido dar satisfacción a los sentimientos de adoración personal al héroe (como hizo Terry Castle en La Lesbiana Aparicional sobre María Antonieta [The Apparitional Lesbian on Marie Antoinette]), o recuperar historias personales que habían sido heterosexualizadas, tal como lo hizo Elaine Miller con la relación entre Ellen Nussey y Charlotte Brontë (Grupo de Historia Lésbica [Lesbian History Group] 1989:29-55). Aquí, el silencio se vuelve habla, pero al mismo tiempo podemos preguntarnos si todo ello no es una proyección.

¿Precursores de la homosexualidad?

En los años tempranos de la investigación histórica gay y lésbica se debatió a menudo la pregunta de si estas relaciones ‘olvidadas’ del mismo sexo deberían ser consideradas o no como precursoras de la homosexualidad decimonónica. Esto venía todavía más al caso en estudios inspirados por los paradigmas lesbofeministas o culturofeministas. Dentro de estos paradigmas, se reservaba un papel importante a las amistades románticas (asexuales) entre mujeres. Estas amistades era consideradas como el modelo idealista del lesbia-nismo-antes-de-la-caída, en el que la sororidad era más importante que el sexo genital, que en esa época era considerado un sucio hábito masculino (e.g., Faderman, 1981; Jeffreys, 1989; Cook, 1979b). Algunos importantes estudios tempranos fueron escritos bajo este paradigma, tales como la investigación de Caroll Smith-Rosenberg sobre las formas intensas de amistad entre las mujeres norteamericanas de los primeros años del siglo XIX (Smith-Rosenberg 1975), el concepto de Adrienne Rich del continuo lésbico (Rich 1980) y el estudio de Martha Vicinus sobre las amistades de las escuelas de internado [boarding schools] (Vicinus, 1984). La perspectiva feminista ha continuado inspirando a algunos historiadores (Auchmuty, Jeffreys & Miller, 1992; Bonnet, 1981). Sin embargo, ahora ya resulta evidente que el debate sobre las precursoras es de hecho una no-discusión, porque este debate disfraza el hecho de que ha habido un cambio genuino en importantes conceptos concernientes a la organización de la vida sexual y social. Volveré a esto después de consi-derar algunos problemas epistemológicos.

Problemas epistemológicos

Los historiadores tienen que enfrentarse al problema de que el tema de la homosexualidad, en cuanto a contenido y análisis de fuentes, no encaja en la academización, básicamente decimonónica, de su disciplina. Tradicionalmente el objetivo de la historia fue describir “cómo fueron realmente las cosas”. No había una “teoría de la historia” explícita, sino una metodología de crítica de fuentes, más bien rígida, que se desarrolló con una epistemología basada más o menos en líneas positivistas. En los años tempranos del siglo XX esto condujo a una parcelación del tema en dife-rentes esferas de interés, aunque en conjunto la historia era considerada predominantemente como historia política. La escuela francesa de los Anales, escuela de (socio) historiadores, cambió esta práctica en los primeros años de la década del cincuenta enfocándose en la integración de varios estilos y varios temas de historia (socioeconómica, diferentes tendencias temporales, etc...) con sujetos de investigación no tradicionales, tales como los grupos sociales, que entre otras cosas tenían en común que o bien no podían ser encontrados (o podían ser encontrados en la fuente de materiales clásicos solamente con dificultad) y que requerían otros métodos de análisis. Los Anales se concentraban en el estudio de la “experiencia vivida”, el estudio de la vida cotidiana. Esto abrió el camino para investigar diversas clases de temas que estaban fuera del discurso dominante, tales como la historia de las mentalidades, la historia familiar y la sexualidad. Fue evidente que la crítica de fuentes tradicional no era suficiente para examinar mentalidades e identidades. Se necesitaban también otras fuentes y métodos de análisis. Éstas en parte podían ser encontradas en la sociología, aunque esto en sí mismo creó otro problema, ya que en general los historiadores no están muy interesados en las “grandes teorías”, porque temen que éstas contaminarán sus perspectivas para leer sus fuentes. Por un curioso giro de fortuna el surgimiento del socioconstructivismo (que en sí mismo no es una teoría de la historia), que consideraba a la homosexualidad como el resultado de un proceso social e histórico, no solamente condujo a una extensa investigación nueva a partir de este nuevo ángulo sino que también contribuyó en gran medida a la construcción teórica de la conceptualización de la homosexualidad y de la sexua- lidad en general.

