Carta abierta: SIGLA en el nuevo aniversario del 1º de diciembre Imprimir

1ero de diciembre. Dia Interacional de la Lucha contra el SIDA
Ha llegado otro aniversario de lucha contra el SIDA, y en ningún horizonte se vislumbra siquiera una vacuna o una cura. Los medios, y varias agencias internacionales y programas nacionales, crean un fuerte clima de optimismo prediciendo el fin de la epidemia de VIH; es un falso optimismo, contradicho por la realidad a nivel macro y a nivel micro.

Grandes estudios globales demuestran que la población de hombres que hacen sexo con hombres está diecisiete veces más expuesta a la infección de VIH que la población general. Nos da ánimos que se mencione constantemente a las poblaciones vulnerables, y nos crea desánimo que rara vez se mencione la extremada vulnerabilidad de los hombres que hacen sexo con hombres, y parece que hay un ocultamiento o unasordera deliberada cada vez que afirmamos que dentro de los hombres que hacen sexo con hombres el subgrupo de mayor vulnerabilidad es el que tiene estudios secundarios completos o más. Esto es y ha sido una constante desde los Boletines Nacionales de 1989, y apenas este año nos comunica un amigo de la Federación Creación y Fortalecimiento de Organizaciones Gays que el Director Nacional de Sida lo ha remarcado en una reunión de capacitación. Los Boletines anuales son difíciles de leer, y en lugar de la elocuencia de sus números se ha desplegado en todos los medios de comunicación una fortísima creencia en que son las mujeres la población más expuesta y vulnerable a nuevas infecciones, y ahora ha comenzado a propagarse en la televisión que el nuevo grupo vulnerable son las mujeres mayores de cincuenta, porque sus parejas sexuales se niegan a usar preservativo.

Estos relatos fascinan la imaginación y dominan por su insistencia y plasticidad, y muchos homosexuales y bisexuales conductuales encuentran un falso consuelo en suponer que existe otra población más vulnerable que ellos. Esto les facilita echarse la culpa a sí mismos, cosa que la sociedad general se encarga de remachar constantemente. Como nos dijo en comunicación personal un importante director de campaña contra el SIDA de una gran ciudad argentina que no es Buenos Aires, “¿Qué le pasa a tu gente que todos los meses me llega al consultorio un infectado nuevo?”

Lo que nos pasa es que el sistema médico y las instituciones sociales nos han abandonado e invisibilizado. En un principio de la epidemia nos culpabilizaban y proponían aislarnos en sidarios o en barcos que se mantuvieran siempre en altamar; los barcos no zarparon nunca, pero hubo un país latinoamericano que instaló y mantuvo sidarios por largos años, hasta que la situación económica lo obligó a abrir las puertas de esas instituciones de reclusión. Y los infectados de VIH no desataron una nueva epidemia en ese país; no pasó nada que no estuviera pasando antes.

Después vino la esperanza de la vacuna, que fracasó y fracasa; la esperanza de la cura, que una y otra vez prueba durar un tiempo y luego el virus reaparece; y por último llegamos a la situación actual, en que el tratamiento antirretroviral como terapia también disminuye la infecciosidad de cada persona con VIH tanto que se transforma en tratamiento antirretroviral como prevención.

Los recursos cada vez mayores que requiere estos dos usos de los antirretrovirales nos hacen correr una carrera contra la difusión del virus. Cada vez más medicación, cada vez más campañas de testeo, cada vez más esfuerzos requeridos de cada infectado que se detecta, cuya vida queda irremisiblemente ligada al sistema de salud. ¿Hasta cuándo dura la resistencia de esta cuerda que como colectivo nos ata a la vida y a la voluntad de otros, siempre sujeta a la mutabilidad de las cosas humanas? Hace poco vimos que con fines proselitistas se desataba una feroz campaña televisiva llena de lágrimas, dolor y acusaciones que en vez de esclarecer nublaban la comprensión del problema en el que estamos y de la encrucijada hacia la que nos dirigimos.

Así como decimos que las instituciones sociales y el sistema de salud, una vez pasado el terror del primer momento, neutralizaron nuestra existencia como población vulnerable y nos invisibilizaron para reemplazarlos por otras personas con mejor prensa, constatamos en nuestro pequeño grupo de intercambio de experiencias de hombres con VIH una masiva llegada de varones gays, que se reitera año tras año, y predominan entre ellos los diagnósticos recientes.

Los jóvenes vienen buscando contención y consuelo, que todos los infectados de VIH necesitan, pero quienes vienen son mayormente gente en la flor de la vida, altamente educada, con delicada inteligencia y percepción de que la sociedad, a la vez que se abre para recibir a los homosexuales y bisexuales, acentúa su incomprensión hacia los infectados. Las barreras para conseguir trabajo no ceden; se suman ahora barreras para obtener pensiones; y aunque el sistema político y la visibilidad en los medios proclama que gays, lesbianas y trans ya estamos incluidos en la sociedad, un reciente proyecto para incluir a personas trans que han perdido todas sus oportunidades de trabajo y educación en la vida, que han pasado los 40 años y que no vislumbran un futuro mejor, lejos de la prostitución y la enfermedad, genera un aluvión de comentarios homo-lesbo-transfóbicos. Damos nuestro total apoyo a estas personas trans, único grupo que excede en infección a los varones gays, que son nuestros hermanos en un continuo genérico que en nosotros es masculino y en ellas llega a la femineidad. Ese cambio genérico los condenó a ser agraviados por una comunidad ignorante y fóbica que sigue escupiéndonos desde los andenes cuando arranca el subte y ya no podemos reaccionar, y caemos en que estábamos dándonos las manos con nuestros novios.

Hay muchas personas y organizaciones que luchan y se esfuerzan comprometida y desinteresadamente por el beneficio y bienestar de los seropositivos, pero la experiencia de ser un hombre que hace sexo con hombre, un gay, un gay afeminado o una trans con VIH nos expone demasiado a que, sumada a la carga de la infección, se nos llene de culpa o de responsabilidad por algo que no depende ni dependió de nosotros, como lo fue la difusión de la epidemia de VIH.