Esencialismo y sociocontruccionismo

El construccionismo social en el estudio de la sexualidad surgió a fin de los años sesenta a partir de dos corrientes teóricas: el interaccionismo simbólico norteamericano y el estructuralismo francés. Ambas corrientes se ocupan de estudiar la relación entre el individuo y la sociedad, las fuerzas sociales y la “experiencia vivida”. Dentro del socioconstructivismo se distinguen dos enfoques: el construccionismo británico, corporizado por McIntosh (1968), Plummer (1981; 1994) y Weeks (1981a,b), y el construccionismo francés, donde Foucault es el autor más importante en el campo de la sexualidad. Ambos se concentran en la última parte del siglo XIX, considerándola el período en el que se conceptualizó por primera vez la homosexualidad moderna. Foucault escribió lo que él llamaba una “arqueología del presente”. Para Foucault, la sexualidad es una construcción de la imaginación humana, un artefacto cultural que cambia con el tiempo. El “conocimiento” implica hablar de sexualidad con otras personas, y Foucault designa como “Poder” a los efectos que se derivan de esta conversación. Usando el método de deconstruir los diferentes discursos sobre la sexualidad Foucault esperaba descubrir las estructuras de poder que habían servido para regular el comportamiento humano y habían conducido a fines del siglo XIX a la búsqueda del deseo de saber la “verdad sobre la sexualidad” (Scientia Sexualis). Uno de los modos en que los individuos podían conseguir esta verdad era el autoexamen de lo que consideraban su identidad personal y la confesión subsiguiente (Foucault 1976-1984). Weeks usa un abordaje histórico de la identidad que presta atención a la descipción de las condiciones sociales bajo las cuales llegaron a existir por un lado la homosexualidad como categoría, y por otro la construcción de la homosexualidad como la unificación de experiencias dispares. Los caminos importantes de investigación son la relación de esta categorización con otras categorizaciones sociosexuales, y con ciertas circunstancias históricas creadas por estas mismas categorizaciones (Weeks 1981). Weeks también considera que los últimos años del siglo XIX son el período formativo de la concepción de la homosexualidad como “identidad personal”.

La introducción del socioconstructivismo condujo a feroces debates entre los socioconstruccionistas y los que sostenían que “siempre” había habido homosexuales en la historia (tales como Dover, 1985, Bullough, 1979). Estos últimos fueron pronto rotulados “esencialistas”, aunque varios autores subrayaron el hecho de que era muy difícil encontrar esencialistas autoconfesos. Parte de este feroz debate fue de naturaleza personal y reflejó viejas enemistades que tenían poco que ver con el debate académico. De hecho, la discusión sobre la naturaleza de las cosas y las categorías es un debate filosófico muy antiguo (Boswell 1982-3). Aunque los socioconstruccionistas a menudo difamaron a los esencialistas diciendo que eran campesinos chatos y faltos de educación, dentro del grupo esencialista había al menos un historiador muy respetado, John Boswell, cuyo estudio de la sexualidad en la antigüedad lo condujo a creer que había algo similar a una conciencia gay en el período romano (Boswell 1980). De acuerdo con Boswell, los construccionistas pasan por alto el hecho de que existen algunos problemas reales que se resumen en la pregunta de si la sociedad en sí misma está respondiendo a fenómenos sexuales generales en todos los seres humanos, o si estos fenómenos sexuales son creados por las estructuras sociales. Después discurre sobre cuatro áreas en las que las limitaciones de la validez del construccionismo se hacen más evidentes. Estas áreas son las de naturaleza filosófica (¿acaso una abstracción alguna vez se relaciona con la realidad?); de naturaleza semántica (¿es legítimo hacer preguntas sobre el pasado usando las categorías del presente, sin tomar en cuenta si hubieran tenido algún significado para las personas que están siendo estudiadas, o debería el investigador adoptar las categorías con las que los habitantes del pasado hubieran descrito sus propias vidas y cultura? En otras palabras, ¿el hecho de que los romanos no tuvieran palabra para “religión” significa que no tenían ninguna?); de naturaleza política (todo el mundo usa generalizaciones por razones políticas); y de naturaleza empírica (los propios registros históricos sugieren que las normas de sexualidad premoderna fueron fundamentalmente diferentes de las normas modernas solamente en un cierto grado). (Boswell 1992).

Después de sus buenos quince años de debate sobre la oposición esencialismo y construccionismo podemos ver que en gran medida el paradigma construccionista ha ganado la batalla, al menos dentro de los círculos intelectuales. Sin embargo, no se ha vuelto parte del “conocimiento popular”, esto es, de la gente en general, y ha sido adoptado por partes del movimiento político gay solamente a regañadientes. Tanto para el público como para el movimiento aparentemente es más seguro subrayar el estatus que se obtiene de ser un grupo esencial al que se pertenece sin posibilidad de elección. Si la identidad sexual es fija, entonces no configura una amenaza de seducción ejercida por adultos. Vance (1989) discurre sobre lo que llama “el no poder hacer una distinción entre los modos políticamente más expeditivos para armar una argumentación y las descripciones más complejas de las relaciones sociales”.

La evidencia de la experiencia

De acuerdo con Foucault, cada cultura tiene sus propios modos distintivos de expresar la sexualidad en palabras: en su opinión la sexualidad no puede existir separada del hecho de que se hable de ella. El problema con los íconos gay es que se mantenían en silencio. No podían hablar sobre sus experiencias porque no tenían palabras para describirlas. Sin embargo, una vez que empezaron a hablar todavía tuvieron que mante-nerse dentro del discurso que estaba a su alcance, con lo que también se les crean problemas metodológicos a los que hablan. Un argumento que a menudo se usa contra el construccionismo es que cuando las personas hablan sobre sus identidades (sexuales), a menudo están convencidas de “haber nacido así”. Por lo tanto, estas personas refutan la idea de que podría existir algo que se llame construccionismo. Joan Scott lo denomina “la evidencia de la experiencia”, y pone en duda esta evidencia de experiencia, especialmente cuando se documentan historias de vida de grupos no dominantes. El único modo de tratar con estas historias es compararlas con otras narraciones. Scott arguye que no se puede aceptar estas historias simplemente por lo que cuentan: la evidencia de la experiencia no es suficiente. Al permanecer dentro del marco epistemológico de la historia ortodoxa, se dejan aparte cuestiones sobre la naturaleza construida de la experiencia y, para comenzar, se deja de lado cómo los sujetos se constituyen como distintos. Si bien es cierto que los individuos tienen experiencias, los sujetos son construidos por sus experiencias (Scott, 1991).

La cuestión del conocimiento

La discusión sobre la validez de la experiencia también puede ser considerada una discusión sobre el “conocimiento”. En tanto que el inglés tiene solamente una palabra, “knowledge”, donde el francés tiene dos – “connaissance” y “savoir” (Smith 1991:13) [Lo mismo en español: conocimiento y saber, N. del T.] Por un lado, “connaissance” se refiere al conocimiento a través de la experiencia directa, y por el otro “savoir” – la palabra usada por Foucault – se refiere a conocimientos adquiridos más allá de la experiencia directa, a la erudición y a las ideas. Es en este último sentido que el “conocimiento” juega un papel en las discusiones sobre la naturaleza del desarrollo del rol sexual de la lesbiana en particular. Justamente porque el lesbianismo (y la sexualidad de la mujer en general) ha sido tanto más invisible que la sexualidad del varón, la existencia de fuentes literarias específicas ha sido usada como evidencia de que las mujeres tenían “conocimiento” de la sexualidad del mismo sexo. Entre estas fuentes encontramos literatura escrita por hombres sobre actividades lésbicas explícitas entre grupos definidos de mujeres (de naturaleza pornográfica o aventurera, cfr. Donoghue, 1993) y poemas codificados escritos por mujeres (Van Gemert, 1995). Este “conocimiento” ha sido considerado “transgresor”, porque pintaba a las mujeres en un rol activo en el juego sexual, y autores como Donoghue y Van Gemert subrayaron esta transgresividad como signo seguro de la existencia de otras heterodoxias como el lesbianismo.

Queda por verse si este punto de vista es correcto. Podría ser el resultado de una proyección victoriana hecha de este modo: así como desde los tiempos victorianos se suponía que las mujeres debían pensar en Inglaterra y no en el sexo, por lo tanto, se partía de la base de que el simple hecho de que las mujeres pudieran adquirir alguna forma de conocimiento sobre sexualidad (e.g., véase Donoghue, 1993) era en sí mismo algo intensamente transgresor. Ésta es la crítica efectuada por Andreadis (1996). Sin embargo, esta autora sugiere una conexión entre el desarrollo del conocimiento sexual como construcción verbal impresa y la disponibilidad creciente de culturas vernáculas impresas, que en sí mismo estaba asociada con la alfabetización de clase (alta) de las mujeres.

La clase parece haber jugado un papel importante en las ideas sobre práctica sexual. La mayoría de las historiaas escritas de sexo entre mujeres están situadas en medio de las clases bajas. También pertenecen a esas clases (quizás no incidentalmente) la mayoría de los casos que fueron a juicio donde estaban implicadas mujeres (Van der Meer 1984). Esto tiene menos que ver con la transgresividad que con el modo en que se construía la sexualidad de las clases bajas en los siglos XVII y XVIII. Por esto, Kraakman alerta contra la tendencia a considerar a la ficción erótica del siglo XVIII como subversiva y transgresora por naturaleza, y dice: “La transgresión de normas políticas, sociales y discursivas muy bien puede ir junto con el reforzamiento de los roles sexuales existentes; ¿de qué otro modo podríamos explicar el fuerte olor a misoginia y sodomofobia que surge de esta literatura?” Al mismo tiempo, la autora reconoce la curiosidad de la mujer en el siglo XVIII como la fuente de la curiosidad sexual que en sí misma conduce tanto al aprendizaje como al cono-cimiento a través de la experiencia (Kraakman, 1997:140 ff.). Esto nos lleva otra vez a definiciones de la sexualidad que son parte de un discurso cambiante en el que juegan roles importantes elementos de clase y situaciones de conocimiento.

En el próximo número publicaremos la segunda parte de este artículo...